—Nunca había visto a nadie con una apariencia más estúpida —dijo una violeta tan intempestivamente que Alicia dio un brinco, pues hasta ese instante no se había pronunciado.
—¡Cierra la boca! —le gritó el Lirio—. ¡Como si alguna vez vieras a alguien! ¡Siempre con tu cabeza entre las hojas, y fuera de eso roncando, que ni te enteras de lo que pasa en el mundo! ¡Ni que fueras un capullo!
—¿Hay otras personas en el jardín aparte de mí? —preguntó Alicia, prefiriendo ignorar el comentario de la Rosa.
—Hay otra flor que puede ir de aquí para allá como tú —le respondió la Rosa—. Me pregunto cómo lo hacen…
—Siempre te estás preguntando algo —refunfuñó el Lirio.
—Solo que es más frondosa que tú —continuó diciendo la Rosa.
—¿Se parece a mí? —preguntó Alicia con ilusión mientras pensaba: “Hay otra niña en el jardín, ¡en algún lugar!”.
—Bueno, tiene una forma igual de desgarbada que la tuya —replicó la Rosa—, pero es más colorada… y con pétalos más pequeños, creo…
—Los tiene muy bien dispuestos, casi como los de una dalia —interrumpió el Lirio—; no todos desarreglados, como los tuyos.
—De todas maneras no es culpa tuya —intervino gentilmente la Rosa—. Ya te estás marchitando, claro…; y no puedes evitar que se te desordenen un poco los pétalos.
A Alicia no le agradó para nada esta idea, de modo que, para cambiar de tema, preguntó:
—¿Y viene por aquí alguna vez?
—Apuesto a que la verás pronto —aseguró la Rosa—. Es del tipo espinoso.
—¿Y dónde tiene las espinas? —preguntó Alicia con cierta curiosidad.
—Pues alrededor de la cabeza, obviamente —contestó la Rosa—. Justo me preguntaba por qué tú no llevas unas también. Creía que era una regla general.
—¡Ahí viene! —gritó la Espuela de Caballero—. Oigo sus pasos, pum, pum, pum, por el sendero empedrado.
Alicia miró con impaciencia a su alrededor y se percató de que era la Reina Roja.
—¡Cómo ha crecido! —fue su primera observación. En efecto, cuando Alicia la vio por primera vez entre las cenizas, si acaso medía tres pulgadas de altura…, y ahora, allí estaba, ¡media cabeza más alta que la misma Alicia!
—Es obra del aire fresco —dijo la Rosa—; este aire increíblemente magnífico de aquí afuera.
—Creo que iré a saludarla —anunció Alicia, porque si bien las flores despertaban su interés, pensó que sería mucho más fabuloso conversar con una reina de verdad.
—No hay manera de que lo logres —le advirtió la Rosa—. Te aconsejaría que camines en dirección contraria.
A Alicia esto le pareció absurdo, así que, sin decir palabra, se marchó enseguida hacia donde estaba la Reina. Sin embargo, para su sorpresa, la perdió de vista al instante y se encontró de nuevo rumbo a la puerta de la casa.
Algo irritada, volvió sobre sus pasos, y luego de buscar a la Reina por todas partes (a quien por fin vislumbró a una larga distancia de ella), decidió que esta vez intentaría la opción de andar en dirección contraria.
Esto funcionó a la perfección. Apenas había transcurrido algo menos de un minuto cuando se encontró cara a cara con la Reina Roja y, además, a plena vista de la colina que tanto había ansiado alcanzar.
—¿De dónde vienes? —Quiso saber la Reina—. ¿Y adónde vas? Alza la vista, habla educadamente y no estés jugueteando con los dedos.
Alicia acató todas estas órdenes y explicó, lo mejor que pudo, que había perdido su camino.
—No comprendo qué quieres decir con eso de tu camino —dijo la Reina—. Todos los caminos de por aquí me pertenecen a mí… Y, por cierto —agregó con tono más amable—, ¿por qué viniste aquí? Hazme una reverencia mientras piensas lo que vas a responder; así ganas tiempo.
Alicia quedó algo desconcertada por esto último, pero la Reina infundía tanto temor y respeto que no iba arriesgarse a ponerlo en duda. “Usaré este método cuando vuelva a casa”, pensó, “la próxima vez que llegue tarde a cenar”.
—Ya es hora de que respondas mi pregunta —anunció la Reina mirando su reloj—. Abre un poco más la boca cuando hables y dirígete a mí siempre como “Su Majestad”.
—Solo quería ver cómo era el jardín, Su Majestad…
—Muy bien —aceptó la Reina dándole unas palmaditas en la cabeza, que a Alicia no le gustaron en absoluto—. No obstante, cuando dices “jardín”… Este no parece más que un monte comparado con los jardines que yo he visto.
Alicia no se atrevió a discutir esta apreciación, y continuó:
—Y quería hallar la forma de alcanzar la cima de aquella colina…
—Cuando dices “colina”… —interrumpió la Reina—. Podría mostrarte colinas a cuyo lado esa parecería un simple valle.
—De ningún modo —declaró Alicia, sorprendida de contradecirla al fin—. Una colina no puede ser un valle, no; eso sería un disparate…
La Reina Roja negó con la cabeza.
—Considéralo un disparate, si quieres, pero ¡lo que digo es tan sensato como un diccionario comparado con todos los disparates que he oído!
Alicia le hizo otra reverencia, pues por el tono que había usado la Reina, temía que estuviera algo ofendida. Así pues, anduvieron en silencio hasta llegar a lo alto de la colina.
Durante algunos minutos Alicia observó el campo en todas direcciones, sin decir palabra… ¡Y qué campo más extraño era este! Hileras de diminutos riachuelos lo cruzaban de lado a lado, y el terreno que quedaba entre ellos estaba dividido en cuadros por unos pequeños setos vivos que iban de extremo a extremo de los riachuelos.
—¡Veo que está delineado como si fuera un gran tablero de ajedrez! —dijo Alicia al fin—. Tendría que haber algunas figuras yendo de aquí para allá… ¡y ahí están! —añadió con gran regocijo; su corazón se aceleraba de emoción a medida que hablaba—. Están jugando una enorme partida de ajedrez… en todo el mundo… Bueno, si es que en realidad este es el mundo. ¡Ay, qué divertido es esto! ¡Cómo quisiera ser una de las jugadoras! No me importaría ser un peón con tal de entrar en el juego…, aunque obviamente preferiría ser una reina.
Al decir esto, le dio un tímido vistazo a la auténtica Reina, pero su compañera solo sonrió con amabilidad y dijo:
—Eso es fácil de lograr. Si quieres, puedes ser el peón de la Reina Blanca, pues Lily es demasiado pequeña para jugar. Para empezar, ya te encuentras en la Segunda Casilla; cuando llegues a la octava te convertirás en una Reina…
Justo en ese momento, sin saber muy bien cómo, empezaron a correr.
Alicia nunca pudo entender, haciendo memoria tiempo después, cómo había empezado aquel trajín; todo lo que recuerda es que iban corriendo juntas, y la Reina era tan veloz que lo único que podía hacer para seguirle el paso era tomarla de la mano. A pesar de esto, la Reina no hacía más que gritarle: “¡Más rápido, más rápido!”, y aunque Alicia sentía que ciertamente no podía correr más aprisa, no le quedaban alientos para hacérselo saber.
Lo más curioso de todo fue que los árboles y demás objetos que estaban alrededor de ellas nunca cambiaban de lugar; por más rápido que corrieran daba la impresión de que nunca pasaban un objeto.
“¿Será que todas las cosas se mueven con nosotras?”, se preguntó la pobre Alicia, confundida.
Y la Reina pareció adivinarle el pensamiento, pues le gritó:
—¡Más rápido! ¡No trates de hablar!
Y no es que Alicia tuviera alguna idea de hacerlo: sentía que no podría volver a hablar jamás, cada vez le faltaba más el aire. Aun así la Reina seguía arrastrándola consigo y chillando:
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