Haidu Kowski - El ejercicio de perder

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"Las páginas de Haidu Kowski curan o lastiman. O pueden incluso provocarnos ambos abismos emocionales al mismo tiempo. Sus personajes se hamacan entre la fiesta y la tragedia. Se lanzan. No se detienen nunca. No quieren hacerlo. Saben que la cuerda debe tensarse un poco más. Siempre debe tensarse un poco más para que la vida valga alguna pena" (Federico Jeanmaire). Pero Elías es también Eliahu, el niño que murió en Polonia, el amado de la Bobe. Ese amor violento con gusto a pepinos agridulces lo conecta con un pasado feliz que nunca vivió, en el que la soledad no existe, pero sí el exilio, pero sí la Shoá. El ejercicio de perder habla sobre la desesperación de un hombre por salvarse, pero también sobre una época de amor líquido e incomunicación. En este contexto, surge un nuevo lenguaje de bienestar ansiolítico fundado en la certeza de que no tener nada que perder es una forma de meditación, el alivio que dará origen a la mitología del futuro.

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Cuando se lo sacó, empezó a salir sangre, mucha sangre, y todos se detuvieron, porque un código del baldío también decía que si se veía sangre era que ya estaba bien, que se terminaba el juego porque una de las partes había ganado. La sangre empezó a hacer un dibujo extraño en la tierra. Una obra de arte, diría Norma, una de las pocas que no vomitó.

Los gritos del chinito fueron tan fuertes que de la esquina se asomaron su hermano mayor y el papá; los dos corrieron hacia él, vieron lo que pasaba y empezaron a abrir los brazos como desesperados, como intentando comprender qué carajo pasaba en este país de mierda donde habían caído, y lo miraron a Damián, el primo de Elías, el colorado, y el muy alcahuete estiró la mano y lo señaló.

No hacía falta que dijese nada: Elías, el Polaquito, era el culpable. El buscapleitos, el liero, el judío bolchevique.

Cuando Elías se preparaba para la actuación de pobrecito, vio venir corriendo al chino grande, no al hermano, al padre, los ojos llenos de Soldados de Terracota, tan hecho piedra como los mismos ocho mil guerreros o como el propio tarro de mayonesa, y entonces empezó a correr por el baldío y Norma, para hacerle el aguante, dio la orden de que le tiraran piedras al chino mayor y él no llegó a ver, pero, dicen, fue una lluvia de misiles.

El Bola de fraile, Norma, Maxi y Pablito fueron los que quedaron; los héroes de aquel lío tiraron con toda sus fuerzas. Elías corrió: por aquel padre desesperado, por la idea de que el chinito Yan Yan hubiese muerto y por pánico de haberse animado a tirarle aquel mortero de tan cerca a un nene indefenso.

Y entonces se fue, no a su casa, no a la marroquinería donde eran empleados el Zeide y su papá; corrió sin detenerse las diez cuadras hasta la casa de la Bobe. No era la primera vez que lo hacía. Tampoco sería la última.

Al final de cuentas, había salido para ir por sus pepinos.

4

Ni bien entra, el aire acondicionado castiga el salón central del hotel, la sala del torneo. Afuera, agradable; adentro, heladera. No importa la campera de cuero que lleva pegada; cualquier cosa le pone la piel de gallina.

Unas cuatrocientas personas en mesas de a diez; paños verdes brillantes con fichas de cuatro colores: rosa, verde, amarillo, negro. Elías se especializa en los gamblers , los que apuestan en serio, los que sí, los que pueden llegar a entregar la escritura de la casa o el auto por un partido de cricket en Escocia, pero conservan siempre la opción de darse cuenta de que están haciendo mal las cosas, de que si no las ven su problema es otro, o tal vez una estrategia para conseguir algo o para sacarse otra cosa de encima.

En el salón solo se escuchan grillos. Los grillos son las fichas, el sonido de las fichas al chocar una con otra. Es una manera de calmar las ansiedades de los jugadores. Solo pueden mover las manos, los dedos, entonces las fichas son pesas, son magia, son equilibrismo y chocan y producen ese sonido tan particular que, multiplicado por quinientos jugadores, genera una base constante de grillos.

Las fichas, entonces, son insectos. Quizá suenen al acercamiento lejano de una plaga de langostas, como alguna vez escuchó Elías. Y te dejarán sin nada.

Veintidós arañas blancas y venenosas iluminan el lugar. Todas las camareras replican la indumentaria; el perfume es parte del uniforme. Las tetas hechas son parte del uniforme. Las piernas de gimnasio son parte del uniforme. No hay experiencia laboral ni contacto sagrado que, con kilos de más, te den un puesto en este casino.

Da una vuelta por los pasillos que se forman entre el centenar de mesas del torneo y saluda a los que se paran para saludarlo: entre ellos, El Dr. Chari; un pibe del Chaco que ganó su primer torneo cuando se acababa de recibir de médico en la UBA y nunca atendió a nadie, porque con lo que gana y se divierte jugando al poker ya no necesita enfermarse con el ejercicio de la medicina, pero cuando en el hotel o en la aduana tiene que llenar profesión, jamás duda: Doctor. Por lo general, a los jugadores de poker les da vergüenza decir que son jugadores de poker.

Se encuentra con Seba, un periodista especializado que también se gana unos pesos extras informando al Polaco. Pero no lo saluda, no es necesario: cuando el Polaco lo necesite se van a saludar. También se encuentra, como no puede ser de otra manera, con una estrella: Jesús86. A él sí lo saluda, pero en vez de decir qué hacés, Jesús86, hijo de una gran puta, le pide que le diga al jefe del torneo que le diga a alguien de piso que por favor le diga a las camareras que empiecen a traer los pedidos a tiempo, que está esperando un café con leche desde hace medio nivel .

Sigue caminando y se cruza con gente de la que no recuerda sus nombres; si no se levantan, Elías sigue camino. Cuando encuentra al jefe del torneo, un chileno buena onda, y empieza a contarle lo que le pasa a Jesús86, lo ve. Ahí está, con esa mirada diferente, mirada tapada, de cejas caídas, de perdedor: Nicolás, el gordo Nicolás. El gordo perdedor, Nicolás. La merca. El nuevo laburo. Así, tan fácil, piensa, mientras le arregla un café a Jesús86.

Sentado en la posición cinco, Nicolás ocupa el lugar de dos jugadores y medio, por lo que los jugadores de su mesa quedan apretados en el otro rincón. El gordo tiene la silla al revés. La panza contra el respaldo y la papada sobre el borde. Tiene un pantalón corto y una remera o camisa o manta o lo que sea que tenga puesto que tampoco llega a tapar todo y, entonces sí, el orto. Ahí queda la atención. El orto brilloso y húmedo del gordo, a la vista, con las hemorroides asomando detrás de los pelos negros y el calzoncillo gris apenas unos centímetros por arriba del pantalón. Una obra de arte, un Botero que tomó vida por obra del espanto.

Elías se queda de pie al otro lado de la mesa. Quiere que el gordo lo vea primero y sepa que lo mira a él. Entonces el gordo lo ve y todo vale la pena: el encuentro con Lerc, las horas de aeropuerto, la pendeja como compañía, como pago y como pagaré, como amenaza, los recepcionistas, las esperas.

Nicolás enseguida cambia la cara, como si hubiese perdido su mano con un bad beat , como si con el as que le daba el poker, al rival le diera un royal flush . Y entonces la desazón de estar afuera, la angustia de perder, que solo dura un rato, hasta que llega la sensación infinitamente reconfortante de volver a apostar.

Lo que no sabe el gordo es que a Elías no le sirve que quede fuera de juego. Por eso su trabajo es tan difícil. Porque no se trata de cobrar sino de hacerlo sin que el sujeto se quiebre; si lo hace, no cobra nadie. Ni el casino, ni el hotel ni los que lo contratan. Si, ante la imposibilidad de pagar su deuda, el gordo se tira del balcón para escapar de la tortura de Elías, entonces Elías tampoco cobra un centavo. A los jugadores, por lo tanto, aun en el caso de Elías, hay que tratarlos bien, que sientan que perder es el pacto que los llena de felicidad, cuestión en la que Elías falló bastante hasta que aprendió los detalles. Perder inyecta culpa, y la culpa es materna, así que hablarán con su madre en cada ocasión en que hagan mal uso de sus cartas.

Mamá, la cagué otra vez.

Recuerda Elías al primer proveedor que se le escapó. Recién cuando lo vio saltar por la ventana, lo entendió: el tipo no se escapaba de su verdugo, se escapada de su mamá. Desde un piso diez, el cráneo le quedó pegado al asfalto del Hotel Casino São Paulo para, también, inundar un Honda Civic al que después el seguro le negó cualquier limpieza. Su hijo —el del dueño del Honda— tuvo que sacar un pedazo de mejilla del guardabarros antes de que el padre le diera plata para poder salir con su novia esa noche. El chico salió, y fueron a un hotel, a otro hotel, para sacarse la virginidad de encima: pero no se le paró. Nunca le explicó a su novia la cuestión de la mejilla. Su novia perdió la virginidad a la semana siguiente con un deportista de su escuela con un pene enorme que la desgarró. Toda la escuela lo supo. Y lo supo, poco después, el mismo Elías. Porque los que no juegan escuchan. Y escuchar es un arte que, tal vez, aprendió de su Bobe. Y su abuela lo aprendió en los negocios del barrio o en su eterno escape. Todo el mundo moderno viene de la Shoá .

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