Val Emmich - Tal vez somos eléctricos

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«No hay electricidad en ningún otro lugar. Solo aquí, entre nosotros» Tegan Everly es una chica tímida de dieciséis años. En el instituto, solo habla con su amigo Neel, pero ahora mismo las cosas entre los dos no van bien, y no tiene a nadie con quien ser ella misma. Así que, cuando se ve obligada a enfrentarse a una verdad desagradable, huye durante una tormenta de nieve al pequeño museo local dedicado a Thomas Edison, un refugio al que suele acudir en busca de paz y tranquilidad. Sin embargo, no está sola. Allí se encuentra con Mac Durant, el chico más popular de su instituto. Tegan no lo soporta, pero el Mac que tiene delante no se parece al futbolista magnético que conoce: es alguien que pide ayuda. Durante una noche inolvidable, Tegan y Mac dejarán a un lado las presiones y sus prejuicios y forjarán una conexión inesperadamente electrizante que cambiará sus vidas para siempre. La novela perfecta para los amantes de Nina Lacour y David Arnold

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—Bueno —digo tras reflexionar—, tu mano sigue teniendo mejor aspecto que la mía.

Sonrío ante la broma, por lo que se siente lo bastante seguro como para hacer lo mismo.

Tal vez somos eléctricos - изображение 3

Naciste diferente. Los bebés tienen cinco dedos en cada mano y en cada pie. Tú no. A ti te ha tocado una mano con solo dos dedos, el pulgar y el anular, y apenas se pueden considerar como tal. La malformación se conoce como simbraquidactilia. Es una palabra que daña el cerebro solo con escucharla, de modo que alguien muy creativo inventó un nombre más simple. Cuando una persona tiene un miembro con aspecto distinto decimos que tiene (redoble de tambores, por favor) una extremidad diferente. Por otra parte, los padres van a su rollo. A tu mano izquierda la llaman «mano especial».

Cuando eres pequeña, tus padres reflexionan seriamente sobre someterte a cirugía, pero, al final, deciden no hacerlo. En lugar de eso, depositan todas sus esperanzas en un enfoque arriesgado llamado autoaceptación. Al principio, parece que funciona. Eres una niña distraída y despreocupada. No sabes qué es tener diez dedos y no parece que haya nada malo en ello. Mamá y papá dejan que lo entiendas por ti misma. Abrocharse las camisas es un rollo y nunca sientes que estés agarrada con la fuerza suficiente al manillar de la bicicleta, pero estas cosas no parecen raras, solo son así.

Luego, creces. Te percatas de que el resto te mira. Siempre te han mirado, pero no te habías dado cuenta hasta ahora. Tu mejor amiga desde la guardería, Isla, te defiende con fiereza de las risitas de los chicos. Comienzas a verte con nuevos ojos. Por primera vez, un doctor te describe como «discapacitada». Siempre has sabido que eres diferente, pero este nuevo término, a pesar de la objetividad con la que se pronuncia, hace que parezca que hay algo mal en ti. Te surge la duda sobre lo «normal» que eres. Empiezas a obsesionarte con tus diferencias de una manera que sabes que no resulta ni saludable ni útil. Te miras la mano hasta que deja de ser tal. Es una pequeña calzone unida a tu muñeca. O una serpiente que se ha tragado una vieja antena de televisor. Es el último fragmento de cinta adhesiva extraído de un rollo que no para de pegarse a sí mismo y se vuelve un nudo frustrante.

Tratas de atraer la atención de los demás para alejarla de lo que te diferencia de ellos. Llevas manga larga en verano, camisetas con eslóganes atrevidos e hipnóticos en la parte delantera. Bromeas, mucho, sobre todo a tu costa.

Cuando llegas a la adolescencia, lo superas. Te aburre el tema. En serio, ¿a quién le importa? Solo es una mano. Nada especial, ni mucho menos. Nadie le presta atención a una mano. Tú no. Ni tus amigos o familia. Eres consciente de ella, pero no te obsesionas. Solo parece que les importa a los desconocidos. El problema es que hay muchos extraños, siempre aparecen más y te recuerdan lo que habías olvidado. Resulta agotador. No tienes energía para educar a cada persona nueva que conoces. O para enfrentarte a los adultos de tu vida que aún no han aprendido. Es más fácil hundirte en la última fila, evitar sus ojos, hacerte pequeñita y callarte, callarte siempre.

18:54

Recojo el botiquín de primeros auxilios y vuelvo a colocarlo en el último estante. Me quedo agachada detrás del mostrador y lo toqueteo durante más tiempo de lo normal. Necesito pensar. ¿A qué ha venido esa llamada telefónica? ¿Por qué me ha pedido que la haga yo? ¡Y la sangre! ¡No podemos olvidar la mala sangre! Tal vez, al ponerme de pie, Mac haya desaparecido por arte de magia para que pueda volver a centrarme solo en mí.

Me levanto y mis plegarias han sido escuchadas, porque se ha desvanecido. No ha costado nada. Miro por la ventana, pero no hay rastro de él. A continuación, me apresuro hacia la puerta principal y echo el pestillo pegajoso para abstraerme del mundo. Suspiro de alivio. ¿O es de decepción? ¿Acabo de desaprovechar el momento más interesante de mi vida? Juro que estaba aquí hasta hace un segundo. Mac Durant. Se ha marchado sin despedirse. Ni darme las gracias por vendarle la mano. De repente, un ruido en la habitación de atrás hace que me gire. Cuando llego, Mac está sujetando uno de los fonógrafos.

—Cuidado —le advierto, aliviada al encontrarlo aquí y, a la vez, asustada de nuevo. Da tanto miedo como toparse con un unicornio: porque has asumido que no es real.

Doy un paso hacia delante y alcanzo el brazo del gramófono antes de que toque el disco. Ya hemos manchado la cara del señor Edison. Lo último que necesito es ser responsable de dañar uno de estos valiosos aparatos.

—Es de los años treinta —le informo—. No se puede romper.

—Tenemos un tocadiscos en casa.

—No es como este.

—Bastante similar. —Supongo que es genial que haya recuperado la confianza al máximo, pero, por desgracia, no tiene ni idea de lo que habla—. ¿Funciona? —pregunta.

Incluso en su estado actual, con el pelo grasiento y desaliñado y un claro rubor en las mejillas, Mac desprende un poder del que es difícil defenderse. Sí, el tocadiscos funciona, aunque no con cualquier disco, solo con los que pertenecían a Edison y estos se usan únicamente durante las visitas guiadas. El museo abre cuatro días a la semana. Hoy, sábado, ha cerrado a las cuatro y volverá a abrir mañana a las diez, si el tiempo lo permite. Sin embargo, hace meses que no trabajo en el Thomas Edison Center y ninguno de los dos debería estar aquí.

Pero aquí estamos. Genial. Vamos a darnos prisa. Abro el panel frontal del fonógrafo más grande y dejo caer la aguja. La música suena alta y llena de vida. La escuchamos durante un largo minuto (aunque me cueste). Por injusto que parezca, me siento responsable de lo que estamos escuchando, como si fuera el artista que ha grabado la canción y lo que pensase Mac me afectara personalmente. Marca el compás con un pie y lo mueve a un ritmo rápido. Echa un vistazo al móvil antes de guardarlo. Cuando la música termina, enfundo la aguja y cierro el panel.

—Es un gran éxito para el público de más de noventa años —comento con la esperanza de que no me asocie con el rollo que le he obligado a soportar.

Entonces se dirige hacia otra exhibición. Su forma de andar, pausada e inquisitiva, crea la absurda sensación de que esto era lo que tenía planeado para la tarde del sábado, repasar la historia de Thomas Edison que llevaba mucho tiempo ignorando. Sigo sus movimientos y lo estudio de perfil (por razones de seguridad, por supuesto). Tiene una nariz pronunciada que le queda bien. Los labios parecen pintados con un caro pincel. Para ser sincera, he soñado despierta con difamar su cuadro.

—¿No deberíais haber cerrado ya? —pregunta Mac—. La cosa se está poniendo fea ahí fuera.

Me dedica una mirada rápida y solo entonces asimila mi apariencia, cada curioso centímetro de ella. La sudadera roja encogida en la lavadora con la que llevaba holgazaneando todo el día es mi apuesta segura de comodidad y vaguería, pero no es un atuendo de trabajo muy convincente. Quizá parezca una empleada del museo por la forma de hablar, pero es evidente que mi aspecto indica lo contrario.

—El taxi está a punto de llegar —contesto—. En cualquier momento. —Una mentira en toda regla.

—Puede que el Gobierno declare el estado de emergencia. —Niega con la cabeza—. Siempre exageran este tipo de cosas. A la gente le encanta el drama.

Gente. Es decir, otras personas. A él no. A Mac Durant no le gusta el drama. Ese es el mensaje que trata de mandar. Aun así, es él quien está provocando el drama ahora mismo. Planeaba esconderme en el museo durante un tiempo, pero, por su culpa, mi refugio ya no es un lugar seguro. Debería irme. Ya.

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