Ana María Martínez Sagi - La voz sola
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Las esquinas del aire, y le entregó su obra inédita, ahora publicada dentro de la Colección Obra Fundamental de Fundación Banco Santander.
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»A nosotras nos preocupa la muchacha de clase media y la chica obrera: encerrada la primera ocho o diez horas en la oficina; la segunda, prisionera de la fábrica o el taller, en una atmósfera malsana, obligada a un trabajo duro y agotador; estas muchachas que trabajan, que producen y que arriesgan su salud, sin posibilidad de restaurar sus energías, de divertirse con algo que efectivamente las distraiga y al mismo tiempo les reporte un beneficio espiritual. De estas mujeres no se había preocupado nadie en Barcelona, y mucho me temo que en España tampoco.
»Y he aquí, pues, que unas cuantas muchachas animadas de una voluntad y un tesón sin límites, resolvimos crear con nuestro solo esfuerzo, animadas de un verdadero espíritu de comprensión y de compañerismo, esta entidad. Estipulamos la cuota mensual de una peseta. El primer mes recogimos la importantísima cantidad de dieciocho pesetas. Ya era algo.
»Por supuesto, el “Club Femení i d’Esports” fue el centro de burlas y supuestas donosuras por parte de los sectores más contrarios al progreso, que hicieron dificilísima la labor inicial. Algunas de las que emprendieron el camino se cansaron, vencidas por los escollos que surgían a nuestro paso. Otras, en cambio, resistimos. Hoy el Club, en su tercer año de vida, cuenta con mil setecientas socias y tiene local social, biblioteca bastante nutrida, gimnasio, campo de deportes junto a las montañas del Tibidabo y una playa, exclusivamente para nosotras, a veinte minutos de la ciudad.
»¡Si supierais cuántas anormalidades, cuántas naturalezas enclenques, cuántas constituciones débiles hemos salvado! Una mujer médico cuida de la revisión de las fichas para que cada socia practique la cultura física que le conviene. Seguidamente se duchan. ¡Si supierais qué regalo y qué delicia significa para la mayoría de ellas, que viven en casitas pobres, en viviendas míseras, éste del agua!
»Nos interesa la política; nos preocupa toda la cuestión social. Somos leales a la República y aspiramos a la disolución de las clases, del mismo modo que aspiramos a que en nuestro Club no haya jerarquías, sólo compañeras de verdad. Nos interesan también la literatura y el arte en todas sus manifestaciones, y nos preocupa construir un futuro mejor.
Tras la conferencia, Ana María leyó poemas de «un libro en preparación» (a buen seguro Inquietud, que entregaría a la imprenta al año siguiente), acogidos con una ovación cerrada. De regreso a Barcelona, en una entrevista publicada en La Rambla 40, nuestra autora reconocerá paladinamente la generosidad del público y la prensa madrileños:
Le confieso sinceramente que no esperaba una acogida tan favorable, sobre todo por parte de la prensa, y más concretamente de la prensa de derechas, que no acostumbra a ser nunca demasiado amable con Cataluña, ni le interesa por tanto todo aquello que a ella haga referencia. No obstante, esta vez, y ante mi estupefacción, no ha sido así. Se ocuparon de mi actuación en la tribuna con mucho interés y tuvieron —esto fue lo que más me satisfizo— palabras muy cordiales para nuestra tierra. Ahora estoy muy contenta, porque después de aquella charla —yo no doy conferencias, y el título pomposo de conferenciante no me corresponde ni me agrada una pizca— muchas señoras vienen a exponerme sus proyectos en relación con nuestro Club Femení. Parece que, al exponerles nuestra actividad desde el principio de la fundación del Club, esta actividad nuestra, esencialmente democrática, apolítica y cultural en todos los aspectos, les interesó hasta el punto de que un grupo de ellas, el más identificado con nuestra labor, con un estimable afán de cordialidad, simpatía y comprensión hacia Cataluña, ha querido —y ya está trabajando actualmente— crear una entidad parecida a la nuestra, que llevará también el nombre de «Club Femení i d’Esports» de Madrid, pero haciendo constar que está absolutamente identificado con nosotros y adherido a nuestro Club Femení41. Estoy bastante satisfecha de todo esto. Puede ser la primera vez que unas mujeres de Madrid sienten el deseo de unirse, para una obra cultural, con las mujeres de Cataluña. Hermandad, concordia, comprensión: ¡no querría otra cosa! ¡Quién sabe si seremos las mujeres las que lo conseguimos!
Pero el mayor logro de esta aventura madrileña fue su incorporación a la nómina de colaboradores de Crónica, la revista gráfica más importante del momento (en reñida competencia con Estampa), donde mantendría una muy fructífera colaboración durante años. Sin duda, serán las piezas que Ana María Martínez Sagi publique en Crónica las más notables de toda su obra periodística, las más palpitantes de dinamismo e inquietud social. En ellas, entrevista lo mismo a las empleadas de la industria textil que a las mujeres que, aún tímidamente, acceden a puestos de responsabilidad política o disfrutan de sus primeros éxitos literarios. No se recata, por supuesto, nuestra autora de pregonar su fe republicana; pero, en general, son colaboraciones de tono más amable que las que por aquellas mismas fechas publicaba en catalán en el semanario La Rambla. Por supuesto, en su empeño de promoción de la mujer, Ana María no se sustrae al debate político que, a medida que se aproximaban las elecciones de noviembre de 1933, se imponía entre la sociedad española, sobre la conveniencia o inconveniencia de que las mujeres acudieran a las urnas42. Y, junto a este periodismo atento al «momento crucial», no faltan otras piezas más escoradas hacia los temas de interés humano. Así, no tiene empacho en compartir durante una jornada entera la ajetreada labor de las peluqueras, siempre expuestas a las veleidades de su clientela histérica; ni en actuar de cronista en el concurso de belleza que anualmente celebran las modistillas de Barcelona; ni en describirnos con un naturalismo hiriente las desgracias y miserias de los mendigos que, a falta de otro techo menos precario, pernoctan en el interior de las calderas de los barcos, corroídas de óxido y arrumbadas en los malecones del puerto de Barcelona. Tampoco faltan las secciones de consejos de cultura física para guardar la línea, las interviús a las estrellas de la farándula y el cinematógrafo y los apuntes costumbristas, sobre las floristas de la Rambla o los flirts entre criadas y quintos, donde el estilo accesible y sintético de Ana María Martínez Sagi se mejora con esa calidez del escritor que se hermana con sus criaturas. Incluso probará a publicar algún cuento, como el folletinesco «La dama en gris» (en el que aborda el anhelo de maternidad, una de las obsesiones más recurrentes de su obra) o el ácido «Amor» (en el que lanza sus dardos contra el matrimonio).
Donde viven las almas
Entretanto, Ana María está viviendo el que seguramente sea el episodio cenital de su existencia. Ha logrado al fin conocer a Elisabeth Mulder, la autora de aquella reseña encomiástica dedicada a su libro Caminos 43; y enseguida surgirá entre ambas una relación íntima, que para Elisabeth Mulder seguramente no significó lo mismo que para nuestra autora. Hacia 1930, Mulder es una poeta consagrada y colaboradora asidua en la revista El Hogar y la Moda y en el diario vespertino La Noche. Acaba de enviudar a una edad muy temprana, con apenas veintiséis años, tras un matrimonio problemático que había provocado ciertas interferencias con su vocación literaria44; y era madre de un niño de siete años con el que, según sabemos por la prensa de la época, hizo diversos viajes por Europa. Ana María Martínez Sagi lee entonces con avidez los poemas de Elisabeth Mulder, que van a ejercer una notoria (aunque no siempre benéfica) influencia sobre los que ella por entonces estaba escribiendo, de tono muy distinto a los que incluyó en su primer libro. En marzo de 1931, aparece en el «Suplemento Femenino» de Las Noticias un poema de Martínez Sagi titulado «Desaliento», dedicado a Mulder, «con mi gratitud por su generosa comprensión», en el que son fácilmente reconocibles los estilemas de la poesía mulderiana; y otro, titulado «El encuentro», en el que es posible adivinar ciertos trazos tomentosos alusivos a la relación que se había entablado entre ambas: «Me encontré frente a ti. Me miraste. / Pude yo aún balbucir una frase banal. / Fue tu sonrisa lívida… Más tarde te alejaste. / Después nada… La Vida… Todo ha seguido igual…»45. Nunca sabremos el grado de compromiso e intensidad que Elisabeth Mulder puso en esta relación; por testimonios de la propia Martínez Sagi, sabemos en cambio que nuestra autora se enamoró rendidamente de la autora de Sinfonía en rojo, que desde entonces se convertiría en su maestra literaria y en su musa recurrente tanto de los poemas de su siguiente libro, Inquietud, como de muchos que escribirá durante el exilio, muy especialmente los contenidos en Amor perdido (fechados entre 1933 y 1968 e incluidos en su libro Laberinto de presencias) y en el libro inédito La voz sola, del que ofrecemos en este volumen una amplia antología. En todos estos poemas son constantes las referencias a unas vacaciones que ambas autoras pasaron juntas en Alcudia (Mallorca) durante la Pascua de 1932 y que tal vez fueron la culminación de su problemático e intenso idilio, también el embrión o detonante de una posterior ruptura. De la viva huella que aquellos días dejaron en la memoria de Ana María Martínez Sagi rinde también testimonio un largo texto todavía inédito, de tono muy lírico y exaltado, que nuestra autora escribió por entonces, a mitad de camino entre el diario y la ensoñación, y que nunca se atrevería a publicar en vida, ni siquiera a mecanografiar. En él se alternan prosas intimistas y esbozos de poemas (algunos de los cuales Ana María reelaboraría mucho tiempo después) en donde, a veces de forma sublimada, a veces arrebatadamente carnal, se recrean aquellas jornadas irrepetibles. No podemos asegurar con certeza si la recreación que Ana María ofrece de aquel episodio se atiene a la realidad (de hecho, las escenas «mediterráneas» se entremezclan con otras de ambiente alpino, inspiradas en otro viaje que nuestra autora hizo con Mulder y con su hijo a Suiza); podemos, en cambio, afirmar que, más de sesenta años después, nuestra autora seguía recordándolo como el acontecimiento nuclear de su vida, cuya fuerza irradiadora alumbraba sin cesar su memoria, después de haber nutrido su inspiración.
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