San Agustín - Reglas Monásticas Latinas de Occidente

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En esta antología se han reunido varias de las Reglas de los siglos V-VI, todas ellas pertenecientes al ámbito occidental de lengua latina. Fueron publicadas con anterioridad en la revista
Cuadernos Monásticos (publicación cuatrimestral de la Conferencia de Comunidades Monásticas del Cono Sur, Argentina, Chile, Paraguay y Uruguay. Ver: https://www.surco.org/cuadmon/archivo). Aunque actualmente estos textos son accesibles también en diversas publicaciones impresas, sin embargo, cuando inicialmente aparecieron en
Cuadernos Monásticos, muy pocos de ellos se hallaban disponibles en castellano. En esta edición única, se ha realizado una recopilación de todos ellos a fin de ofrecerlos juntos y facilitar así una mejor comprensión de la Regla de nuestro Padre san Benito.

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Este primer encuentro de Agustín con la vida monástica y la consiguiente lectura de la Vida del primer monje, Antonio el Grande, serán decisivos en el momento mismo de su conversión9. De modo que en su espíritu quedará marcado para siempre el deseo de consagrarse a Cristo en una vida común, renunciando al matrimonio y a los bienes propios, dedicado con los hermanos a la oración, la ascesis, el trabajo y el estudio.

Realización del proyecto

Poco tiempo después de recibido el bautismo (vigilia Pascual del 387), Agustín decide retornar junto con su madre a la tierra natal. Pero antes de embarcarse, su madre cae enferma y muere. Luego de darle cristiana sepultura, el hijo de Mónica opta por permanecer durante algunos meses en Roma, estadía que aprovecha para informarse con más detalle sobre la vida monástica, en particular la practicada en los monasterios de la gran urbe: “Conocí varios monasterios ( diversorium ) en los que presidían aquellos que de entre sus miembros sobresalían en modestia, prudencia y ciencia divina, viviendo en caridad, santidad y libertad cristianas. Para no ser carga uno del otro, según la costumbre de Oriente y autoridad del apóstol Pablo, se sustentaban con el trabajo de sus manos. También era increíble el ayuno que muchos practicaban rigurosamente...”10. Agustín comprueba que lo mismo se observa en los monasterios femeninos. Pero hay un detalle que anota con especial cuidado en las casas de ambos sexos: “A nadie se le obliga a austeridades que no pueda soportar, ni se le impone nada que rehúse hacer, ni lo desprecian los demás por su incapacidad para imitar lo que otros hacen. Se recuerdan cuánto en todas las Escrituras se recomienda la caridad: Todo es puro para los puros (Tt 1,15); y: No os mancha lo que entra en vuestra boca, sino lo que de ella sale (Mt 15,11). Y por eso todo su esfuerzo lo ponen no en abstenerse de ciertos alimentos como si estuviesen manchados sino en dominar la concupiscencia y conservar el amor de los hermanos...”11. Más tarde volcará esta experiencia suya sobre la necesidad de contemplar las necesidades de cada hermano en la Regla.

Con lo visto y oído en Roma como bagaje, se embarca Agustín para el África (julio/agosto 388): se inicia una nueva etapa para su vida. Pisando su tierra se dirige a Tagaste donde junto con otros compatriotas y amigos suyos funda una comunidad, aprovechando su herencia: casa y campos, para llevar a la práctica el tan ansiado deseo de servir a Dios totalmente. Su biógrafo Posidio nos dice cómo era la vida del santo en este período: “Vivía para Dios con ayunos, oraciones y buenas obras, meditando día y noche en la ley del Señor. Comunicaba lo que Dios le enseñaba por medio del estudio y la oración, y enseñaba con sus sermones y libros a presentes y ausentes”12.

Corriendo ya el año 391 realiza una visita a la ciudad de Hipona con el doble propósito de informarse sobre las posibilidades de instalar allí una comunidad monástica y realizar una obra de caridad en favor de un hombre que estaba por entrar al seno de la fe . Es entonces cuando lo sorprende la ordenación presbiteral, que acepta con no poco disgusto, pero confiando en la gran misericordia de Dios13.

En la nueva situación no abandonó Agustín su proyecto de vida monástica: “Y hecho presbítero instituyó luego un monasterio en la Iglesia, y empezó a vivir con los siervos de Dios según el modo y regla establecido por los santos apóstoles (ver Hch 4,32 ss.). Sobre todo, cuidaba que nadie tuviese alguna cosa propia en aquella sociedad, sino que todo fuese común, y se distribuyese a cada uno según su necesidad, como él mismo lo había practicado primero, cuando volvió de Italia ( transmarinis ) a su patria”14. Hacia el final de sus días (año 425), en una homilía, recordará Agustín cómo el obispo Valerio lo apoyó en su santo propósito , dándole un huerto apto para instalar el monasterio. De esa forma se fue constituyendo una nueva comunidad:

“Comencé a reunir hermanos con el mismo buen propósito, pobres y sin nada como yo, que me imitasen. Como yo había vendido mi escaso patrimonio y dado a los pobres su valor, así debían hacerlo quienes quisiesen estar conmigo, viviendo todos de lo común. Dios sería para nosotros nuestro grande, rico y común patrimonio” 15.

Agustín, pues, no cesaba en su empeño: una nueva ciudad y otra situación personal no eran obstáculos suficientes para hacerlo desistir de su entusiasmo por la vida monástica. Pero Dios también tenía sus proyectos.

“Llegué al episcopado...”

“Y vi la necesidad para el obispo de ofrecer hospitalidad a los que sin cesar iban y venían, pues al no hacerlo se mostraría inhumano. Delegar esa función en el monasterio parecía inconveniente. Y quiso tener en esta casa episcopal el monasterio de clérigos. He aquí de qué modo vivimos. A ninguno le está permitido tener algo propio”16. Un nuevo cambio en su existencia lo obliga a modificar una vez más su original proyecto, pero no pierde de vista el santo propósito: llevar a la práctica el modelo de vida de la primitiva comunidad apostólica. Pocos años tuvo Agustín la dicha de vivir en paz la vida monástica; con todo, permaneció firme en el convencimiento de que, aun en medio de las numerosas solicitaciones de su servicio episcopal, no debía perder lo que con tanto ardor había abrazado en el momento de la conversión.

Como obispo, Agustín será propagador incansable de la vida monástica y promoverá la fundación de nuevos monasterios, los cuales a su vez serán fuente de gracias y también de obreros para su Iglesia, y más tarde para otras Iglesias del África17.

Sin embargo, para nosotros es fruto especialmente caro su enseñanza sobre la vida monástica que no cesó de prodigar, en la medida que sus múltiples empeños se lo iban consintiendo. La doctrina de Agustín ha sido espejo en el que tantos monjes y monjas se han mirado en su camino de ascensión hacia las cumbres de la caridad.

Un solo corazón y una sola alma

En distintas oportunidades y diversas obras, Agustín, durante su episcopado (395/6-430), abordó prácticamente todos los temas que pueden denominarse monásticos .

Dos obras, próximas en el tiempo (año 401), le sirvieron para tocar puntos tan importantes como: la castidad y el trabajo. Sobre la primera trata en el De sancta virginitate , insistiendo en su carácter de don divino y, por ende, con cuánta humildad debe ser custodiada18. Es asimismo un don que expresa la consagración a Dios de modo muy patente19. Sobre el trabajo trata en su obra De opere monachorum , libro escrito a pedido del obispo Aurelio Cartago con motivo de una disputa surgida a raíz de que ciertos monjes sostenían que no se debe trabajar, y además no se cortaban el cabello20. Agustín demuestra que los monjes deben dedicarse al trabajo: necesario e importante para la vida monástica, y también a la oración. Solo enfermedad, ministerio pastoral o estudio son motivaciones válidas para eximirse del trabajo.

Otro tema particularmente querido a Agustín es el de la pobreza. En ocasión de una dificultad surgida por problemas de herencia entre dos hermanos que se habían consagrado al Señor en la vida monástica, lo lamentará con acentos cargados de emoción sincera: “Sabéis todos o casi todos que en esta casa, llamada casa episcopal, vivimos de manera que, en la medida de nuestras fuerzas, imitamos aquellos santos, de los que dice el libro de los Hechos de los Apóstoles: Nadie decía propia a una cosa, sino que todas las cosas eran comunes (Hch 4,32)... Nada traje; no vine a esta Iglesia (de Hipona) sino con la ropa que en aquel tiempo vestía... He aquí de qué modo vivimos. A ninguno le está permitido en la comunidad tener algo propio. Pero tal vez algunos lo tienen. A ninguno le está autorizado, si algunos lo tienen, hacer lo que no les está permitido. Pienso bien de mis hermanos, y por pensar siempre bien me he abstenido de una investigación al respecto, porque al hacerla me parecía como desconfiar de ellos. Sabía y sé que todos los que conmigo viven conocen nuestro propósito, conocen la norma de nuestra vida”21.

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