Ana María Martínez Sagi - La voz sola

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La voz sola reúne la obra poética de Ana María Martínez Sagi y sus combativos artículos periodísticos en catalán y en castellano, entre ellos sus crónicas de guerra en el frente de Aragón, conel fin de recuperar la producción de esta polifacética autora.Juan Manuel de Prada ha sido el autor del prólogo y el responsable de la selección de los textos reunidos en el volumen. La autora fue la protagonista de una de sus novelas,
Las esquinas del aire, y le entregó su obra inédita, ahora publicada dentro de la Colección Obra Fundamental de Fundación Banco Santander.

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De la cuna a la poesía

Ana María Martínez Sagi nació el 16 de febrero de 1907 en la barcelonesa calle de Bailén, n.º 33, tercero, según consta en su inscripción en el Registro Civil, realizada un par de días más tarde2. Su padre, José Martínez Tatxé, de ascendencia francesa, un acaudalado empresario textil especializado en tejidos de estilo inglés, promotor del deporte y tesorero del Fútbol Club Barcelona, contaba a la sazón treinta y cinco años. Según me explicó Ana María con legítimo orgullo, Martínez Tatxé se desvivía por auxiliar a sus obreros cuando les sobrevenía alguna desgracia y era frecuente que los visitase, en las barriadas misérrimas, para aprovisionarlos de víveres o premiarlos con alguna paga adicional. En cambio, su madre, Consuelo Sagi, hermana del célebre barítono Emilio Sagi Barba3 y diez años menor que su marido (con quien se había casado con apenas dieciséis), no compartía estas ideas avanzadas y procuró siempre inculcar a sus hijas un espíritu hogareño contra el que Ana María no tardaría en rebelarse. Nuestra autora fue la tercera de cuatro hermanos, tras la primogénita María Josefa4 (familiarmente conocida como Mari Pepa) y Armando, que se revelaría pronto como un amante furibundo —al igual que la propia Ana María— del deporte5. Siete años más tarde nacería la benjamina Berta, predilecta de su madre, con quien nuestra autora mantendría siempre una relación muy conflictiva6.

A una edad muy temprana, mientras trastea en casa con su hermano Armando, aprovechando la ausencia de los padres, Ana María descubrirá en un armario un gorrito de marinero con una cinta azul sobre la que su madre había bordado con letras doradas el nombre de «Alejandro». Así fue como supo que doña Consuelo había deseado que naciese niño. Ignoro si la anécdota es cierta (fue la propia Ana María quien me la confió) o se trata de una elaboración posterior, pero, desde luego, las fricciones y desavenencias con su madre serían constantes desde la infancia, para agravarse durante la adolescencia y juventud, hasta llegar a la ruptura definitiva, por motivos que luego explicaremos. En sus inéditas Andanzas de la memoria, unas impresiones autobiográficas escritas a finales de los años sesenta o principios de los setenta, Ana María dedicará muchas páginas a evocar los desapegos e intemperancias de doña Consuelo, una mujer tan hermosa como tiránica que sólo satisfacía plenamente su vocación de mando con su hija menor, Berta, a la que lograría moldear a su imagen y semejanza. Ana María, en cambio, siempre se le mostró esquiva y buscó la compañía de su hermano Armando, que improvisaba partidos de fútbol en el pasillo de la casa. Los estropicios que ambos hermanos causaban en la vajilla familiar terminaron por convencer a sus padres de que debían internarlos en sendas instituciones educativas religiosas: Armando en los escolapios de Tarrasa y Ana María en el colegio de las hermanas de Saint Joseph de Cluny, donde recibió una esmerada educación afrancesada.

Como ocurría en tantos hogares de la alta burguesía catalana de la época, los padres de Ana María Martínez Sagi evitaban hablar en catalán delante de sus hijos por considerarlo una «lengua de payeses»7. Ana María, sin embargo, pasaba en sus primeros años de vida muchas horas con una niñera, de nombre Soledad, encargada de su crianza, de la que guardaba un imborrable recuerdo. Con Soledad, que había nacido en un pueblo de la montaña y jamás había pisado una escuela, aprendería Ana María la música y los giros del catalán (al que, sin embargo, nunca logró hacer del todo su lengua literaria); con ella aprendería a rezar y a soñar, a exorcizar sus miedos y a alimentar su fantasía (pues era la encargada de contarle algún cuento antes de dormir); con ella aprendería, en fin, a montar en los tranvías atestados y a desenvolverse entre el bullicio de la Rambla, adonde Soledad acudía para que un escribano le transcribiera las cartas que mandaba a su familia8.

También recordaba con afecto Ana María a la «tieta» Teresa, una prima solterona de su padre, que durante largas temporadas se hacía cargo de la casa (pues la tiránica doña Consuelo exigía constantemente a su marido viajes de recreo por Europa), hasta terminar quedándose a vivir en ella. Durante toda su infancia, Ana María padeció problemas de anginas, por lo que su padre solía llevarla al balneario de Vallfogona, cuyas aguas estaban recomendadas para las afecciones de garganta. Los veranos los pasaba en Sentmenat, donde la familia poseía una masía; algunos de los recuerdos más vívidos de la infancia de Ana María, luego recreados en sus Andanzas de la memoria, tienen como escenario los paisajes del Vallés. En la adolescencia florecieron sus primeras inquietudes artísticas: acude a cursos de pintura en la Llotja, la Escuela de Artes y Oficios de Barcelona, donde recibe clases de Miquel Farré i Albagés, con quien mantendrá un vago idilio, llegando a posar como modelo para alguno de sus murales9; y empieza a leer con fruición a las poetisas hispanoamericanas en boga. Serán años marcados por sus problemas hormonales y sus dificultades para menstruar, que la hacen engordar de manera incontrolable. Ni el ejercicio ni las severas dietas que se imponía lograban corregir este desarreglo, y finalmente su padre decidió llevarla a la consulta madrileña del doctor Gregorio Marañón, quien descubriría que sus ovarios y su matriz se habían quedado atrofiados. Marañón recetó a nuestra autora un tratamiento de tintura de yodo y le recomendó la práctica del deporte, si no deseaba adquirir demasiado pronto una figura oronda y matronal. Ana María siguió al dedillo las indicaciones del ilustre médico, convirtiéndose desde entonces en una deportista furibunda. Aprendió todos los estilos de natación, empezó a frecuentar las estaciones de esquí —sobre todo La Molina, uno de sus parajes predilectos—y se inscribió en el Real Club de Tenis del barrio de Pedralbes, formando pareja de dobles mixtos con su hermano Armando. En unos pocos años se convertiría en una jovencita de carnes prietas y piel bronceada, siempre vestida a la moda, para escándalo y disgusto de su madre, que en más de una ocasión la amenazó con desheredarla. Pero siempre el padre mediaba en las trifulcas hogareñas.

Más o menos por entonces Ana María viaja a León, en compañía de su hermana Mari Pepa, invitada por unas primas. Allí conoce a varios representantes de la bohemia local, que enseguida la hacen destinataria de sus madrigales y requiebros. Entre todos ellos hay uno que logra conquistar su corazón, o siquiera halagar su vanidad, llamado Mario Arnold, que la saluda muy ceremoniosamente durante el paseo vespertino y le envía largas epístolas amorosas10. Cuando Ana María concluya su estancia en León, Mario Arnold la seguirá hasta Sentmenat, tratando de prolongar aquel casto noviazgo, que podemos rastrear en numerosos madrigales publicados en la prensa leonesa; y también, por cierto, en algún soneto de tono galante aparecido en el «Suplemento Femenino» del diario Las Noticias de Barcelona, donde Ana María empezó a colaborar con cierta asiduidad en diciembre de 1926, cuando apenas contaba diecinueve años, primero con retazos de un diario ficticio de tono un tanto ñoño, enseguida con poemas y artículos, hasta que su firma desaparece en 1933. Este «Suplemento Femenino», dirigido en sus inicios por Alfredo Pallardó11, fue el primero de esta naturaleza aparecido en la prensa española; de línea más bien conservadora, daba cobijo a multitud de composiciones líricas y artículos literarios (casi todos escritos por mujeres), e incluía comentarios de moda y hogar. Entre sus colaboradoras más asiduas y conspicuas se contaba Regina Opisso de Llorens12, quien se convertiría en una de las principales valedoras de nuestra autora durante los primeros años de su andadura literaria, llegando a apadrinar su primer poemario, Caminos (1929), con un «Post-Scriptum» muy elogioso. Muchos de los poemas incluidos en Caminos e Inquietud (1932) los publicó primero Ana María en las páginas de este «Suplemento Femenino», que se encartaba todos los viernes en Las Noticias; otros nos permiten conocer mejor la prehistoria literaria de nuestra autora, desde el tono edulcorado inicial hasta la búsqueda de una voz propia.

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