Ana María Martínez Sagi - La voz sola

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La voz sola reúne la obra poética de Ana María Martínez Sagi y sus combativos artículos periodísticos en catalán y en castellano, entre ellos sus crónicas de guerra en el frente de Aragón, conel fin de recuperar la producción de esta polifacética autora.Juan Manuel de Prada ha sido el autor del prólogo y el responsable de la selección de los textos reunidos en el volumen. La autora fue la protagonista de una de sus novelas,
Las esquinas del aire, y le entregó su obra inédita, ahora publicada dentro de la Colección Obra Fundamental de Fundación Banco Santander.

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—¿Qué impresión te produjo entrar en combate al lado de las fuerzas leales?

—Una impresión inolvidable. Una cosa muy distinta es oír un tiroteo en la calle, estando una bajo techo, o escucharlo en mitad de un campo desierto, sin poder resguardarte, y sabiendo con certeza que las balas vienen en dirección tuya. Cuando oí el primer obús, me quedé paralizada. El segundo, lo vi estallar a pocos metros; pero yo estaba ya pegada a la tierra, adherida a los terrenos y a los rastrojos, con todas mis fuerzas. En dos horas me levanté para volver a tirarme rápidamente al suelo lo menos ochenta veces. Nunca había andado a gatas tanto trecho seguido. La sed me tenía exhausta. Suda­ba a chorros. Como colofón, en el día de mi «debut», no quiso dejar tampoco la aviación enemiga de cooperar con el espectáculo. Nos envió unas cuantas bombas, pero yo me metí entre unas gavillas de trigo, y a pesar de que con las explosiones me caía encima una lluvia de piedras, no asomé la cabeza hasta que los aparatos no estuvieron por lo menos en Zaragoza. En fin: que fueron unas horitas deliciosas y entretenidas. El comandante Ortiz me decía luego, burlón: «¿No querías emociones violentas y aventuras sensacionales? Pues ahí las tienes. Supongo que el programa no te habrá defraudado». Al día siguiente, nuestras fuerzas tomaron cumplida revancha. Las baterías no cesaron de disparar y el bombardeo de nuestra aviación sembró el pánico entre las huestes enemigas. ¡Cómo me parecía entonces divertido observar por el telémetro los efectos de nuestras granadas rompedoras y de las bombas incendiarias!

Cuando le preguntan si piensa escribir algún «libro-reportaje de la lucha por tierras aragonesas», Ana María responderá de manera un tanto críptica: «Lo desearía, pero no tengo tiempo. En colaboración tal vez podría escribirlo. Yo tenía elegido un nombre: el de una escritora de gran inteligencia, cultura y sensibilidad y de auténtico espíritu republicano, pero he fracasado en mis gestiones»62. Y asegura que, tras reponerse de sus heridas, está dispuesta a volver al frente e incorporarse otra vez como reportera en apenas un par de días. Pero, extrañamente, en La Noche no volvió a aparecer ninguna crónica o reportaje suyo.

¿Qué es lo que le sucedió a Ana María en su regreso al frente de Aragón? Porque sabemos, en efecto, que tal regreso se produjo. En una crónica aparecida el 23 de septiembre en el diario anarquista Solidaridad Obrera, el corresponsal de guerra Baltasar Miró63 narra su llegada a Lécera (Zaragoza), «un pueblo triste, de casas parduscas y estrechas, melancólicas ahora bajo el ruido monótono de la lluvia», y, tras preguntar a los guardias civiles dónde se halla el Comité de Guerra, lo envían a una pequeña habitación en la que «unos hombres jóvenes, sentados alrededor de una mesa campesina, fuman incansablemente», mientras en un ángulo, sobre una pequeña cama, «está tendida una muchacha bajita que viste pantalones largos y habla acompañando sus palabras con gestos enérgicos, seguros. Es la periodista barcelonesa Ana María Martínez Sagi». ¿Por qué las crónicas de nuestra autora no volvieron a aparecer en La Noche? No nos extrañaría que fuese por extrañas desconfianzas del mando64, o por razones de censura política, o bien porque sus osadías y altiveces hubiesen provocado su preterición. Hemos rebuscado incansablemente otras publicaciones barcelonesas, pero no hemos conseguido encontrar la firma de Ana María en ninguna durante estos meses. Sabemos, en cambio, que a principios de octubre65 tuvo la desgracia de sufrir, mientras recorría el frente, un accidente automovilístico que le produjo una fractura de clavícula y la obligó a trasladarse nuevamente a Barcelona, donde fue hospitalizada. Y en Barcelona se halla todavía el 6 de enero de 1937, fecha en la que solicita su inscripción en la Agrupación Profesional de Periodistas de la U. G. T.66, apenas unos pocos días antes de que su firma se consolide en Nuevo Aragón, el diario anarquista «portavoz del Consejo Regional de Defensa», que estrena su andadura el 20 de enero de 1937 y que desaparecerá el 11 de agosto del mismo año, con la disolución por orden gubernativa del Consejo. Nuevo Aragón se imprimía en Caspe, a la sazón capital del Aragón republicano, bajo control de los anarquistas, que consiguieron imponer (tras una dura represión) un régimen de colectividades y actuar con una independencia que siempre fue contemplada con irritación por el Gobierno republicano. En sus artículos de Nuevo Aragón comienza nuestra autora a firmar «Ana María Sagi», extirpándose el «Martínez» paterno; decisión por completo sorprendente, si consideramos que siempre se había sentido más vinculada a su padre (y que seguía tributando aversión a su madre, con la que nunca se reconcilió). Pero tal vez Ana María pensase que así su firma se impondría mejor y resultaría más eufónica y fácilmente reconocible para sus lectores. Resulta evidente a todas luces que su posición en Nuevo Aragón era privilegiada: alardea de su amistad con Joaquín Ascaso, presidente del Consejo; asume con frecuencia un consciente protagonismo (como, por ejemplo, cuando se encarga de entrevistar al presidente Companys en su visita a Caspe); no se recata de lanzar agrios reproches a las poblaciones de la retaguardia, poco comprometidas con los esfuerzos del frente; y, en general, se permite en su labor informativa movimientos y actitudes que estaban vedados a la mayoría de los corresponsales de guerra. Las aportaciones de Ana María Sagi a Nuevo Aragón son muy variadas, desde la crónica de guerra dictada al teléfono al poema elegíaco; y destaca, sobre todo, en su periodismo atento al «factor humano» (aunque, desde luego, no falten tampoco las piezas más crudamente propagandísticas).

Cuando el Consejo de Aragón sea disuelto, en agosto de 1937, y las tropas de Líster se impongan en el territorio, Ana María desaparecerá misteriosamente sin dejar ni rastro. No hemos podido encontrar su firma en ninguna otra publicación a partir de este momento. Imaginamos que, como casi todos los anarquistas que no fueron detenidos y encarcelados, volvería a Barcelona, mohína y escarmentada, con muy pocas ganas de hacerse notar. Tampoco nos atrevemos a descartar que aprovechase las influencias de su cuñado diplomático (que había mandado a su mujer e hijos a Toulouse, ahorrándoles las penurias de la guerra) para escapar a Francia, como hicieron por entonces otros libertarios, temerosos de las represalias comunistas67. En las conversaciones que mantuve con una Ana María anciana, su testimonio siempre fue invariable: había cruzado la frontera por Cerbère el 29 de enero de 1939, coincidiendo con la entrada de las tropas del general Yagüe en Barcelona; y recordaba vívidamente hasta los detalles más nimios de aquella terrible desbandada republicana a través de la frontera, primero al volante de un viejo automóvil atestado al que se le acabó partiendo el eje, después a pie, bajo una tormenta de nieve, hasta alcanzar territorio francés, donde fue socorrida por unos cuáqueros a las afueras de Perpiñán. Según esta versión, se habría librado, gracias a la intervención de su cuñado diplomático, de los campos de concentración donde la mayoría de los exiliados españoles fueron hacinados; y, finalmente, se habría reunido en Toulouse con su hermana Mari Pepa y con sus sobrinos68. Ya no volvería a pisar el suelo que la vio nacer hasta treinta años después.

Un laberinto de presencias

Si se le hubiese ocurrido hacerlo antes, habría tenido seguramente que afrontar una condena de cárcel. El 7 de julio de 1939, el pleno del Ayuntamiento de Barcelona acuerda su destitución «con pérdida de todos sus derechos y haberes desde el 18 de julio de 1936», por no haberse «reintegrado al servicio municipal después de la liberación de la ciudad sin que haya justificado dicha actitud». Y dos años más tarde, el Juzgado Instructor de Depuración de Funcionarios Municipales ratificaba el acuerdo del Ayuntamiento, tras incoar una investigación sobre la «conducta político-social» de Ana María Martínez Sagi. El informe69 que se remite a este Juzgado desde la Delegación Provincial de Información e Investigación de Falange Española no puede ser más elocuente:

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