Ana María Martínez Sagi - La voz sola
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Las esquinas del aire, y le entregó su obra inédita, ahora publicada dentro de la Colección Obra Fundamental de Fundación Banco Santander.
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Del Fútbol Club Barcelona al frente de Aragón
Para explicarme su ruptura con Elisabeth Mulder, Ana María Martínez Sagi me contó en su día que doña Consuelo, su madre, enterada de que habían viajado juntas a Mallorca, exigió a la autora de Sinfonía en rojo que se alejase de su hija, amenazándola con arrojar sobre ella la sombra del escándalo. Elisabeth Mulder, según esta versión, se habría amedrentado ante las acusaciones de doña Consuelo, que en caso de ser propagadas no sólo la habrían condenado al ostracismo social, sino que además habrían extendido el baldón sobre su único hijo. Ana María habría recibido entonces una carta de caligrafía trémula que apenas recordaba la caligrafía de trazo diáfano de Elisabeth Mulder, donde su amada le exponía las extorsiones que doña Consuelo había planeado en caso de que se negara a liquidar la relación. Y se resignó a la ruptura, convencida de que Elisabeth Mulder no había actuado movida por otras razones54. Desde entonces, dedicaría sus sueños y sus vigilias a recrear aquel idilio imposible, con una obstinación y un ensimismamiento que alimentarían sus poemas más inspirados.
A la ruptura con Elisabeth Mulder se sucederían otras desgracias personales que cambiarían por completo la existencia de nuestra autora. En enero de 1930 había muerto repentinamente su padre, José Martínez Tatxé, víctima de una angina de pecho que abrevió los padecimientos físicos y espirituales que venía sufriendo desde hacía algunos años. Los ahorros de la familia se habían esfumado, entretanto, con la quiebra de la banca catalana, y sus negocios textiles se encaminaban irremisiblemente hacia la suspensión de pagos. Además, su hermana María Josefa había abandonado el hogar familiar, tras casarse con el diplomático colombiano Jorge Arturo Muñoz Currea; y su hermano Armando se embarcaría pronto, sin previo aviso, rumbo al Uruguay, para librarse del servicio militar y también de un matrimonio desdichado. Ana María resuelve entonces, para asegurarse un sueldo que le permita abandonar el domicilio familiar, presentarse a unas oposiciones convocadas por el Ayuntamiento de Barcelona, obteniendo una plaza de secretaria o «escribiente mecanógrafa»55. A través del expediente que se custodia en el Archivo Municipal de la Ciudad Condal podemos seguir las vicisitudes de su modesta carrera administrativa: el 2 de julio de 1932 presenta su solicitud como aspirante al puesto; un par de días después, obtiene un certificado de «buena conducta y antecedentes inmejorables»; el 30 de diciembre de 1932 es nombrada «escribiente mecanógrafa»; el 10 de enero de 1933 toma posesión del cargo, asignándosele un puesto en el departamento de Intervención; el 28 de junio del mismo año se requieren sus servicios en el Palacio de Pedralbes para ayudar a su conservador a inventariar los bienes del Museo de Artes Decorativas y de la Residencia de Señoritas Estudiantes; y en 1935 se incorpora a la plantilla de la «Gaseta Municipal». También sabemos, gracias a este expediente, que tras abandonar el domicilio familiar, Ana María se instala en un piso más modesto de la calle Cabanes. Aunque había imaginado que su trabajo de secretaria le dejaría tiempo de sobra para proseguir sus labores literarias, lo cierto es que su producción decrecerá notoriamente en los años siguientes, no sabemos si por exigencias de su puesto municipal o por pérdida de ilusiones: no volverá a publicar ningún libro de versos en estos años, sus poemas dejan de aparecer en el «Suplemento Femenino» de Las Noticias y sus colaboraciones periodísticas, tanto en catalán como en castellano, decrecen notablemente, a la vez que se hacen más esporádicas y rutinarias (y casi siempre de asunto deportivo).
Son años en los que también decrece su actividad pública. En julio de 1933 renuncia a sus cargos en el Club Femení i d’Esports, harta de tropezarse con impedimentos y zancadillas por parte de otras socias que pretendían un cambio en la orientación de la ya declinante institución56. En los artículos que publica en estos años, Ana María hará mucho hincapié en la falta de compañerismo que reina en los ambientes femeninos; e incluso llegará a lanzar una diatriba contra el Club Femení i d’Esports57, inmerso para entonces en una penosa decadencia que, a su juicio, era hija del abandono, la indisciplina y el mal comportamiento de algunas señoritas «que se llamaban deportistas y que, una vez llegadas al estadio, olvidaban los más elementales deberes de la educación». Tal vez para compensarla de tantas decepciones, Josep Sunyol i Garriga la incorpora en agosto de 1934 a la Junta Directiva del Fútbol Club Barcelona, convirtiéndose así en la primera mujer que accedía a esta responsabilidad en un equipo de fútbol, no sólo en España, sino en todo el mundo. La prensa, tanto en Barcelona como en Madrid, se hizo eco profusamente del acontecimiento, aunque tal vez fuera la revista Crónica58 la que ofreció una información más exhaustiva, firmada por Braulio Solsona59: «Ana María Martínez Sagi —leemos allí—, que no sólo es una deportista notabilísima, sino una escritora que goza de gran crédito, aportará al cargo para el que ha sido designada una capacidad evidente, un admirable sentido práctico y una visión certera de los asuntos sociales y deportivos». Sunyol —añade Solsona—, «que conoce perfectamente las dotes que adornan a su inteligente colaboradora», la ha incorporado a la Junta Directiva «por sorpresa», «sin decirle nada»; y el primer impulso de Ana María había sido «negarse a aceptar». «Pero entendiendo —concluye el cronista— que la mujer no debe quedar al margen de las actividades sociales, de las inquietudes ciudadanas, se decidió a aceptar […] con el propósito de cumplir con su deber lo mejor posible, de trabajar, de corresponder a la confianza que en ella se ha depositado… Y con el ánimo de salir airosa de la dura prueba, para que se borre ese prejuicio que coloca a la mujer en un lugar de subordinación. Desde su nuevo cargo quiere trabajar por el mejoramiento físico y moral de la mujer. Establecer clases de gimnasia para las mujeres. Preparar a conciencia a las niñas que quieran cultivar el deporte, protegiéndolas del peligro de actuar sin control. Organizar cursillos, conferencias, excursiones; hacer una labor cultural eficaz en todos los momentos...».
Desgraciadamente, el ambiente de virilidad cejijunta que rodeaba el fútbol no le dejó desarrollar sus proyectos. A la postre, el rechazo de los socios la obligaría a presentar su dimisión un año después, cuando ya en el aire se atisbaban las inminencias de la pólvora. Más o menos por aquellas fechas, Ana María asiste a una conferencia pronunciada por el anarquista Buenaventura Durruti en el Palacio de Pedralbes; el verbo áspero e incendiario del orador la cautiva y despierta su curiosidad por el comunismo libertario. Tal vez por ello, en julio de 1936, una vez sofocada la sublevación acaudillada por el general Goded, decide incorporarse a las columnas de milicias antifascistas que en aquellos días se organizan, con destino al frente de Aragón. Consigue de su cuñado Muñoz Currea, a la sazón canciller y secretario del consulado de Colombia en Barcelona, un carné de corresponsal de El Tiempo de Bogotá 60; y el 30 de julio de 1936 solicita permiso en el Ayuntamiento para abandonar su puesto e incorporarse como reportera a las columnas, que le es concedido de inmediato.
Primeramente llegará hasta Sariñena, en la comarca de Los Monegros, acompañando a la columna del P.O.U.M., para incorporarse más tarde —tras un brevísimo retorno a Barcelona— a las columnas de milicianos anarquistas instaladas en Caspe. En estas primeras semanas de la guerra, Ana María publicará sus crónicas, muy vibrantes y llenas de originalidad (aunque, desde luego, desaforadamente parciales y, en algún caso, no exentas de algunos ribetes de ensañamiento61) en el diario vespertino La Noche, que durante años —mientras había mantenido posiciones próximas al Partido Radical de Lerroux— había sido la tribuna predilecta de su amada Elisabeth Mulder y que para entonces había sido incautado por la Confederación Nacional del Trabajo. Así ocurrirá hasta que, a finales de agosto de 1936, realizando su acostumbrada labor informativa en el frente, Ana María es alcanzada por los cascos de una granada, que le producen «heridas de relativa importancia» en ambas piernas que aconsejan su evacuación a Barcelona, donde rápidamente se recupera. El 7 de septiembre se publica una sabrosísima entrevista en La Noche, en la que una Ana María ya recuperada y ataviada como miliciana —con «mono color café, correaje de general y una pistola de juguete»— responde el entrevistador con toda profusión de detalles, dictados por el entusiasmo. Ana María está por entonces —o así lo parece— convencida de la victoria de la República y muy orgullosa de su oficio de reportera:
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