Ana María Martínez Sagi - La voz sola

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La voz sola reúne la obra poética de Ana María Martínez Sagi y sus combativos artículos periodísticos en catalán y en castellano, entre ellos sus crónicas de guerra en el frente de Aragón, conel fin de recuperar la producción de esta polifacética autora.Juan Manuel de Prada ha sido el autor del prólogo y el responsable de la selección de los textos reunidos en el volumen. La autora fue la protagonista de una de sus novelas,
Las esquinas del aire, y le entregó su obra inédita, ahora publicada dentro de la Colección Obra Fundamental de Fundación Banco Santander.

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¡Tú como un garfio agudo

clavado en las entrañas!

Todo lo demás: humo.

Soledad. Espejismo.

Tan sólo a ti quise con dolor:

por eso no te olvido.

CEGUERA

Yo no podía saber

que tu corazón y el mío

eran dos llamas gemelas

de un solo y mismo delirio.

Tus navíos en mis mares

encontraban su camino.

A mis noches sucedían

tus albas de cielo ardido.

En cada nudo de sangre

golpeaban dos latidos.

De mi voz: nacía el Sueño.

De tu sueño: mi destino.

Yo no podía saber

de nuestros ojos cautivos

de nuestras manos trenzadas

de nuestro calor fundido.

En mis moradas vivías

en mi cielo en mis abismos

en mis presencias oscuras

en mis mármoles de olvido.

Te morías en mis muertes.

Renacías en mis gritos.

De tu vivir mutilado

de esta muerte que agonizo

solamente Dios sabrá

lo que fue tuyo y fue mío.

Yo no podía saber…

Corazón: perdón te pido.

RENCOR

On a peine à haïr ce qu’on a tant aimé 89.

Corneille

Cuánta piedra nocturna

cuántas sordas arenas

cuántos pozos transidos

cuántas auroras muertas

cuántos muros de espanto

cuánta agonía lenta

cuánto peso de sombras

cuánta ceniza espesa

sobre tu alma desnuda

sobre tu boca hambrienta

sobre tu ávido cuerpo

sobre tu sangre yerta.

¡Y aún persistes! Hurgando

con tozuda demencia

subterráneos obscuros

y galerías ciegas

vas abriendo tus cardos

tus orquídeas perversas

tus garfios acerados

tus manos de tiniebla.

¿Qué volcanes feroces

qué bárbaras tormentas

qué azadones rabiosos

qué sañudas piquetas

qué mordazas de olvido

qué losas justicieras

conseguirán al fin

hundirte bajo tierra?

EL DESEO

Noche

de insomnio negro.

Sobre un talud de cardos

crispada me recuesto.

En cada pliegue blando

recóndito del lecho:

una espina de miel

un cuchillo de fuego.

Incrustado

a mi cuerpo

tentáculo feroz

y agresivo: el deseo.

Gritos broncos derriban

murallas de silencio.

Sofocante me absorbe

la boca que no tengo.

Mordaza de mi mutismo.

Pantera de mi desierto.

Hoguera de mi penumbra.

Abismo de mi tormento.

En un rojo

revuelo

de combates

sin freno

abierta desmembrada

me consumo y me pierdo.

En la noche demente

resucitada muero:

con la boca quemada

con los flancos ardiendo.

Lívida madrugada

cortará el aire denso.

Y el rostro que persigo

morirá en el espejo.

DEJADLA

Dejadla que invente

sus fronteras invisibles

sus universos ardientes.

Dejadla que invente

los ojos que no la ven

los brazos que no la mecen.

Nadie le diga que sueña.

Nadie la llame demente.

Dejadla que invente

el rostro de su pasión

el cuerpo que la estremece

el fuego que la consume

y la ruta que la pierde.

Ninguno le hable jamás

del silencio que la cierne

de sus mundos despoblados

de su soledad creciente.

Dejadla que invente

los ecos que la persiguen

los mares que la sumergen.

Y aquel beso nunca dado

que la mata lentamente.

CUANDO…

Cuando mis brazos delfines rígidos

cuando mis ojos pozos sin agua

cuando mi boca cuenca de sombra

cuando mi cuerpo raíz cortada

sean un ínfimo trazo de polvo

limo disuelto ceniza amarga

viviré en cada latido tuyo

Sombra de Sombras resucitada.

Seré la sed voraz de tu boca

la huella terca de tus pisadas

el grito agudo de tus renuncias

la cruz perenne de tus espaldas.

Mías la sangre de tus heridas

la sorda queja de tu garganta

la noche densa de tu congoja

la llama última de tu esperanza.

Todos los besos que no te diera

quemarán vivos tu boca helada.

Me buscarás sin hallarme nunca.

Nudo de sangre. Fuente cegada.

Y he de morirme de doble muerte

cuando la tierra cubra tu cara.

CONTUMAZ ESPERANZA

Volveremos un día a la isla de ensueño

tu corazón y el mío cansados de luchar.

Volveremos un día a reanudar el Sueño

que ni olvido ni muerte consiguieron truncar.

Granos de sol crujiente trillarán en la era.

Sobre el mar luminoso habrá un blanco bajel.

Cantarán las cigarras y la verde palmera

abrirá su abanico por rozarte la piel.

Veremos el olivo de tronco torturado

el pino ebrio de luz de trinos y de viento

el naranjo de púrpura y el ciprés extasiado

las norias apacibles y el puerto soñoliento.

Un sol incandescente alumbrará el paisaje.

Fulgirán en los bosques las resinas doradas.

Habrá un olor furioso enervante salvaje

de sedientos rastrojos y dunas abrasadas.

Iremos a la playa donde en la arena un día

trazaste el breve nombre que el oleaje borró.

El nombre desvelado perdura todavía:

la voz azul y trémula del mar lo recogió.

Como entonces mi boca te dirá torpemente

mi oración fervorosa mi cántico pagano

y otra vez los latidos del corazón demente

golpearán prisioneros bajo tu dulce mano.

Cuando llegue la noche bella entre las más bellas

—plata sobre las olas en cada rama un canto—

al rubio resplandor de las altas estrellas

yo besaré los ojos que he recordado tanto.

Volveremos un día a la isla de ensueño.

Bosques playas y cielo nos mirarán pasar.

Dos sombras temblorosas proseguirán el Sueño.

Corales encendidos arderán en el mar…

De JALONES ENTRE LA NIEBLA (1940-1967)90

IMPLORACIÓN

Que la muerte

me deje

cerca del agua clara

cerca del tallo verde.

Que hasta mis huesos

llegue

la luz

de los ponientes

el murmullo del río

los blancos alfileres

de la lluvia. Que el viento

de las selvas agrestes

me colme de perfumes

de polen y simientes.

Que el golpe firme y duro

del azadón resuene

en mis entrañas yermas

en mis senos de nieve.

Que el filo del arado

en los surcos ardientes

abra regueros de oro

en mi cuerpo yacente.

Que la Muerte

me deje:

¡traspasada de soles

y rumores calientes!

TEMOR

En país crucificado

dejé mi corazón muerto.

Un desolado paisaje

de nostalgias y de espectros

me lo ha poblado de sombra

de soledad y de duelo.

Tumba de sueños vividos

de indestructibles recuerdos.

Hondo abismo

lago acerbo

de agua densa envenenada

sin luz bajo el hosco cielo.

¡Que no despierte tu voz

la demencia de los ecos!

¡Que no derriben tus manos

las murallas del silencio

las fronteras invisibles

y los castillos desiertos!

Guarda la piedra en tus manos.

No quieras remover légamo

imágenes sepultadas

y reflejos de reflejos.

Déjalo así:

solo y quieto.

Pozo de alucinación.

Luna de paisaje ciego.

RUE DU CHAT QUI PÊCHE91

Una sierra mellada

cortó el bloque de casas decrépitas.

Desconchadas cornisas

herrumbrosas goteras

dejaron penetrar un resquicio de luz

sobre el ataúd de la calle siniestra.

Las paredes panzudas

sudan un agua negra.

Y en un sórdido hotel

—cubil de la miseria—

los exiliados buscan un imposible cielo

tras las ventanas ciegas.

LA GUERRA

El viento del odio

se anuda a las torres.

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