Pasó una semana, dos, las que luego se convirtieron en un mes, dos meses. Luis había perdido su trabajo. Al no poder volver a Porvenir y ante la incertidumbre de la situación, la empresa lo finiquitó. Ahora no tenía sentido volver, solo tenía que ir a buscar algunas cosas. Los pocos días que esperaba pasar en la casa de su hermano al final de su periodo de descanso, se habían convertido en meses y no sabía a ciencia cierta cuanto tiempo más se quedaría.
Germán y la Ame integraron a Luis en sus actividades diarias, era uno más. Después de su periodo de quince días de cuarentena en el Torreón, se mudó a una habitación en la casa principal, por lo que convivía cotidianamente con ellos. No salían de la parcela desde que había comenzado la pandemia. Eso les daba tranquilidad, ya que así no podían contagiarse.
Ya era mayo, casi habían pasado dos meses desde el primer caso de covid-19 en Chile, los enfermos aumentaban y los hospitales se llenaban de gente. Las urgencias colapsaban y los noticiarios traían noticias de cómo se iban llenando las camas críticas disponibles. Los hospitales, públicos y privados iban convirtiendo espacios a camas covid-19 para hacer frente a esta contingencia. Cuando no había suficiente lugar en un hospital, se buscaban camas disponibles en otros hospitales, en otras ciudades. Es así como se veían operativos aéreos trasladando gente enferma, de manera que pudieran acceder al ventilador que requerían, al oxígeno que necesitaban y al cuidado preciso. A pesar de todos estos esfuerzos, los fallecidos por esta enfermedad seguían aumentando. Germán, la Ame y Luis vivían en un pequeño oasis de tranquilidad. En la parcela estaban protegidos, mientras no salieran de ahí, nada les podía pasar.
~ EL ACCIDENTE ~
Germán, como frecuentemente lo hacía, salió a supervisar las actividades diarias de su parcela. Su centro de eventos se ubicaba en un terreno de dos hectáreas en El Principal, comuna de Pirque. Debido a la pandemia, este año casi no había tenido temporada alta. Sin embargo, a pesar de estar en el mes de mayo, había muchas actividades de mantención que realizar. Para esto, contaba con el apoyo de Pedro, su ayudante desde hace más de veinticinco años. Un hombre de campo, esforzado, que al principio había vivido con su familia en la misma parcela, pero luego se había construido su propia casa y se había independizado. Casado con Isilda, una mujer de su misma edad, trabajadora, empeñosa, que cuando no había eventos ayudaba en la casa de la Ame o en otras del sector. Y durante la temporada de eventos, se convertía en el brazo derecho de la Ame para lo que se requiriera. Muchas veces para organizar la cocina y el personal que trabajaba ahí.
Para supervisar las actividades, Germán iba en su scooter eléctrico, una mezcla entre silla de ruedas y moto, con grandes ruedas que lo hacían muy cómodo para el difícil relieve de la parcela. Se adaptaba muy bien al pasto, al patio empedrado y a los caminos interiores. En esta ocasión fue caminando con su bastón, su eterno acompañante, ya que las 4 hernias que tenía en la columna no lo dejaban tranquilo. Su bastón, de más de cien años era heredado. Había pertenecido al Tata Tomás, abuelo de la Ame. Por alguna razón que desconocía, había llegado a sus manos y le tenía mucho cariño, no solo por su funcionalidad y comodidad, sino que por su dueño original, a quien Germán había conocido en su primer tiempo de noviazgo con la Ame. Mientras caminaba, el bastón no pudo evitar que Germán tropezara y se fuera de frente. No alcanzó a poner las manos, sus movimientos eran torpes y se golpeó la nariz y la frente con una piedra. Se hizo una pequeña herida que sangró, pero no sabía cómo había quedado su cuerpo. Ahí estaba tirado cual largo era en el patio. No podía gritar, no tenía energía, no podía moverse. Cerró los ojos, respiró profundamente y esperó unos instantes. Estaba juntando fuerza para gritar y pedir ayuda, cuando escuchó a Pedro, su ayudante que se le acercaba. “Don Germán, ¿cómo está?, lo vi caerse”. Él sin saber por qué, solo susurró: “Bien, bien”. Pedro lo ayudó a incorporarse, primero a sentarse, para que respirara un poco, se tranquilizara y tomara fuerzas para lograr pararse. A simple vista, se veía bien. No parecía tener ningún dolor o daño, más allá de la herida que sangraba en la parte alta de la nariz, entre la nariz y la frente para ser más exactos. Ahora sentía la cabeza embotada, estaba un poco mareado, solo quería descansar. No sabe cuánto tiempo estuvo así. Pedro se quedó con él todo ese rato, le preguntaba cómo se sentía, pero Germán no tenía ganas de contestar. ¿Por qué su cuerpo ya no respondía como antes? Él era un hombre con mucha energía, con muchas ganas de hacer cosas, pero su cuerpo se resistía a seguirle el ritmo. Por eso solía bromear diciendo, “Soy un trans-etario, eso es un hombre de cuarenta y cinco años en el cuerpo de uno de ochenta”. Pero esas bromas no eran más que un reflejo de la realidad. Germán era más activo que lo que su cuerpo se lo permitía y eso le provocaba una cierta frustración. Poco a poco sintió que la calma volvía a su mente y le pidió a Pedro que le ayudara a pararse. Pedro conocía a su jefe, sabía que probablemente todavía no estaba bien, así que le dijo que descansara un poco más y él se quedó acompañándolo hasta que pudo incorporarse y con su apoyo, lo ayudó a llegar hasta la casa. La Ame casi se desmayó cuando lo vio llegar todo revolcado y ensangrentado. No era la primera vez que se caía, pero ahora estaba más viejo. A la Ame se le vinieron a la mente otras tres ocasiones en que se había caído. Una de ellas había ocurrido hace unos ocho años, cuando Germán estaba andando en bicicleta con uno de sus nietos en los difíciles caminos de la parcela. Germán iba compitiendo con el niño de diez años a ver quién llegaba primero al otro extremo del camino serpenteante. Una pequeña piedra, estratégicamente ubicada, quiso que Germán no terminara la carrera, ya que detuvo bruscamente el neumático delantero y voló por encima de la bicicleta, golpeándose la nariz. Quedó tirado en el piso y la Ame que era la jueza que dio inicio a la carrera, corrió hasta él para ver cómo se encontraba. Inmediatamente lo llevaron a la urgencia, le hicieron los exámenes de rigor y lo dejaron una noche en observación, antes de devolverlo a la casa. Le había salido barata, solo contusiones que se convertirían en moretones, pero no pasó a mayores. La segunda caída que recordó la Ame, era de hace cinco años. Germán estaba viendo a los nietos que se estaban columpiando y decidió ir a jugar con ellos. Les pidió que lo dejaran columpiarse. Cuando ella lo escuchó le dijo casi como si fuera adivina: “Cuidado viejo, no te vayas a caer”. Dicho y hecho, en el momento de sentarse, el columpio se corrió y Germán quedó sentado en el pasto. Si bien la Ame se asustó mucho, fue una caída menor que le trajo dolor en su espalda, debido a sus hernias, pero no tuvo mayores problemas. La tercera caída que se vino a la mente de la Ame fue en su viaje a Suiza. Un sobrino de Germán los había invitado a su casa en la montaña. Para él era un sueño y por supuesto que aceptaron la invitación. La casa era un hermoso y pequeño refugio en Los Alpes, a la salida de un bosque de abetos. Era recordar las escenas de la película de “Heidi”, y Germán inmediatamente se imaginó a su abuelo y a Pedro pastoreando las cabras. Entraron a la casa y subieron al segundo piso por una estrecha escala sin barandas que llegaba en forma directa a una pequeña puerta en el piso. La abrieron y subieron a una habitación pequeña, pero muy limpia y ordenada. Hacia un lado tenía un camarote y en un extremo había una puerta que ellos supusieron era un baño. Hacia el otro extremo se veían dos pequeñas ventanas, por donde entraba como una catarata la abundante luz que provenía desde fuera. “Esta era mi habitación cuando chico”, les dijo Michael. “Ahora es la pieza de mis niñitas, pero deben crecer un poco más para poder subir por esa escala”, dijo dando un recorrido con la vista por la pequeña habitación. Dieron un par de pasos y se asomaron por las pequeñas ventanas para disfrutar la bella e imponente vista de los Alpes y sus bosques de abetos. Estaba concentrada la Ame mirando hacia el horizonte, cuando escuchó un pequeño grito y un ruido que le hizo imaginar un saco de papas rodando. Se volvió inmediatamente y vio que Germán no estaba. Se había echado para atrás sin notar que estaba abierto el hueco de la escalera, por lo que cayó y rodó hasta parar en el primer piso. Asustados Michael y ella se asomaron y vieron a Germán tendido en el piso, quien sin perder su humor y levantando un brazo dijo “estoy vivo”. Inmediatamente Michael lo llevó al servicio de urgencia más cercano, para que lo revisaran y le tomaran radiografías. Después de un par de horas de espera, se acercó un enfermero que le dijo en perfecto español, o mejor dicho perfecto chileno:
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