María Angélica Fallenberg - Mi voluntad

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"Hoy, a esta hora aproximadamente, se cumple un año exacto del accidente que me llevó hasta el borde del túnel y la luz. Tropecé con una piedra y caí pesadamente golpeando con la cara el duro suelo de mi casa, rompiendo mi nariz, la que quedó enterrada en el suelo. Cinco días después estaba siendo internado en la clínica, con fiebre que hacía sospechar de covid-19 y que, finalmente, resultó ser una bacteria alojada en la zona cervical de mi columna. Empezó un largo viaje de dos meses y medio al subconsciente más profundo de mi vida. Viví aventuras azarosas, descendí a las profundidades de la tierra, me oculté en volcanes activos, perdí mis piernas en los bosques de Chiloé, navegué en una nave fantástica, tripulada por mapuches, hasta Rapa Nui, hui por la selva peruana arrancando de los cazadores de cabezas e incluso rechacé contraer matrimonio con una hermosa japonesa ataviada con su quimono. Viví mil peripecias que, lamentablemente, no logré fija en mi memoria. Sobreviví, el 7 de julio del 2020 regresé a la vida, volví a mi casa, a mi mujer, a mi familia, absolutamente paralizado, a recuperar mi vida. Han pasado diez meses desde entonces, diez meses increíbles que Dios me ha regalado. Diez meses en que he conocido a verdaderos ángeles que con el poder de sus alas me han dado la bendición de volver a caminar. Ustedes, todos y cada uno, han aportado lo suyo: TENS, doctores, fisiatra kinesiólogos, fonoaudiólogas y personal de apoyo permanente de la clínica y de la hospitalización domiciliaria, para hacer este milagro. Yo, en ustedes, tuve legiones de ángeles azules, que son los Ángeles Sanadores. Ustedes, enfundados en sus delantales, fueron los que me levantaron y me hicieron caminar".
Mensaje enviado por Germán, protagonista de esta novela, al personal de salud al cumplirse un año de su accidente."

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Estallido social fue llamado posteriormente por la prensa. Se inició con la quema simultánea de más de 60 estaciones del metro y edificios públicos. Los días que siguieron fueron de saqueos a supermercados, farmacias, multitiendas. Además de la violencia propia de los saqueos, hubo mucha gente que adhirió pacíficamente a este movimiento, manifestándose en las calles. Las protestas por todo el país y los incendios en espacios públicos y privados continuaron y los enfrentamientos con las fuerzas de orden y seguridad se hicieron cada vez más frecuentes. Hubo heridos y muertos, una violencia nunca vista que generó mucho temor en la gente y, sobre todo, en los mayores, como Germán y la Ame. Ellos se asustaron, no sabían que vendría después. La convulsión social que se veía en los noticieros, que se escuchaba en la radio y las noticias que les llegaban por WhatsApp, ya fueran verdaderas o falsas, los intranquilizaba cada vez más. Se destruyeron muchos empleos, la economía del país se desplomó y por supuesto, de la noche a la mañana su negocio comenzó a decaer. Las empresas cancelaron sus reservas, los matrimonios postergaron sus fiestas o las hicieron más acotadas y lo que se veía como una promisoria temporada, fue mermada y disminuida hasta la mínima expresión.

Estaban preocupados por su país y por cómo se lograría salir de esa situación, cuando comenzaron a llegar noticias de un virus en China que había pasado del murciélago, su huésped habitual, a un animal desconocido y de ahí al ser humano. Estaba provocando una enfermedad muy contagiosa causando estragos en Wuhan, ciudad donde se había iniciado. Esta enfermedad, denominada covid-19, era provocada por un coronavirus y podía generar una enfermedad que llevaba a la muerte. En China se tomaron medidas extremas de confinamiento de la gente y se construyeron multitudinarios hospitales en diez días. Estas noticias, que se veían lejanas y que estaban al otro lado del planeta, más parecían salidas de una película de zombis o del fin del mundo, que de cualquier canal de noticias. Pronto la OMS comenzó a hablar de epidemia y luego de pandemia. La enfermedad llegó a Europa y causó estragos en Italia, Francia y España. Los hospitales no daban abasto y colapsaban por la cantidad de gente enferma y los muertos empezaron a contarse de a miles. A Chile no llegaba aún, pero había que estar preparados para lo que venía. Las noticias decían que los adultos mayores eran los más afectados y, no conociéndose aún los tratamientos o formas de prevención, el aislamiento parecía ser lo más prudente e indicado.

A comienzos de marzo ocurrió lo esperable, lo que era muy difícil de evitar. Los periódicos, noticieros, redes sociales, estallaron. El coronavirus había llegado a Chile, había sido detectado en un hospital de Talca en una persona que venía desde Europa. Chile ya no estaba libre. Era cosa de tiempo que se difundiera por todo el país y que llegara a Santiago. Estábamos mejor preparados que Europa, ya que habíamos visto lo que les había ocurrido a ellos, pero tampoco teníamos la experiencia y el conocimiento para tratar esta enfermedad. El sistema sanitario se fue preparando para hacer frente a lo que venía, se veía duro el futuro, no se tenía experiencia en una situación como esta. Comenzaron las primeras limitaciones al movimiento de las personas y en el horizonte se veía el confinamiento o la cuarentena como una medida extrema que podía ayudar a contener la diseminación del virus.

Luis, hermano menor de Germán, uno de los nueve, era un topógrafo que trabajaba en distintas obras de construcción vial a lo largo del país. Su profesión y trabajo lo llevaban a moverse con camas y petacas a donde se estaban ejecutando las obras. Había vivido en todo Chile y en los lugares más extremos. Ahora no era la excepción, estaba trabajando en una obra en Porvenir, región de Magallanes y la Antártica Chilena. Dada la lejanía, Luis juntaba sus permisos de descanso y cuando tenía suficientes días viajaba al norte, a la región de Valparaíso, donde vivía y estudiaba su única hija. Este marzo del coronavirus, Luis se encontraba de permiso y ya debía volver a su trabajo, pero como siempre, pasaría sus últimos días de descanso en la casa de su hermano Germán.

Llegó el momento de volver, Luis alistó sus cosas, revisó que tenía todos sus documentos y su pasaje en regla, se despidió de Germán y la Ame y se fue al aeropuerto. En cuanto llegó se dirigió al mesón, para entregar su equipaje y chequearse para el vuelo. Había mucha gente, como nunca. La fila no avanzaba. Esto era totalmente poco usual. Acostumbrado a viajar por Chile, Luis sabía que este trámite era rápido y expedito, no se acumulaba la gente a menos que hubiera algún problema. Esperó pacientemente por algunos minutos, seguramente había algún inexperto haciendo este taco. Aprovechó de revisar sus mensajes en el celular, luego revisó algunas noticias, cuando un titular llamó poderosamente su atención. El aeropuerto Carlos Ibáñez del Campo de la ciudad de Punta Arenas, había cerrado sus puertas a los pasajeros, debido a la pandemia de coronavirus. Sus ojos no daban crédito a lo que estaba leyendo, no entendía a cabalidad lo que decía ese titular. Cómo se iba a cerrar el aeropuerto, si él estaba en la fila para chequearse en el avión que lo llevaría a esa ciudad, para luego transportarse a Porvenir, a su lugar de trabajo. Levantó la vista y solo vio a las personas que esperaban pacientemente a su alrededor. Miró a quien estaba en el puesto detrás de él en la fila y le pidió que le cuidara el lugar. Tenía que ir a preguntar que estaba pasando, no se iba a quedar esperando en la fila eternamente. Encontró a un funcionario de la línea aérea, quien, cuándo le preguntó, se levantó de hombros y dijo no tener ninguna información. Entonces fue más allá, donde se acumulaba un mayor número de personas y escuchó en forma creciente el rumor de que no podrían viajar, que el aeropuerto de destino estaba cerrado. Pero, ¿por qué? ¿Qué había pasado para que se tomara esta decisión tan drástica? Él estaba en el aeropuerto esperando para abordar el avión y ¿ya no podía viajar? ¿Por cuánto tiempo sería esto?, ¿Qué pasaría con su trabajo? Las preguntas se arremolinaban en su cabeza cuando escuchó por altoparlante lo que no quería escuchar. El aeropuerto Carlos Ibáñez del Campo, ubicado en las afueras de la ciudad de Punta Arenas, había cerrado sus puertas. Listo, no había nada más que hacer, la información era oficial. Sentía que un mazo había caído sobre su cabeza, no podía pensar. Se había quedado botado en el aeropuerto de Santiago. ¿Por cuánto tiempo? No sabía la respuesta. Lo primero que atinó fue llamar a su hermano Germán y le dijo escuetamente: “Se cerró el aeropuerto de Punta Arenas, no sé hasta cuándo”. Fue cuando sintió desde el otro lado del teléfono, con la calidez de siempre, “y……, vente para acá el tiempo que sea necesario”. Esta respuesta no extrañó para nada a Luis. Germán y la Ame siempre lo habían recibido con los brazos abiertos, nunca le habían negado su hospitalidad y esta tampoco sería la ocasión.

La situación era incierta, no sabía qué pasaría con su trabajo si no podía volver, pero de momento el tema de alojamiento estaba resuelto. Sin pensarlo más, salió del aeropuerto y tomó un taxi a Pirque, de vuelta a la casa de su hermano.

Había estado horas en el aeropuerto, sin ninguna precaución, lo que lo inquietaba. Luis era de los hermanos menores de Germán, y los distanciaban más de quince años. Por lo que, si había contraído el coronavirus, esto podía ser fatal para Germán y la Ame. No lo dudó por ningún momento y apenas llegó se puso en cuarentena. Se fue a dormir al Torreón, una bella construcción que Germán había hecho simulando un castillo. Él quería un castillo para su reina, la Ame y se lo construyó. Estaba a unos veinte metros de la casa principal, separado por un patio empedrado con una fuente en el medio. Todo rodeado de grandes y hermosas plantas, dando un marco majestuoso, único, bello, que los novios y sus fotógrafos sabían aprovechar muy bien cuando se trataba de dejar registro del día más importante de sus vidas. Sin duda, era un lindo lugar, un bello espacio el que había construido Germán. En el Torreón, había tres dormitorios y un baño. Un espacio suficiente para instalarse un tiempo prudente de quince días, hasta asegurarse de no presentar síntomas del temido covid. La comida se la llevaban en bandeja y había suficiente espacio para salir a caminar por la parcela, sin necesidad de entrar en contacto con Germán y la Ame.

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