De un momento a otro, Alicia atravesó el cristal y saltó ágilmente dentro de la sala del espejo. Lo primero que hizo fue comprobar si la chimenea estaba encendida, y tal fue su alegría al encontrar que un fuego ardía con tanto resplandor como el que había dejado tras de sí.
“Así que aquí estaré igual de abrigada que en el otro salón”, pensó Alicia, “más calientita, en realidad, porque aquí no van a regañarme por acercarme demasiado al fuego. ¡Ay, qué divertido será cuando me vean a través del espejo y no puedan alcanzarme!”.
Entonces comenzó a dar un vistazo alrededor y notó que lo que se podía vislumbrar desde la antigua sala era corriente y aburrido, pero todo lo demás era muy distinto. Por ejemplo, los cuadros de la pared junto a la chimenea parecían estar vivos e incluso el reloj que estaba sobre la repisa (es decir, al que solo se le puede ver la parte de atrás en el espejo) tenía la cara de un viejecito y le sonreía con gran simpatía.
“Esta sala no la mantienen tan ordenada como la otra”, pensó al ver que varias piezas del ajedrez se encontraban entre las cenizas del hogar; pero en un santiamén y con un “¡ah!” de sorpresa, Alicia se puso a gatas para mirarlas más de cerca: ¡las piezas del ajedrez estaban paseando por ahí de dos en dos!
—Aquí están el Rey Rojo y la Reina Roja —dijo Alicia en un susurro para no asustarlos—, y allá están el Rey Blanco y la Reina Blanca sentados sobre el borde de la pala… Allá van dos torres caminando del brazo… No creo que puedan oírme —continuó mientras se agachaba aún más—, y estoy casi segura de que no pueden verme. Siento como si de algún modo yo fuera invisible…
En ese momento, Alicia oyó unos chillidos que venían de la mesa detrás de ella y volvió la cabeza justo a tiempo para ver cómo uno de los peones blancos rodaba por la superficie y comenzaba a patalear. Sintió una enorme curiosidad por lo que sucedería, así que se quedó mirándolo.
—¡Es la voz de mi niña! —gritó la Reina Blanca al tiempo que se precipitaba en dirección al Rey, y le dio un empujón tan violento que este fue a dar de bruces contra las cenizas—. ¡Mi preciosa Lily! ¡Mi gatita imperial! —continuó, y se puso a trepar como loca por el parachispas de la chimenea.
—¡Pamplinas imperiales! —vociferó el Rey, frotándose la nariz, que se había lastimado al caer.
Por supuesto que tenía derecho a estar un poco enojado con la Reina, pues estaba cubierto de cenizas de pies a cabeza.
Alicia ansiaba ser de alguna ayuda, y como a la pobre Lily estaba a punto de darle un ataque de tanto llorar, tomó enseguida a la Reina y la puso en la mesa junto a su ruidosa hijita.
La Reina se sentó sin dejar de resoplar: el inesperado trayecto por los aires la había dejado sin aliento y durante uno o dos minutos no pudo hacer más que abrazar en silencio a su pequeña Lily. Tan pronto se recuperó un poco, le gritó al Rey Blanco, quien seguía sentado, muy enfurruñado, entre las cenizas:
—¡Cuidado con el volcán!
—¿Cuál volcán? —Quiso saber el Rey mirando con preocupación hacia la chimenea como si, para él, este fuera el lugar más propicio para encontrar uno.
—Me lanzó… por los aires… —jadeó la Reina, a quien aún le faltaba el aliento—. Intenta subir hasta aquí… de la forma usual… ¡No vayas a salir volando!
Alicia observó al Rey Blanco mientras este ascendía con lentitud y un enorme esfuerzo por las barras del parachispas, hasta que por fin dijo:
—¡Caramba! A ese ritmo va a tardar horas y horas en llegar a la mesa. ¿No sería mejor si le doy una mano?
Pero el Rey ignoró por completo la pregunta: era obvio que no podía ni oírla ni verla.
Entonces Alicia lo levantó muy delicadamente y lo trasladó mucho más despacio de como lo había hecho con la Reina, para no quitarle el aliento; pero antes de ponerlo sobre la mesa, creyó conveniente limpiarlo un poco, pues las cenizas lo cubrían de arriba abajo.
Más tarde Alicia diría que nunca en su vida había visto una mueca como la que hizo el Rey cuando advirtió que una mano invisible lo tenía suspendido en el aire y que además le sacudía el polvo. Pese a que estaba demasiado aturdido como para gritar, los ojos y la boca se le agrandaron y se le pusieron cada vez más redondos; a Alicia le dio tanta risa que su mano comenzó a temblar y estuvo a punto de dejarlo caer al suelo.
—¡Ay, por favor no ponga esa cara, querido! —exclamó olvidando que el Rey no podía oírla—. ¡Me está haciendo reír tanto que casi no puedo agarrarlo! ¡Y no abra así la boca que se le va a llenar de cenizas! Bueno…, parece que ya está bastante limpio —agregó mientras le alisaba el cabello y lo ubicaba en la mesa junto a la Reina.
Acto seguido, el Rey se dejó caer de espaldas y se quedó quieto; Alicia entonces se alarmó un poco por lo que había hecho y empezó a dar vueltas por la sala para ver si encontraba algo de agua para rociársela. Sin embargo, lo único que halló fue un frasco de tinta, y cuando volvió con este, notó que el Rey ya se había recobrado y que ahora él y la Reina, temerosos, hablaban en un tono tan bajo que Alicia apenas pudo oír lo que decían.
El Rey se lamentaba:
—¡Te aseguro, querida mía, que se me helaron hasta las puntas de los bigotes!
A lo que la Reina respondió:
—Tú no tienes bigotes.
—¡Nunca jamás olvidaré —continuó el Rey— el pavor que sentí en aquel momento!
—De hecho, lo olvidarás —declaró la Reina— si no redactas un memorando del incidente.
Alicia observó con gran interés cómo el Rey sacaba un enorme libro del bolsillo y comenzaba a escribir. De repente, una idea llegó a su mente y, sujetando el extremo del lápiz, que sobresalía por encima del hombro del Rey, se puso a escribir lo que ella quería.
El pobre Rey, perplejo y disgustado, luchó con el lápiz durante un buen rato sin decir nada; pero Alicia era demasiado fuerte para él y se rindió protestando:
—¡Querida mía! Voy a necesitar un lápiz más delgado. No puedo arreglármelas con este…; se pone a escribir toda clase de cosas que no tengo intención de…
—¿Qué clase de cosas? —interrumpió la Reina, examinando el libro (en el que Alicia había anotado: “El Caballero Blanco está deslizándose por el atizador de la chimenea. Apenas puede mantener el equilibrio”)—. ¡Este memorando no corresponde de ningún modo a tus sentimientos!
Había un libro sobre la mesa, cerca de Alicia, y mientras ella seguía prestándole atención al Rey Blanco (pues aún estaba un poco preocupada por él y tenía la tinta a la mano para arrojársela en caso de que volviera a desfallecer), comenzó a hojearlo para ver si lograba encontrar alguna parte que pudiera leer.
“… Parece estar escrito en un idioma que no conozco”, pensó.
Y el texto decía así:
Alicia le dio vueltas en la cabeza por unos minutos, hasta que al fin se le ocurrió una idea brillante:
—Pero ¡si es un libro del espejo! ¡Claro! Por eso, si lo pongo frente al espejo, las palabras se verán al derecho.
Y este fue el poema3 que leyó:
Escándrago4
Fogoneaba la tarde y los trompones ligerosos
por la vhacia iban escarifando, rotarando;
los papatorros se veían tan azurosos
y los tartos andaban solúfugos griflando.
Cuídate del Escándrago, ¡hijo mío!
¡Te atacará a dentelladas y te agarrará!
Huye del pájaro Trip Trip y evita todo lío
¡con el bulloso y frumioso Tarascán!
Empuñó entonces su espada puntífera
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