iluminaréis mis pasos!
Pies torpes y diminutos,
graciosa boca de raso:
¡qué no haré porque no huya
la sonrisa de tus labios!
LA TRISTE REALIDAD
Yo he tenido un hijo, maravilla de carne,
esta noche en mis sueños.
Mientras dormía, he besado sus ojos
y he bebido su aliento.
Era rubio y suave,
cual lo espera mi anhelo,
y había en sus pupilas esa luz radiante
que tienen los luceros.
¡Cómo era dulce sentirlo
vivir junto a mi pecho,
y ampararlo en mis brazos, grandes, grandes,
a él tan pequeño!
¡Qué sentido tan hondo el de la vida,
tan humano y tan nuevo,
junto al hijo sonriente y luminoso
como un trozo de cielo!
Mientras dormía, era mío, bien mío,
¡tan sólo entonces pude retenerlo!
¡Cómo le lloro al hijo que he besado
únicamente en sueños!
LAMENTACIÓN
¡Me doy miedo a mí misma, me doy miedo!
¡La inquietud terrible aniquila mi vida!
Una aguda tristeza se me sube a los ojos
y me abisma,
en un largo silencio que me duele
como una llaga viva.
Mis pensamientos todos se han clavado en mi carne,
y en mi frente, cansada y marchita,
llevo una corona de ideas torturantes
como espinas.
¡Ah, no pensar! ¡No pensar! Ser árbol,
ser piedra, ser torrente, nube, sima.
Vivir años y siglos, quieta, quieta,
ignorada y perdida,
en un sueño piadoso que me haga
olvidar de mí misma.
Y no obstante, mis ojos no se cansan
de otear la escondida
senda, en que mi planta vagabunda
se rinda de fatiga.
Y mis manos, que no saben del reposo,
eternamente ansían
los besos encendidos
que las dejen vencidas.
Y mi boca sedienta de imposibles,
y mi alma dolorida,
anhelan delirantes el sosiego
de las almas serenas y sencillas.
serenidad
¡Serenidad, serenidad! Escucha,
mi voz grave y dolida,
la voz hecha de angustia y de amargura
infinita.
Estréchame en tus brazos y haz que el viento
se lleve mis melancolías.
Déjame el alma limpia de inquietudes,
como una Primavera florecida
de soles, de capullos, de canciones,
de arrullos y de risas…
¡Serenidad, serenidad! ¡Mírame hondo
con tus claras pupilas! 81
LA DESPEDIDA
Los campos estaban lívidos de luna clara,
y la noche era triste y callada.
Tú y Yo en el albo sendero, dos sombras blancas,
perdidas en la noche de los sueños sin esperanza.
¡Qué largo el camino y qué frías tus pupilas glaucas!
Pupilas donde he visto arder el fuego de tus secretas ansias.
¡Qué largo fue el camino, y qué tortura la de tu boca cerrada,
y la de mi frente hundida,
tan pálida!
Agonía de silencios
y de dos vidas truncadas.
Agonía de la carne que antes vibrara:
¡fuente de deseo eterno que nacía entre llamas!
No. No desmayé… Una fuerza misteriosa me alentaba.
Muda, muda e impasible, como una estatua,
sin un grito, ni una queja,
¡y sin una sola lágrima! 82
Después: un adiós. Tu mano, entre mis manos, temblaba.
¡Y en la ruta, para siempre, nuestras sombras separadas! 83
EN LA EDAD DE ORO
Cuando pequeña: reía siempre.
¡Oh mi risa blanca!
Risa de cristal, luz de domingo,
¡campanita de plata!
Trino, gorjeo, arpegio,
sutil serenata
de mis años ingenuos y sencillos,
vestidos de pureza y de fragancia.
Era entonces mi vida
como un maravilloso cuento de hadas;
y el pensar, un leve
batir de alas.
Todas las horas eran
tranquilas y plácidas.
—Gotas de azul
en el lago terso de mi alma—.
¡Oh mi risa fresca,
la risa de mis días siempre en calma!
¡Ascua de oro
que todo lo iluminaba!
“Niña, ¿ por qué te ríes?”
—gritaban las voces malas—.
Voces duras, impacientes
por verme triste y cansada.
“Niña, ¿por qué te ríes
con esta risa tan blanca?”.
—Me río porque soy buena,
porque nada enturbia mis pupilas claras,
porque soy serena y luminosa y pura,
y llena de gracia.
Porque el cielo tiene una túnica azul,
y son sonrientes todas las mañanas;
porque amo la voz majestuosa del viento,
y entiendo el murmullo del agua.
Porque el campo produce sin tregua,
y hay flores y frutos en todas las ramas;
porque el sol vivifica mi sangre,
y la luna me viste de nácar,
y la brisa perfuma mi carne,
y el arroyo acaricia mis plantas.
¡Me río porque soy fuerte,
porque soy fuerte, y soy limpia, y soy casta!
“¡Niña —gritaban las voces—,
niña, te ríes por nada!”84.
¡Risa de cristal, luz de domingo,
campanita de plata!
De CANCIONES DE LA ISLA (1932-1936)85
FISONOMÍA
Casas de cal y albayalde
con flechas y golondrinas
atravesando la calle.
Las copas de las acacias:
ocho lunares redondos
ocho sombras apretadas.
Escaleras encendidas:
van las ristras de mazorcas
trepando pared arriba.
Las redes del pescador
—celosías de los peces—
secan crujientes al sol.
La calle tiene un final
final de todas las calles:
el muro azul de la mar.
EL MAR
De día: planicie azul
cabrilleante adormecida
con un friso de alas blancas
impalpable en sus orillas.
De noche: metal bruñido.
Desierto fosforescente.
Las barcas se van sonámbulas
a pescar peces de nieve.
LIMONARES
Limonares de la isla:
con sus pomas de oro pálido
columpiándose en la brisa.
Núbiles senos pulidos
de tibia cera olorosa
perfumando los caminos.
Frutos rubios. Llamas breves:
¡mira que te mira el mar
entre el enrejado verde!
DÉJAME…
Déjame con el sol
que achicharra el olivo.
Con la arisca chumbera
con el oro del trigo.
Amo las cabelleras
crespas de los tomillos
los naranjos de púrpura
los cipreses dormidos.
¿Para qué me reclamas
bajo tu cielo frío?
¡Nada como esta luz
y este mar encendidos!
MARÍA DEL MAR
Piel aceitunada.
Viva sanguijuela.
Mariposa bruna
de las rastrojeras.
Delfín plateado.
Ardilla ligera.
Saltamontes negro.
Campana de fiesta.
Sobre el polvo tórrido
de las carreteras
siembras caracolas
y astros de salmuera.
Junto al tosco lecho
de tu barca vieja
te mecen las brisas
las altas mareas.
Susurran canciones
hermosas sirenas
toditas las noches
para que te duermas…
PUERTO DE ALCUDIA86
Era una larga terraza
vestida de claridad.
Eran dos montañas negras
ocho barcas y un cañar.
Una ruta navegante
con un puerto sin fanal
como laguna dormida
bajo el fulgor estelar.
Y era un áspero perfume
ramo de brea y sal
y una ventana en la noche
abierta a la inmensidad
con dos sombras desveladas
que contemplaban el mar.
Y era abril:
y nada más.
De PAÍS DE LA AUSENCIA (1938-1940)87
CASTILLA
Planicie dilatada. Estameña gigante.
Mar solidificado. Tremenda paramera.
Un cielo incandescente mira surgir las llamas
de las costras calizas y los montes de piedra.
Desmesurado plano de trazos minerales
devorado de luz implacable violenta.
El polvo ardiente y gris de ceniza y de plomo
cubre con su sudario las estepas desiertas.
Ni pájaros ni árboles. Allá en la lejanía
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