¿Qué aceptó? Ante todo, las promesas que le hicieron de llevarlo al Saber, a la Sabiduría. Luego, sus prácticas religiosas. Y, por último, el fondo metafísico de su pensamiento: el dualismo, el materialismo con lo que Agustín pasa del racionalismo al materialismo de los maniqueos y al panteísmo (o “emanacionismo”).
¿Hasta qué punto? Agustín dejó la Iglesia católica de modo total, pleno y consciente; consideró el catolicismo como una religión para “viejas”, no adaptada para pecadores y hombres espirituales. Pero nunca adhirió completamente al maniqueísmo: fue un maniqueo de “estacionamiento”, razón por la cual nunca pasó al grado de elegido. Sin embargo, su adhesión provisoria no le impidió practicar la religión y hacer programas de propaganda.
El momento maniqueo de Agustín es importante en su vida: le permitió conocer bien esa secta y dejarnos valiosa información sobre ella. Muestra también hasta qué punto eran importantes para Agustín los problemas metafísicos, como es el caso del problema del mal. Además, los nueve años pasados en el maniqueísmo explican su insistencia en algunos puntos en el período posterior. Ellos son: fe, unidad entre Antiguo y Nuevo Testamento, espiritualidad del ser –contra el materialismo–, unidad de Dios –contra el dualismo–, creación –contra el panteísmo–, la distinción entre conocimiento sensible y espiritual (ver De beata vita, 1,4; De moribus Ecclesiae catholicae et de moribus Manichaeorum, 8,2 y 11; Confessiones, 3,7,12; 5,5,8-9; 6,11,21; 8,7,17; 5,3,6-7; De utilitate credendi, 1,2; 2,4; 8,20; De duabus animabus, 1,1).
c. Se toca fondo (383-384): Cartago, Roma, Milán
Cuando se desilusiona del maniqueísmo, Agustín se torna escéptico pues no halla solución a sus dificultades. Estas son de diversa índole. Científicas: no encuentra concordancia entre las soluciones que le proponen los maniqueos y las de los filósofos; inicialmente pensó que tales problemas no entran dentro del terreno de la fe, pero luego consideró que un hombre que es voz del Espíritu Santo no puede equivocarse en esos asuntos científicos. Bíblicas: Elpidio sostenía que los textos del Nuevo Testamento habían sido interpolados, mas semejante afirmación debía ser demostrada “críticamente”. Finalmente, metafísicas: no era clara la teoría de una guerra entre un dios bueno y otro malo: ¿qué pasa si el dios bueno no quiere combatir con el dios malo? Y no podía decirse que el dios malo lo obligaba porque en tal caso debe afirmarse que el dios bueno no es perfecto.
Desilusionado del maniqueísmo no torna, sin embargo, a la Iglesia católica, pues sigue pensando que enseña tonterías. Tampoco adhiere a ninguna escuela filosófica por no hallar en ellas el nombre de Cristo, y por tanto no podían curar las heridas (ver Confessiones, 5,14,25). Le resta, en consecuencia, una única salida: el escepticismo. Se cuenta entre el número de los filósofos, llamados de la “Academia”, que tienen como principio fundamental la duda. Pero Agustín no podía permanecer mucho tiempo en la etapa escéptica; era un hombre agudo y sediento de certeza. Llegado al fondo, retorna hacia arriba (ver De beata vita, 1,4; Contra Academicos, 2,9,23; De moribus Ecclesiae catholicae et de moribus Manichaeorum, 20,74; De utilitate credendi, 8,20; Confessiones, 5,10,19; 5,14,25; 6,4,6).
d. La conversión (384-387): Milán, Roma
En la fase de retorno “hacia arriba” fue fundamental la figura de san Ambrosio. Este nunca lo ayudó directamente en el plano espiritual de la conversión. Lo trató más bien con frialdad, al menos al comienzo, pero lo ayudó a “desbloquear” la situación. Agustín descubrió en la predicación de Ambrosio que aquello que los maniqueos decían sobre la Iglesia era falso. Sostenían que la Iglesia católica era “antropomorfista”, es decir que tomaba el libro del Génesis según la letra. Y Agustín descubre que el obispo de Milán explica el Génesis en sentido espiritual, con lo que Agustín entra en contacto con el método alegórico para la interpretación de la Sagrada Escritura.
En este período recupera Agustín la fe en la Iglesia católica, superando así el escepticismo y el racionalismo. Descubre que no es posible que la mente humana ignore la verdad, y si la ignora es porque ha errado el método: excluir la fe y pretender alcanzar la certeza con la sola razón es un camino equivocado. Comprende así la importancia de la fe en la vida humana. Razón y autoridad son dos caminos para llegar al conocimiento de la verdad. En el tiempo, primero la fe: credo ut intelligas. En importancia, primero la razón; de ella nace la ciencia. La mente humana no se puede detener en la fe; quiere, necesita, la ciencia, la certeza (ver De moribus Ecclesiae catholicae et de moribus Manichaeorum, 1,2-3). La fe es la primera vía para llegar a la verdad, pero no está separada de la razón: intelligas ut creas. La razón aclara a quién podemos confiarnos. Además, Agustín confirma su fe en Cristo, único maestro de todos los hombres. Cristo es la única autoridad. Las Sagradas Escrituras nos lo revelan (ver Contra Academicos, 3,20,43). Por último, acepta la autoridad de la Iglesia, desde el momento en que comprende que la Sagrada Escritura debe ser garantizada y rectamente interpretada por la autoridad de la Iglesia católica.
Aceptando la autoridad de la Iglesia y de la Sagrada Escritura, Agustín podía salir del escepticismo y del racionalismo, pero tenía que resolver todavía dos grandes problemas que lo inquietaban y le impedían la completa conversión: el materialismo y el mal. La solución a estas cuestiones la halló leyendo a los neoplatónicos. Alguien le procuró los libros de estos filósofos traducidos al latín por Mario Victorino (muerto antes del año 386, y que realizó dichas traducciones antes de convertirse al cristianismo, hacia el 355). ¿Qué neoplatónicos leyó Agustín? Sin duda, Plotino y Porfirio. Del primero: el De pulchro (sexta cuestión de la Primera Enéada); De las tres hypóstasis (octava cuestión de la Primera Enéada); El origen del alma. Del segundo: De reditu animae y Filosofía de los oráculos. ¿Qué fue lo que encontró Agustín en los neoplatónicos? Ante todo, el principio de interioridad: entra en ti mismo para conocerte mejor. La distinción entre conocimiento sensible e intelectual. Descubre la luz de la interioridad y la influencia de la afectividad en el conocimiento (ver Confessiones, 7,10,16). Consigue, pues, salir de la concepción materialista y opta por el principio de participación: las creaturas son participación del ser inmutable. En la creación, éste participa a las creaturas algo de su naturaleza. Acepta la creación “ex nihilo”.
En la lectura de los neoplatónicos descubrió también una verdadera noción del mal. Los maniqueos se preguntaban: ¿unde malum? Con lo que ubicaban mal el problema. Hay que preguntarse: ¿quid malum? ¿qué cosa es el mal? El mal debe ser concebido como privación.
¿Qué fue lo que no encontró en los neoplatónicos? El misterio de la Encarnación, aunque creyó vislumbrar huellas de la primera parte del Prólogo del Evangelio de san Juan en los escritos del neoplatonismo. Tampoco encontró nada sobre la doctrina de la mediación: la doctrina de la gracia. Halló algo sobre la oración y la luz del Verbo, mas nada sobre otros aspectos del cristianismo. Por otra parte, pensó descubrir puntos que en realidad no estaban en los neoplatónicos: la divinidad del Verbo; la doctrina de la creación “ad aeterno”; la solución del problema de la felicidad eterna. A raíz de este punto topa con un nuevo obstáculo: ¿puede el hombre alcanzar la salvación con sus propias fuerzas? (ver De beata vita, 1,3-4; Contra Academicos, 2,2,4-5 y 3,19,42; De utilitate credendi, 8,20; De ordine, 2,5,16; De quantitate animae, 34; Confessiones, 5,13,23; 5,14,24; 6,3,4; 6-7).
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