Es más, me atrevo a decir que, cuando algo se entiende de verdad, uno debe ser capaz de acercar ese conocimiento al resto de los mortales.
Por estos motivos, creo que el libro que voy a empezar a escribir no será mejor en cuanto a contenidos que el resto que ya están publicados, pero será diferente.
Y la diferencia residirá en que, siendo fiel a mi forma de divulgar, intentaré acercar todos los conceptos que, a continuación, explicaré a cualquier público, ya sea experto o no en la materia.
Mientras tecleo en el ordenador, me estoy fijando dos objetivos fundamentales: que este libro te sea de ayuda cuando tomes decisiones financieras y que, además, si puede ser, te resulte ameno.
Son los mismos objetivos que me fijo cuando, a las ocho de la mañana, tengo que hablar con una mascarilla a más de veinte chicos que acaban de alcanzar la mayoría de edad sobre temas como la inflación, el ahorro, el precio del dinero, etc.
Y te puedo asegurar que, si no intentas hacer estos temas atractivos, los chicos pueden estar tentados a seguir en brazos de Morfeo o con la mirada perdida en el compañero o la compañera que tienen a su lado.
Así que, con estos ambiciosos objetivos, voy a intentar convencerte de que la educación financiera es importante para ti, mi querido lector.
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¿POR QUÉ LA EDUCACIÓN FINANCIERA ES IMPORTANTE PARA TI?
A lo largo de este capítulo, voy a tratar de convencerte de que necesitas tener conocimientos sobre educación financiera para poder gozar de una salud económica que te permita vivir bien en este competitivo mundo capitalista.
Hace muchos años, en los colegios se impartía una materia llamada Pretecnología. En ella, se pretendía enseñar a los chicos y las chicas nociones básicas sobre el mantenimiento del hogar: cambiar un enchufe, arreglar electrodomésticos sencillos, trabajar un poquito con la madera…
Tengo que reconocer que, aunque siempre fui un notable estudiante, todo aquello relacionado con las manualidades se me daba francamente mal. Pero, aun así, me he ahorrado alguna vez un buen dinero haciendo alguna chapuza sencilla en casa y prescindiendo de los servicios de un profesional.
Si Núria, mi mujer, está leyendo este capítulo, seguramente se echará las manos a la cabeza y pensará que, sin duda, soy el hombre más desastroso para el bricolaje y menesteres similares. Y, pobre, tiene toda la razón del mundo. Pero, si yo me he ahorrado alguna vez una buena factura del lampista, imaginad en aquellos hogares donde hay auténticos «manitas» que dominan todas las vertientes del mantenimiento doméstico.
Te pongo este ejemplo porque, igual que hace más de treinta años se consideró que era fundamental que los chicos y chicas supiéramos algo de bricolaje, hoy día es más que fundamental que nuestros jóvenes, independientemente de la profesión que vayan a tener en el futuro, cuenten con conocimientos sobre finanzas.
No conozco a nadie que no haya acudido alguna vez a una entidad bancaria a contratar productos o a solicitar financiación para adquirir, por ejemplo, su vivienda. Y de verdad te digo que el resultado de esas negociaciones con el director de la oficina va a ser mucho más importante que el dinero que te puedas ahorrar al arreglar tú mismo un grifo.
Poder negociar en igualdad de condiciones con la persona que tienes delante resulta crucial para que el resultado de esa negociación pueda ser ventajoso para ti. Cuando hablamos de arreglar un grifo, nosotros mismos estamos hablando de una factura que puede ahorrarnos unos cien euros, pero, cuando hablamos de negociar con acierto la contratación de un producto o la demanda de financiación, podemos llegar a ahorrarnos decenas de miles de euros.
Y el problema es que, aunque somos conscientes de ello, parece que nos da miedo cuando delante nos encontramos con la «señora economía». Es como si fuera algo lejano e imposible de entender para los mortales.
En este libro te voy a demostrar que no es así. Que todos podemos tener los conocimientos suficientes como para que no nos tomen el pelo y para poder decidir por nosotros mismos qué hacemos con nuestro dinero; un dinero que, seguramente, nos lo habremos ganado con mucho esfuerzo y trabajo.
Así que no puede ser que se nos escape de forma inconsciente. Debemos saber exactamente qué es lo que necesitamos para que ese dinero crezca o, por lo menos, que no se desvanezca nada más llegar a nuestra cuenta corriente vía transferencia de nuestra nómina mensual.
La educación financiera es la respuesta a la sorpresa que puedes experimentar cuando ves que personas con trabajos y salarios aparentemente modestos pueden disponer de un piso ya pagado, un apartamento en la playa y algún inmueble alquilado.
Se trata de optimizar nuestros recursos y de que el dinero que tanto nos ha costado ganar trabaje para nosotros mientras nosotros estamos echando una siesta.
Para ello, existen ciertos aprendizajes básicos: conocer los productos financieros más habituales, saber qué es el precio del dinero, entender cómo nos afecta la inflación, diferenciar el interés simple del compuesto, etc.
A lo largo de este libro voy a intentar explicarte, de la forma más sencilla posible, todos estos conceptos, para que puedas tomar las mejores decisiones con tu dinero. El único requisito que necesito es que dejes de pensar en que la economía es algo complicado y lejano y que afrontes la lectura de las siguientes páginas con la seguridad de que, al acabar el libro, estarás un poquito más preparado para administrar tus propios recursos.
2
LA IMPORTANCIA DEL AHORRO
2.1¿Cómo administro mi renta? Consumo versus ahorro
Cuando oyes a alguien decir que no ahorra nada porque tiene una renta baja, no te está diciendo toda la verdad.
Ahorrar no es exclusivo para aquellas personas con grandes salarios; es más una actitud que algo relacionado con la cantidad de ingresos familiares.
No te voy a negar que resulta más sencillo ahorrar cuando, cada mes, entran muchos ingresos que cuando estos son escasos, pero conozco a familias con ingresos muy altos que no ahorran nada y, por el contrario, a familias con trabajos y nóminas humildes que son capaces de guardar una cantidad cada mes. Si este último es tu caso, es decir, tienes unos ingresos reducidos, todavía resulta más importante para tu salud financiera que ahorres.
La única manera que tiene una persona con ingresos bajos de mejorar y alcanzar un buen nivel de vida es, precisamente, ahorrar.
Del total de la renta que conseguimos, una parte la consumimos y otra la ahorramos. Si trasladamos esta frase a una ecuación matemática, nos saldría algo como esta expresión:
Y = C + S
donde:
Y = renta
C = consumo
S = ahorro
Muchos de vosotros estaréis pensando que, cuanto mayor es el consumo que podemos hacer de bienes y servicios, mayor será nuestra satisfacción. Y no seré yo quien contradiga a la teoría económica que nos dice que existe en el comportamiento del consumidor una ley sobre sus preferencias llamada «ley de no saturación», por la que se muestra que un consumidor siempre quiere más que menos de un bien o servicio.
Pero, si realizamos un análisis tan simple de la ecuación en la que decidimos que, de la renta total, vamos a consumir lo máximo posible (sin dejar nada al ahorro) para lograr la máxima satisfacción, estamos haciendo un análisis equivocado.
Y resulta equivocado porque, si toda la renta se dedica al consumo, jamás podremos aumentar nuestra renta, salvo por los pequeños aumentos salariales que, en la mayoría de los casos, se hallan absorbidos por el incremento de los precios.
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