Ana María Martínez Sagi - La voz sola
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Las esquinas del aire, y le entregó su obra inédita, ahora publicada dentro de la Colección Obra Fundamental de Fundación Banco Santander.
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Alas de luz en el alma
A finales de 1929, Ana María Martínez Sagi publica Caminos, su primer poemario, con un pórtico de Sara Insúa26 y un «Post-Scriptum» de Regina Opisso de Llorens. En sus palabras preliminares, Insúa define así a Ana María: «Un poeta netamente amoroso. Amoroso y triste, que busca por caminos espinosos, que arañan y muerden —caminos de dolor—, ese dulce sufrir, esa ansia ácida, creadora de los héroes inmortales del poema y de la novela, que se llama amor». Y, al analizar sus versos, abunda en esta línea y añade que son «una revelación de su alma exquisita y enferma de pasión, que busca en vano el ideal que no se concreta. Son tal vez la expresión universal del amor que, como hijo del pecado, deja siempre atrás heces, remordimientos, concesiones, arrepentimientos, iras y, en suma, dolor». Por su parte, Regina Opisso hace una observación muy lúcidamente paradójica (casi un oxímoron) que quizá sirva para definir mejor que ninguna otra el espíritu de Caminos: «Y hay también en estas composiciones un misticismo que podríamos llamar misticismo pasional». Antes, resalta en una semblanza fugaz la condición también paradójica de Ana María Martínez Sagi, en quien conviven, en extraña simbiosis, el frenesí de la modernidad y el rescoldo de la tradición:
Y, no obstante ser Ana María una mujer ultra-sensitiva, es a la vez una fémina ultramoderna, que ama los deportes y los practica con singular entusiasmo.
El tenis es su juego preferido. Prodigiosa raquetista, la hemos visto bajo nuestro cielo añil, corriendo y agitando en alto la raqueta como si fuese una gran ala de mariposa.
Excelente nadadora, ama el mar y se sumerge en sus aguas sin temor, como otra Anita Kellerman27. Así es Ana María, la esquiadora gentil devota de la nieve y de la sombra oscura de los bosques; la excursionista que conoce la cinta blanca de todos los caminos; así es esta mujercita que escribe versos, redacta interviús y escribe artículos con una prosa limpia y fluida como un madrigal.
Muchos de los poemas incluidos en Caminos habían aparecido previamente en el mencionado «Suplemento Femenino» de Las Noticias. En ellos comparece una joven que, a sus escasos veintidós años, sigue paseando por la vida con «alas de luz en el alma, / inquietud en las pupilas, / y en el corazón la llama / de la piedad encendida»; pero que, en medio de tanta inocencia, empieza a maldecir la desolada certeza de tantas noches «sin ternura, sin amor. / Sin encontrar un hermano / que comprenda cuán humano / es mi cáliz de dolor». A lo largo de todo el libro se reitera un afán generoso de donación, pero también la sospecha de que su «dolorido lamento / huirá en alas del viento / y nadie lo ha de escuchar». O que, en caso de que alguien lo escuche, «será tan tarde / que habrán muerto mis canciones / y mi juventud fragante / y serán nieve los labios / que no pudieron besarte». Quizá la mayor originalidad de Caminos consista en la omnipresencia de un amor blanco en el que quedan excluidos los tumultos de la pasión, «el deseo vil e impuro» del que ya la autora parece hastiada, antes incluso de haberlo conocido. Como modelo de ese amor sin mancha, la poetisa menciona el casto idilio (»todo blanco… todo blanco») que la naturaleza mantiene con la luna. E invoca la presencia de un amado que es apenas la sombra de un sueño, un amado sin carnalidad que renuncie a los «besos de fuego / que queman los labios» y le ofrezca besos «como una azucena / de puros y blancos» que alejen «pasión y deseo».
«Luz y barro», tal vez el poema más memorable de Caminos, introduce la repugnancia ante el hombre que busca la satisfacción de su lujuria: «No te acerques, pues, hombre. Tú estas hecho / de carne y de deseo... El aliento que sale de tu boca / abrasa [...] / Me asquean tus caricias. Cuando besas, / me dejas en los labios una mancha». Una angustiada repulsa ante el deseo masculino que hallamos, más o menos explícita o disimulada, en otras composiciones del libro, a veces disfrazada de una sublimación mística, a veces envuelta en una suerte de solidaridad panteísta, en comunión con el paisaje, que se convierte así en una proyección de su «alma cansada que vive sollozando»:
Hoy me da pena todo: los árboles desnudos,
la calle solitaria, la tarde tan callada,
los sollozos del viento que pasa enloquecido,
la canción melancólica de la fuente lejana.
La feliz inocencia de aquel niño que ríe,
la pureza inefable de sus pupilas claras,
la belleza infinita de su corazón limpio
que ha de saber tan pronto todas las cosas malas.
Y de esa percepción del dolor omnipresente que anida en el mundo surge una voz prematuramente desengañada y pesarosa («Tras el logro y la conquista, la renuncia. / Tras la fe, las hondas dudas torturantes. / Tras el goce y el amor, el desencanto / infinito y el hastío de la carne») que, hacia el final del libro, se declara con sobrecogedor pesimismo «un astro lejano que ha tiempo que no brilla», «una tierra estéril sin frutos», «un verso no escrito», «un beso sin fuego, un cuerpo sin vida». En Caminos son fácilmente distinguibles las influencias de la poetisa uruguaya Juana de Ibarbourou (que había escrito «No codicies mi boca. Mi boca es de ceniza / y es un hueco sonido de campanas mi risa»), de quien toma prestado el fervoroso panteísmo, liberándolo de su tórrida sensualidad. Y también son notorios los ecos de la argentina Alfonsina Storni, de quien nuestra autora heredó un deseo de sentirse alada y en perpetua donación a los demás, aunque esa donación la condujese al acabamiento (también la Storni había sentido el deseo de «ir cruzando la vida con alas en el alma, / con alas en el cuerpo, con alas en la idea / y un ligero cariño a la muerte que llega»). Pero, más allá de estas influencias incontestables, lo que distingue Caminos y lo eleva sobre el légamo de tópicos de un modernismo tardío es, precisamente, su clima de ingenuo misticismo, su calidad de azucena todavía no tronchada o de armiño que aún no ha mancillado su pelaje, a pesar de que ya se haya asomado a los continentes pavorosos de la angustia. Si en sus maestras sudamericanas el dolor o la exultación se expresan a través de la carne, en la Ana María Martínez Sagi de Caminos no encontramos otra expresión que la de un alma dispuesta a brindarse, tal vez también a inmolarse.
Aunque la recepción del libro fue algo lenta y tardía, su éxito será incontestable. Quien primero repara en su calidad es Elisabeth Mulder, la escritora todavía desconocida para nuestra autora, que publica en las páginas de La Noche28 una reseña muy elogiosa, celebrando la irrupción de «una mujer que canta, entre tanta mujer que grita». Mulder capta la amalgama de sentimientos encontrados que se apuntan en los poemas de nuestra autora, adivinando en ella uno de esos temperamentos polifacéticos capaces de librarse del amaneramiento y del hastío, «los dos grandes enemigos de la vida y de la obra de un artista». Tras la reseña de Mulder, una Ana María hasta entonces titubeante sobre las virtudes de su poesía se lanza a la conquista de Madrid, con la complicidad de su amiga y mentora Sara Insúa, que le prepara una entrevista con su hermano Alberto29 y convence a Rafael Cansinos Asséns para que escriba en La libertad una reseña del libro30, también muy elogiosa, en la que el gran polígrafo señala la influencia de las poetisas sudamericanas y pondera con gran penetración el erotismo de la autora, «hecho a un tiempo mismo de ardor y de reserva, de temor y de anhelo», así como «el patético drama del amor luchando consigo mismo en un ansia de sublimaciones» que se transparenta en sus mejores versos. Además, Cansinos se encargará de avisar a César González-Ruano de la presencia de la novel poetisa en Madrid; y Ruano la entrevistará para El Heraldo de Madrid 31, en una pieza magistral, a la vez atrevida y poética, que logra captar psicológicamente y envolver de misterio a la «enérgica muchachita de Barcelona, inteligente y republicana, que vino un día a sacarme del rincón del café con el espejuelo de un libro de versos». La entrevista de Ruano contiene pasajes tan memorables como este retrato (que es también una etopeya) de nuestra autora:
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