Ana María Martínez Sagi - La voz sola

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La voz sola reúne la obra poética de Ana María Martínez Sagi y sus combativos artículos periodísticos en catalán y en castellano, entre ellos sus crónicas de guerra en el frente de Aragón, conel fin de recuperar la producción de esta polifacética autora.Juan Manuel de Prada ha sido el autor del prólogo y el responsable de la selección de los textos reunidos en el volumen. La autora fue la protagonista de una de sus novelas,
Las esquinas del aire, y le entregó su obra inédita, ahora publicada dentro de la Colección Obra Fundamental de Fundación Banco Santander.

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Indudablemente, Elisabeth Mulder nunca quiso que aquella relación trascendiese; y es probable que el rendido amor de Ana María le resultase pronto enojoso. Aunque escribió en un par de ocasiones sobre los libros de nuestra autora46 y le dedicó un poema muy curioso y penetrante47, Elisabeth Mulder no permitió —temerosa, tal vez, de que sus alabanzas fuesen excesivas, o demasiado reveladoras— que su amiga la entrevistase o escribiese sobre su obra en ninguna de las publicaciones que por aquellas fechas acogían regularmente su firma48. Decimos que no lo permitió porque nos cuesta creer que Ana María no intentase en más de una ocasión escribir sobre Mulder, habiéndose mostrado siempre tan generosa con otras autoras amigas (Maria Teresa Vernet, Sara Insúa o Regina Opisso, por ejemplo). Por lo demás, Elisabeth Mulder fue muy generosa con ella: la recomendó en las revistas Brisas y Lecturas, donde colaboraba asiduamente49; y convenció al director de La Noche para que incluyese una «Página de la Mujer» coordinada por Ana María Martínez Sagi, cuya existencia, lamentablemente, no se prolongaría más allá de tres meses50. Sospechamos que a Elisabeth Mulder le resultaba algo embarazosa la veneración que Ana María le tributaba, tal vez porque nunca llegase a estar enamorada de ella, tal vez porque temiese que la excesiva sinceridad de su discípula y amante pudiese traslucirse fatalmente en su escritura. No debemos olvidar que una relación de naturaleza lésbica era en aquellos años algo que, de haber trascendido, habría causado un fenomenal escándalo, sobre todo en los círculos selectos en los que Mulder se desenvolvía. Pero tal vez los esfuerzos de discreción de Elisabeth Mulder no fuesen del todo eficaces: en 1933, por ejemplo, la siempre cáustica Rosa Maria Arquimbau (que, como la propia Ana María, colaboraba regularmente en La Rambla) publicó una novela corta, titulada Al marge, en donde aparecía, como personaje secundario, una escritora burguesa, muy elegante y distinguida, que mantiene una relación clandestina con una periodista lesbiana y algo hombruna51. De mis muchas conversaciones con una anciana Ana María Martínez Sagi, a finales de los años noventa, deduje que Elisabeth Mulder siempre se empeñó en que su relación se mantuviese en la clandestinidad. O tal vez le preocupase que para Ana María aquella relación fuese algo más —mucho más, en realidad— que un mero devaneo.

Es probable, pues, que la publicación de Inquietud, el segundo libro de Ana María Martínez Sagi, preocupase a su amiga, por contener poemas en exceso reveladores. Publicado en 1932, con ilustraciones de Miquel Farré (el pintor con el que nuestra autora había mantenido un leve flirteo, allá en la adolescencia), Inquietud se inicia, a modo de prólogo, con el citado «Retrato de Ana María Martínez Sagi» de Elisabeth Mulder, que, sin duda alguna, contiene alusiones en clave que sólo las dos autoras pueden entender plenamente:

«Pequeña Ana María, clara y gentil…».

¡Ah, sí, pequeña Ana María, tú eres todo en abril!

Primavera está en ti con arraigo profundo,

como está en una flor la síntesis del mundo.

Tu alígera sandalia deja sonora huella,

y tu juventud es una rima más, rotunda y bella.

El retrato poético de Elisabeth Mulder abunda en revelaciones sobre el carácter de Ana María («Tu alma —lava impalpable— se derrama / por las vertientes de la vida. / Te has hecho toda llama, / ¡oh lámpara votiva! / Te has hecho toda llama… / Acaso, te has hecho toda herida») que nos ayudan a entender mejor los poemas de Inquietud, muchos de ellos de tono presagioso. En alguno de ellos, nuestra poeta invoca la presencia de un niño fantasmal («Pequeño vellón de lana, / ¿no irá el viento a arrebatármelo?»), un tema recurrente en su obra que revela la lectura de los primeros poemarios de la chilena Gabriela Mistral (a la que seguramente habría conocido en la Residencia de Señoritas del Palacio de Pedralbes). Pero si alguna influencia sobrevuela obsesivamente Inquietud, hasta casi vampirizar la voz personal de la autora, es la de Elisabeth Mulder, a quien Ana María dedica un interesantísimo y dilucidador retrato que se inicia así:

Mujer-esfinge,

misteriosa, enigmática, compleja.

Abismo de inquietud, sima profunda,

captadora de estrellas.

Y que incluye algunas precisiones que a la dedicataria, sin duda, debieron resultar en exceso comprometedoras («¡Qué mano audaz sosegará el tropel / de tus horas fantásticas e inquietas! // ¡Y qué agua prodigiosa hará el milagro / de colmarte la boca de sedienta!»). Además, algunos de los poemas incluidos en Inquietud semejan variaciones de los que Elisabeth Mulder había publicado tres años atrás en Sinfonía en rojo. En «Lamentación», por ejemplo, Ana María, abismada en «una aguda tristeza» que se le sube a los ojos y «en un largo silencio que me duele / como una llaga viva», ansía «ser árbol, / ser piedra» y «vivir años y siglos, quieta, quieta, / ignorada y perdida, / en un sueño piadoso que me haga / olvidar de mí misma». Un desiderátum que también reclamaba Elisabeth Mulder en «Lasitud», uno de los poemas de Sinfonía en rojo: «Y me siento cansada intensamente; y me hundo / en un sueño que no es un sueño de este mundo, / así es de dominante y de duro y de amargo: / me abismo en la inconsciencia de un extraño letargo. / Mis párpados se cierran. Como una losa fría / cubre el sueño profundo mi existencia sombría». En la misma «Lamentación», hacia el final, Ana María Martínez Sagi implora a la Serenidad que escuche su «voz hecha de angustia y amargura» y la estreche entre sus brazos, para dejarle «el alma limpia de inquietudes, / como una Primavera florecida». Súplica que se corresponde con la que antes había formulado Elisabeth Mulder en Sinfonía en rojo, donde pide a la Serenidad que borre «las huellas / de las caricias tristes / que sobre mi alma pesan / como un fárrago negro / de liturgias violentas» y que acoja bajo sus alas «este corazón mío ensombrecido / y ciego de inquietud y de inconsciencia».

Un análisis sinóptico de ambos libros nos depararía un prolijo saldo de paralelismos, glosas, homenajes y otros débitos que delatan la rendida admiración, casi dependencia, que Ana María Martínez Sagi tributaba por entonces a Elisabeth Mulder. Basten, a modo de ilustración o ejemplo, unos versos extraídos de sendas plegarias al Dolor con que ambas autoras saludan al inquilino más frecuente de su alma. Escribe Ana María Martínez Sagi en «Canto al Dolor», la composición que clausura Inquietud: «Dolor: yo te bendigo porque me haces fuerte. / Dolor: yo te bendigo porque me haces buena. / Una extraña atracción me ha llevado a quererte / y a adorar el martirio de tu dura cadena». Bendición muy semejante a la que hallamos en la «Acción de gracias» que Elisabeth Mulder incluye en Sinfonía en rojo: «Gracias, gracias, Dolor; me has hecho fuerte / con la hiel y el acíbar que me han dado; / por ti he desafiado / al amor, a la vida y a la muerte». La presencia de Elisabeth Mulder en Inquietud no es tan sólo, sin embargo, una resonancia literaria más que notoria. Aquella mujer «altiva y torturada, sensitiva y bella» es también la destinataria de los anhelos amorosos de Ana María Martínez Sagi, aunque nunca se mencione su nombre52: «Todo el amor oculto que latía en mi alma, / todo el cariño inmenso que nadie ha adivinado, / se ha mostrado a tus ojos convertido en torrente / que ha venido, impetuoso, a morir en tus brazos». Y tal es el ímpetu de ese amor oculto que, por primera vez, la poe­sía de Ana María Martínez Sagi se aviene a cantar el amor carnal que había repudiado en Caminos, por estar hecho de barro. Así, por ejemplo, escribe en «La cita»: «Yo vendría hacia ti, desnuda como el día, / maravillosa y blanca como una aurora. / En las pupilas grises, la fiebre brillaría. / En los labios audaces, la sed devoradora». También encontramos en el libro algunas compo­siciones en las que esa sed devoradora se tropieza con el rechazo, o siquiera con la ambigua tibieza, de la persona amada: «La inquietud es entonces / mi sola compañera, / y una fuerza misteriosa me tortura, / me rinde, me aniquila, me doblega, / y es cuando sufro, y grito, y lloro, y rujo, / y soy salvaje lo mismo que una fiera». Y en el poema titulado «Mi derrota», Ana María lanza un lamento desgarrador: «¡Entre tus manos pálidas mi vida quedó rota!». Inquietud, en fin, incorpora, como remansos entre tanto dolor, poemas de un impresionismo descriptivo, donde la autora proyecta sobre el paisaje sus estados de ánimo, casi siempre declinantes, en un procedimiento que luego repetirá en muchas compo­siciones escritas durante su largo exilio. Si en Caminos se vislumbraba a una muchacha cuyo conocimiento trágico del amor era puramente intuitivo o ideal, en Inquietud se nos ofrece la autopsia de un corazón malherido que ha perdido la esperanza de la sanación. Se ha producido un cambio traumático en la voz poética de Ana María Martínez Sagi, que ha perdido el misticismo y la musicalidad de antaño para tornarse más desesperada y acuciante, más áspera y lastimera, en homenaje a su amada maestra53.

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