En Confessiones, libro séptimo, nos relata Agustín su experiencia mística, los momentos finales de su largo camino de conversión. Partiendo de la belleza de los cuerpos –¿por qué una cosa es bella, o no bella, o menos bella?– enuncia ciertos juicios y se pregunta cuál es el fundamento de esos juicios. De allí pasa a la verdad inmutable: la verdad cuando enuncia un juicio. En el intelecto se da cuenta que éste acoge algunas verdades inmutables, y la mente llega así al ser substancial. Pero luego viene la caída: le fue imposible fijar la mirada, y al volver a la vida cotidiana sólo lleva un recuerdo amoroso. ¿Qué ha aprendido? El camino para ascender a Dios en grados: cuerpo, alma, razón, intelecto; de lo exterior a lo interior; de lo inferior a lo superior (ver Confessiones, 7,17,23). Mantiene esta vía luego en su filosofía y en su espiritualidad. Sin embargo, “al caer” se halla ante un nuevo problema: el retorno del alma a Dios. El hombre no puede resolver el problema de la felicidad (ver Confessiones, 7,18,24). Una cosa es la patria, otra es tener el camino hacia la patria. Entonces soluciona la dificultad recurriendo a Cristo mediador. La solución se la ofrece san Pablo (ver Confessiones, 7,21,7).
Agustín ha crecido gradualmente en el conocimiento de Cristo (ver Confessiones, 7,19,25). Le resta todavía vencer algunas dudas psicológicas y consagrarse totalmente a Cristo. En este camino le será de inestimable ayuda el descubrimiento de la vida monástica y la reflexión sobre el espíritu que lucha contra sí mismo. Siente que se le plantea un combate entre hábitos antiguos y la adhesión a las nuevas aspiraciones que le habían nacido en el alma. Se pregunta qué relación hay entre sabiduría pagana y revelación cristiana (ver Confessiones, 8,12,30). Llega entonces al fin de la lucha y le anuncia a su madre el deseo de dejarlo todo. No sólo ha conseguido liberarse del error, sino también de aquello que le impide ser plenamente libre. Ha encontrado la libertad por el amor. La gracia ha venido en su auxilio para hacerle amable lo que no era amable a sus ojos (ver Confessiones, 8,12,30; ver también De beata vita, 1,4; Contra Academicos, 1,10,17; 2,1,5; 1,1,3; 2,2,4; 2,3,9; Soliloquia, 1,14,26; De ordine, 1,2,5; 1,10,29).
e. Desde el bautismo a la elección episcopal (387-396): Milán, Roma, Tagaste, Hipona
Decidido ya a renunciar el matrimonio y a la enseñanza, se retiró, a fines de octubre, a Casiciaco (¿Cassago, en Brianza?), para preparase al bautismo, volviendo a Milán a comienzos de marzo para inscribirse entre los catecúmenos. Siguió las catequesis de san Ambrosio y por él fue bautizado en la vigilia pascual del año 387 (noche del 24 al 25 de abril). Entonces, “huyó de nosotros toda ansiedad de la vida pasada” (Confessiones, 9,6,14). Luego, dejó Milán y, junto con su madre, se dirigió a Ostia para embarcarse de regreso al África. Pero Mónica murió después de una repentina y breve enfermedad (año 387). Agustín entonces volvió a Roma, donde permaneció hasta julio o agosto del 388, conociendo la vida monástica de esa ciudad y dedicado a la composición de sus escritos (De quantitate animae; De libero arbitrio). A continuación, embarcó hacia África y se afincó en Tagaste llevando a la práctica, con sus amigos, un programa de vida ascética que se habían trazado (ver Possidio, Vita, 3,1-2).
El año 391 viajó a Hipona para “buscar un lugar donde abrir un monasterio y vivir con mis hermanos” (Sermo 355,2; ver Ep. 21; Possidio, Vita, 4,2). Allí lo sorprende la ordenación sacerdotal que aceptó con bastante disgusto. Entonces solicitó permiso a su obispo para fundar, según su plan, un monasterio. Éste lo autorizó y Agustín empezó a vivir según la manera y regla establecida en tiempos de los santos apóstoles (Possidio, Vita, 5,1).
f. Desde la consagración episcopal hasta la muerte (396430): Hipona (con diversos viajes por el interior del África romana)
Agustín fue consagrado obispo el año 395, o el 396, según otras opiniones. Primero sirvió como coadjutor y desde del 397 como obispo titular de Hipona. Dejó en ese momento el monasterio de laicos y se instaló en la casa episcopal, que transformó en un monasterio de clérigos (Sermo 355,2). Su actividad episcopal fue enorme, tanto en el gobierno ordinario de sus diócesis como también en la extraordinaria tarea que realizó al servicio de la Iglesia de África y de la Iglesia universal.
Predicaba con mucha frecuencia: sábado y domingo, y a menudo varios días seguidos hasta dos veces al día. Atendía y juzgaba las causas que le presentaban; cuidaba de pobres y huérfanos; se preocupaba de la formación del clero; organizó monasterios masculinos y femeninos; visitaba a los enfermos e intervenía ante la autoridad civil en favor de sus fieles. Realizó asimismo varios viajes para estar presente en los frecuentes concilios africanos o atender a las peticiones de sus colegas3. Respondía a las cartas de quienes lo consultaban sobre los más variados temas; defendía sin desmayos la fe de la Iglesia. Así, intervino contra los maniqueos, los donatistas, los pelagianos, los arrianos y los paganos. Noventa y tres obras, alrededor de cuatro mil sermones, de los que sólo han llegado hasta nosotros unos quinientos, y algo más de doscientas cartas, dan buena fe de la grandeza de su trabajo4. Agustín fue, además, el alma de la conferencia de Cartago del año 411, entre obispos católicos y donatistas, contribuyendo de manera decisiva a la solución del cisma donatista.
Murió el 28 de agosto del año 430, durante el tercer mes del asedio de Hipona por los vándalos. Su último escrito fue una carta (Ep. 228), dictada en el lecho de muerte, y en la que trata el tema de los deberes de los presbíteros durante la invasión de los bárbaros.
2. Agustín y la vida monástica5
Ya antes de su conversión y bautismo (años 386-7), tuvo Agustín el firme deseo de llevar vida en común, compartiendo los bienes de quienes se asociaran al proyecto y dedicándose todos al estudio y búsqueda de la sabiduría ( otiose vivere ). Pero este hermoso plan no prosperó. He aquí la causa: “Cuando se comenzó a discutir si en ello vendrían o no las mujeres, que algunos ya tenían y otros queríamos tener, todo aquel proyecto tan bien formado se disolvió entre las manos, se hizo pedazos y fue dejado de lado”6
Algunos años más tarde, casi sobre el final del largo recorrido que lo condujo a la conversión, tendrá Agustín su primer encuentro con la vida monástica . Será de modo casual, por intermedio de un tal Ponticiano, quien lo pondrá al tanto de la existencia de numerosos monasterios y le hablará de la Vida de san Antonio , obra del santo obispo Atanasio de Alejandría. “(Ponticiano) tomó la palabra, hablándonos de Antonio, monje de Egipto, cuyo nombre excelentemente resplandecía entre tus fieles y nosotros ignorábamos hasta aquella hora. Como él lo advirtiera, se detuvo en la narración dándonos a conocer tan gran varón que desconocíamos, y admirándose de nuestra ignorancia... De aquí su relato pasó a las muchedumbres que vivían en los monasterios, y de sus costumbres (impregnadas) de tu suave perfume ( suavevolentiae tuae ), y de los fértiles desiertos del yermo de los que nada sabíamos”7.
Ponticiano incluso le va a relatar su propia experiencia, no sin antes indicarle a Agustín que en la misma Milán había un monasterio, ubicado fuera de los muros de la ciudad. En dicha experiencia aquél, estando en Tréveris, salió de paseo junto con algunos amigos y se encontró con una casa “donde habitaban ciertos siervos tuyos pobres de espíritu (ver Mt 5,3)... Allí hallaron un códice en el que estaba escrita la Vida de san Antonio . Lo que uno de ellos empezó a leer, y a admirarse, entusiasmarse, y dejando la milicia del mundo: servirte a ti”8.
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