1 ...6 7 8 10 11 12 ...17 Como Mediador, el Señor Jesús fue ungido con el Espíritu Santo para la ejecución de todos Sus oficios y para la realización de toda Su obra mediadora. Su derecho a enviar el Espíritu a los corazones de los hombres caídos fue adquirido por Su expiación. Fue la recompensa bien ganada de todas Sus fatigas y sufrimientos. Uno de los principales resultados de la perfecta satisfacción que Cristo Le ofreció a Dios en nombre de Su pueblo, fue Su derecho a conceder el Espíritu sobre ellos. Antiguamente se prometió de Él: «por su conocimiento justificará mi siervo justo a muchos, y llevará las iniquidades de ellos. Por tanto, yo le daré parte con los grandes, y con los fuertes repartirá despojos; por cuanto derramó su vida hasta la muerte» (Isaías 53:11-12). Así también, Su precursor había anunciado: «él os bautizará en Espíritu Santo y fuego» (Mateo 3:11).
Lo que se acaba de decir arriba lo confirma Gálatas 3:13-14. «Cristo nos redimió de la maldición de la ley, hecho por nosotros maldición […] para que en Cristo Jesús la bendición de Abraham alcanzase a los gentiles, a fin de que por la fe recibiésemos la promesa del Espíritu». El Espíritu prometido siguió a la gran obra de cancelar la maldición así como el efecto sigue a la causa. Dar el Espíritu Santo a los hombres implicaba claramente que sus pecados habían sido quitados; cf. Levítico 14:14, 17 para el tipo de esto: ¡el «aceite» (emblema del Espíritu) colocado sobre la «sangre»! El derecho de Cristo de otorgar el Espíritu Santo a Sus redimidos no solo implica la cancelación de sus pecados, sino que también argumenta claramente Su dignidad divina, ya que ningún siervo, por muy exaltado que sea su posición, ¡podría actuar así o conferir tal Don!
De las diversas citas que se han hecho de las Escrituras en referencia a la unción de Cristo para todos Sus oficios, a veces parece como si estuviera en la posición subordinada de necesitar dirección, ayuda y poder milagroso para los propósitos de Su misión (Isaías 11:1-3; 61:1-2, etc.); en otras ocasiones se dice que tiene el Espíritu (Apocalipsis 3:1), que da el Espíritu (Hechos 2:33), que envía el Espíritu (Juan 15:26) como si las operaciones del Espíritu estuvieran subordinadas al Hijo. Pero toda dificultad desaparece cuando percibimos, de todo el tenor de la Escritura, que había una misión conjunta en la que el Hijo y el Espíritu actúan juntos para la salvación de los elegidos de Dios. El Hijo efectuó la redención: el Espíritu la revela y la aplica a todos para quienes fue comprada.
Al escribir sobre el Espíritu Santo y Cristo, debe entenderse que ahora no estamos contemplando a nuestro Señor como la Segunda Persona de la Trinidad, sino más bien como el Mediador Dios-hombre, y el Espíritu Santo no en Su Deidad considerada de manera abstracta, sino en Su desempeño oficial de la obra que Se le asignó en el Pacto Eterno. Este es sin duda es el aspecto más difícil de nuestro tema, sin embargo, es muy importante que debemos esforzarnos en oración por tener puntos de vista bíblicos claros al respecto. Comprender correctamente, incluso de acuerdo con nuestra limitada capacidad actual, la relación entre el Espíritu Santo y el Redentor, arroja mucha luz sobre algunos problemas difíciles, proporciona la clave de varios pasajes desconcertantes de la Sagrada Escritura y nos capacita para comprender mejor la obra del Espíritu en el santo.
«Acercaos a mí, oíd esto: desde el principio no hablé en secreto; desde que eso se hizo, allí estaba yo; y ahora me envió Jehová el Señor, y su Espíritu» (Isaías 48:16). Este notable versículo nos presenta al Señor Jesús hablando de la antigüedad por el espíritu de profecía. Él declara que siempre se había dirigido a la nación de la manera más abierta, desde el momento en que se apareció a Moisés en la zarza ardiente y se llamó a sí mismo: «Yo soy el que soy» (Éxodo 3); y estaba constantemente presente con Israel como su Señor y Libertador. Y ahora el Padre y el Espíritu lo habían enviado para efectuar la liberación espiritual prometida de Su pueblo; enviado en semejanza de carne de pecado, para predicar el Evangelio, cumplir la Ley y hacer una perfecta satisfacción de la justicia Divina para Su iglesia. Aquí, entonces, hay un testimonio glorioso de una Trinidad de Personas en la Deidad: el Hijo de Dios es enviado en naturaleza humana y como Mediador; Jehová el Padre y el Espíritu son los Emisores, y esto es una prueba de la misión, comisión y autoridad de Cristo, que no vino de Él mismo, sino que fue enviado por Dios (Juan 8:42).
«Porque Jehová creará una cosa nueva sobre la tierra: la mujer rodeará al varón». (Jeremías 31:22). Aquí tenemos uno de los anuncios proféticos de la maravilla de la encarnación Divina, el Verbo eterno hecho carne, un cuerpo y un alma humanos preparados para Él por la intervención milagrosa del Espíritu Santo. Aquí el Profeta insinúa que el poder creador de Dios debía ser puesto adelante bajo el cual una mujer debía rodear a un Hombre. La virgen María, bajo la sombra del poder del Altísimo (Lucas 1:35) concebiría y daría a luz un Niño, sin la ayuda o cooperación del hombre. Isaías llama a esta maravilla trascendente una «señal» (7:14); Jeremías «una cosa nueva sobre la tierra»; el Nuevo Testamento registra: «Estando desposada María su madre con José, antes que se juntasen, se halló que había concebido del Espíritu Santo». (Mateo 1:18).
«Y el niño crecía y se fortalecía, y se llenaba de sabiduría; y la gracia de Dios era sobre él. Y Jesús crecía en sabiduría y en estatura, y en gracia para con Dios y los hombres» (Lucas 2:40, 52). No sólo la humanidad de Cristo fue engendrada sobrenaturalmente por el Espíritu Santo, sino que fue «ungida» por Él (cf. Levítico 2: 1 para el tipo), dotada de todas las gracias espirituales. Todo el progreso en el desarrollo mental y espiritual del Santo Niño, todo Su avance en conocimiento y santidad debe atribuirse al Espíritu. El «progreso», en la naturaleza humana que Él Se humilló a asumir, al lado de Su propia perfección Divina, es bastante compatible, como lo indica claramente Hebreos 2:14, 17. Como George Smeaton ha señalado tan útilmente en su libro, las operaciones del Espíritu «formaron el vínculo entre la deidad de Cristo y la humanidad, impartiendo perpetuamente la plena conciencia de la personalidad y haciéndole consciente interiormente de Su filiación Divina en todo momento».
Así, el Espíritu, en la encarnación, se convirtió en el gran principio rector de toda la historia terrenal de Cristo, y que, según el orden de funcionamiento que siempre pertenece a la Santísima Trinidad: todo procede del Padre, por el Hijo, y es por el Espíritu Santo. Fue el Espíritu Quien formó la naturaleza humana de Cristo y dirigió todo el tenor de Su vida terrenal. Nada se emprendió excepto por la dirección del Espíritu, nada se habló sino por Su guía, nada se ejecutó sino por Su poder. A menos que esto se mantenga firmemente, corremos grave peligro de confundir las dos naturalezas de Cristo, absorbiendo la una en la otra en lugar de mantenerlas separadas y distintas en nuestros pensamientos. Si Su Deidad hubiera sido absorbida por Su humanidad, entonces el dolor, el temor y la compasión hubieran sido imposibles. El uso correcto de las facultades de Su alma debían su ejercicio al Espíritu Santo que Lo controlaba completamente a Él.
«Desde el nacimiento hasta el bautismo, el Espíritu dirigió Su desarrollo mental y moral, Lo fortaleció y Lo mantuvo a través de todos los años de preparación y trabajo. Estuvo en el Carpintero tan verdaderamente como en el Mesías, y su trabajo con la madera fue tan perfecto como su sacrificio en la cruz» (Samuel Chadwick). A primera vista, tal afirmación puede parecer una derogación del honor personal del Señor Jesús, pero si percibimos que, según el orden de la Trinidad, el Espíritu ejerce Su poder solo para ejecutar la voluntad del Padre y del Hijo, entonces la aparente dificultad desaparece. Las obras del Espíritu no interfieren con la gloria del Hijo; en lugar de eso, El Espíritu Lo revela de manera más plena; podemos ver entonces que en la obra de redención, las actividades del Espíritu en cuanto a orden, prosiguen a las del Hijo.
Читать дальше