Val Emmich - Tal vez somos eléctricos

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«No hay electricidad en ningún otro lugar. Solo aquí, entre nosotros» Tegan Everly es una chica tímida de dieciséis años. En el instituto, solo habla con su amigo Neel, pero ahora mismo las cosas entre los dos no van bien, y no tiene a nadie con quien ser ella misma. Así que, cuando se ve obligada a enfrentarse a una verdad desagradable, huye durante una tormenta de nieve al pequeño museo local dedicado a Thomas Edison, un refugio al que suele acudir en busca de paz y tranquilidad. Sin embargo, no está sola. Allí se encuentra con Mac Durant, el chico más popular de su instituto. Tegan no lo soporta, pero el Mac que tiene delante no se parece al futbolista magnético que conoce: es alguien que pide ayuda. Durante una noche inolvidable, Tegan y Mac dejarán a un lado las presiones y sus prejuicios y forjarán una conexión inesperadamente electrizante que cambiará sus vidas para siempre. La novela perfecta para los amantes de Nina Lacour y David Arnold

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—He venido directamente del trabajo —comenta—. Antes has pasado por la tienda, ¿verdad?

—Ah, sí, puede.

Sí que lo he visto. He pasado por Sneaker World esta tarde cuando estaba con mi madre en el centro comercial. Sin embargo, me cuesta creer que me recuerde, ni siquiera vagamente. Soy bastante habilidosa a la hora de pasar desapercibida para los de su especie. Aun así, es la segunda vez que evoca mi presencia en algún lugar. Busca con los ojos algo en lo que centrarse y vuelve a posarlos en mí.

—Quizás podrías hacerme una visita guiada.

—Sí, claro. Son cinco dólares.

Saca la cartera.

—¿Tienes cambio de veinte?

—Era broma. —Pensaba que era evidente.

Se detiene, se encoge de hombros y guarda el dinero. Todavía no se ha dado cuenta de que en ningún momento he aceptado su propuesta de que los dos nos quedemos aquí.

—Lo siento, pero no entiendo nada…, quiero decir, ¿de qué va esto? Todo esto. Es muy… —digo.

Me mira y creo que espera que defina a qué me refiero con «todo esto», pero no lo voy a hacer porque no puedo.

—Créeme —responde Mac cuando deduce que no voy a seguir hablando—. No tenía en mente pasar la noche así.

En eso estamos de acuerdo. Por fin se ha percatado de lo extraña que resulta esta situación. Además, ¿acaba de insultarme? No lo sé. Puedo imaginar qué estaría haciendo esta noche si no estuviera aquí. Asanas de yoga frente al espejo, cervezas compartidas con sus «colegas», mensajes guarros para una chica cualquiera. Ni idea. Por lo que sé, no sale con nadie. Al menos no de forma pública.

—¿Seguro que no tenéis nada para comer? —Se inclina sobre el mostrador y lo olfatea como un carroñero. Tal vez haya algunos caramelos de menta de recuerdo en algún lugar, pero no hay nada más.

—Ahora vuelvo.

Por la cara de interés con la que me mira, cree que voy a regresar con comida, pero, en realidad, solo voy al baño. Necesito tiempo para procesarlo todo.

Sola en el aseo, me miro a los ojos para buscar algún rastro de lágrimas. Espero que mamá esté en casa ahora mismo, asfixiada de preocupación por mí mientras camina de un lado a otro, se muerde las uñas y llama a todas las personas a las que conocemos. Se lo merece después de lo que ha hecho. Aquello me convence: de ninguna manera pienso volver a casa tan rápido. Antes dejaría que mi madre se preocupara. Supongo que eso significa que me voy a quedar aquí con Mac. Espera, dilo de nuevo: me voy a quedar aquí con Mac Durant.

Es el chico que quedó tercero en las votaciones a delegado de la clase en sexto de primaria, a pesar de que ni siquiera se había presentado. En segundo de secundaria, Brian Slatin, el primer chico abiertamente gay que recuerdo haber conocido, le pidió que fuera con él al baile de primavera y Mac aceptó, lo que enfadó a las chicas y confundió a los chicos. En tercero de secundaria, se unió al club LGBTQIA y demostró a cualquiera que pensara que había sido una tontería para llamar la atención (como si Mac estuviera ansioso por conseguirla) que estaba equivocado.

Es hetero, eso está claro. Ha estado con algunas de las chicas más guapas del colegio, incluida la infame (para mí) Finley Wooten. Su relación más larga fue con Claire Wong, un año mayor que nosotros, y duraron casi tres meses. Se dice que Claire se echó a llorar cuando Mac volvió en el semestre de otoño al colegio con la cabeza rapada. Puede que sea la única persona que Isla, Brooke y yo hemos incluido en una de nuestras rondas de FCM, juego en el que se elige entre follar, casarse o matar a los distintos candidatos, y a él nunca lo hemos sacrificado. Parece que nadie está dispuesto a perderlo.

Es amigo de casi todo el mundo. A los profesores se les ilumina la cara cuando hablan de él como si tuvieran que hacerle la pelota. Y a los entrenadores también. Al parecer, Mac tiene tal don como atleta que ha jugado en algunos equipos preprofesionales de fútbol, en lugar de jugar en el del colegio.

Cruza los pasillos como una gacela, nunca se queda merodeando, lo que ensalza cada rápido vistazo a su persona. Al pasar frente a su casa un día, desde el asiento del copiloto del coche de mi madre, lo vi sin camiseta mientras empujaba un cortacésped y nunca me he arrepentido más que en aquel momento de ser demasiado lenta para sacarle una foto. Se rumorea que suele nadar en el YMCA, pero no voy a ponerme un bañador en público para conseguir echarle un vistazo a un chico (bueno, quizá por Timothée Chalamet sí).

Hay deportistas más musculosos, personalidades más provocativas, cerebritos más impresionantes, ligones mucho más encantadores, pero ninguno de ellos es un híbrido hipnotizante de integridad y provocación, conciencia y despreocupación, como Mac. En serio, no es justo que una persona tenga tantos talentos. Quienes lo conocen bien lo llaman por su apellido o, a veces, Doc (porque sus iniciales, M. D., son las siglas en inglés de «Doctor en Medicina»), aunque para mí siempre ha sido Mac Durant.

Verme obligada a quedarme aquí con él no debería entenderse como un castigo, sino como un milagro, algo que te cambia la vida. ¿Cuántas veces he soñado despierta con que algún tío bueno se colara en mi vida para salvarme del eterno aburrimiento? Bueno, pues ha ocurrido. Por fin. Ahora. Está aquí. Por alguna razón inexplicable, está aquí. Conmigo. Asimílalo. Por una vez, deja de darle vueltas y disfrútalo.

Me aliso el pelo y me lo vuelvo a alborotar a propósito para que parezca creíble y accidental. Luego, regreso a la mezcla de fantasía y pesadilla.

Me encuentro a Mac en la sala principal, donde observa una de las fotos más populares y que muestra la torre de acero original que se construyó en la propiedad, muy distinta al edificio de estilo art déco que la sustituye hoy en día.

—La Luz Eterna —Mac lee el letrero de la pared—. ¿Es cierto?

No solo se habla largo y tendido de la Luz Eterna en la entrada del museo, sino que se repite verbalmente a todos los visitantes que pasan por el interior de la torre. La historia es la siguiente: la torre de metal original se construyó para la celebración del quincuagésimo aniversario de la bombilla de Thomas Edison en 1929. Se colocó una bombilla especial al fondo y se la llamó «Luz Eterna». Edison la nombró así porque aseguró que seguiría brillando para siempre. Dos años después, un rayo alcanzó la torre y se desmoronó. Lo sorprendente es que la bombilla nunca dejó de emitir luz y más sorprendente aún es que lleve encendida desde entonces. Todavía sigue brillando.

—Otro mito —digo, de forma que contradigo la historia que he contado a miles de visitantes. Él me mira confundido—. A ver, no estuve allí, claro, pero no hay forma de que inventara una bombilla que lleva encendida casi cien años.

Sonríe.

—Si odias tanto a Edison, ¿por qué trabajas aquí?

Esto es lo que una consigue al ser sincera, que luego tiene que dar explicaciones.

—Edison vendió la imagen de sí mismo como la de un genio, pero lo cierto es que la mayoría de sus inventos fueron un fracaso. Además, era un hombre de negocios terrible, en plan el peor. Sus compañías siempre andaban cortas de dinero. No me gusta que la gente actúe como si fueran más de lo que en realidad son.

Asiente como quien no ha entendido nada y está preparado para dejar de intentarlo, solo que él no para. Este Elvis es incansable.

—¿Así funciona? —pregunta Mac—. Cuando haces visitas guiadas, ¿no paras de criticar? Porque siento que me estoy perdiendo un tour buenísimo.

¡Qué chico!

—No estoy criticando. Considero que algunas de estas cosas son increíbles. Es solo la historia que contamos, la imagen que presentamos al mundo… No todo es…

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