Ana María Martínez Sagi - La voz sola

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La voz sola reúne la obra poética de Ana María Martínez Sagi y sus combativos artículos periodísticos en catalán y en castellano, entre ellos sus crónicas de guerra en el frente de Aragón, conel fin de recuperar la producción de esta polifacética autora.Juan Manuel de Prada ha sido el autor del prólogo y el responsable de la selección de los textos reunidos en el volumen. La autora fue la protagonista de una de sus novelas,
Las esquinas del aire, y le entregó su obra inédita, ahora publicada dentro de la Colección Obra Fundamental de Fundación Banco Santander.

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iluminaréis mis pasos!

Pies torpes y diminutos,

graciosa boca de raso:

¡qué no haré porque no huya

la sonrisa de tus labios!

LA TRISTE REALIDAD

Yo he tenido un hijo, maravilla de carne,

esta noche en mis sueños.

Mientras dormía, he besado sus ojos

y he bebido su aliento.

Era rubio y suave,

cual lo espera mi anhelo,

y había en sus pupilas esa luz radiante

que tienen los luceros.

¡Cómo era dulce sentirlo

vivir junto a mi pecho,

y ampararlo en mis brazos, grandes, grandes,

a él tan pequeño!

¡Qué sentido tan hondo el de la vida,

tan humano y tan nuevo,

junto al hijo sonriente y luminoso

como un trozo de cielo!

Mientras dormía, era mío, bien mío,

¡tan sólo entonces pude retenerlo!

¡Cómo le lloro al hijo que he besado

únicamente en sueños!

LAMENTACIÓN

¡Me doy miedo a mí misma, me doy miedo!

¡La inquietud terrible aniquila mi vida!

Una aguda tristeza se me sube a los ojos

y me abisma,

en un largo silencio que me duele

como una llaga viva.

Mis pensamientos todos se han clavado en mi carne,

y en mi frente, cansada y marchita,

llevo una corona de ideas torturantes

como espinas.

¡Ah, no pensar! ¡No pensar! Ser árbol,

ser piedra, ser torrente, nube, sima.

Vivir años y siglos, quieta, quieta,

ignorada y perdida,

en un sueño piadoso que me haga

olvidar de mí misma.

Y no obstante, mis ojos no se cansan

de otear la escondida

senda, en que mi planta vagabunda

se rinda de fatiga.

Y mis manos, que no saben del reposo,

eternamente ansían

los besos encendidos

que las dejen vencidas.

Y mi boca sedienta de imposibles,

y mi alma dolorida,

anhelan delirantes el sosiego

de las almas serenas y sencillas.

serenidad

¡Serenidad, serenidad! Escucha,

mi voz grave y dolida,

la voz hecha de angustia y de amargura

infinita.

Estréchame en tus brazos y haz que el viento

se lleve mis melancolías.

Déjame el alma limpia de inquietudes,

como una Primavera florecida

de soles, de capullos, de canciones,

de arrullos y de risas…

¡Serenidad, serenidad! ¡Mírame hondo

con tus claras pupilas! 81

LA DESPEDIDA

Los campos estaban lívidos de luna clara,

y la noche era triste y callada.

Tú y Yo en el albo sendero, dos sombras blancas,

perdidas en la noche de los sueños sin esperanza.

¡Qué largo el camino y qué frías tus pupilas glaucas!

Pupilas donde he visto arder el fuego de tus secretas ansias.

¡Qué largo fue el camino, y qué tortura la de tu boca cerrada,

y la de mi frente hundida,

tan pálida!

Agonía de silencios

y de dos vidas truncadas.

Agonía de la carne que antes vibrara:

¡fuente de deseo eterno que nacía entre llamas!

No. No desmayé… Una fuerza misteriosa me alentaba.

Muda, muda e impasible, como una estatua,

sin un grito, ni una queja,

¡y sin una sola lágrima! 82

Después: un adiós. Tu mano, entre mis manos, temblaba.

¡Y en la ruta, para siempre, nuestras sombras separadas! 83

EN LA EDAD DE ORO

Cuando pequeña: reía siempre.

¡Oh mi risa blanca!

Risa de cristal, luz de domingo,

¡campanita de plata!

Trino, gorjeo, arpegio,

sutil serenata

de mis años ingenuos y sencillos,

vestidos de pureza y de fragancia.

Era entonces mi vida

como un maravilloso cuento de hadas;

y el pensar, un leve

batir de alas.

Todas las horas eran

tranquilas y plácidas.

—Gotas de azul

en el lago terso de mi alma—.

¡Oh mi risa fresca,

la risa de mis días siempre en calma!

¡Ascua de oro

que todo lo iluminaba!

“Niña, ¿ por qué te ríes?”

—gritaban las voces malas—.

Voces duras, impacientes

por verme triste y cansada.

“Niña, ¿por qué te ríes

con esta risa tan blanca?”.

—Me río porque soy buena,

porque nada enturbia mis pupilas claras,

porque soy serena y luminosa y pura,

y llena de gracia.

Porque el cielo tiene una túnica azul,

y son sonrientes todas las mañanas;

porque amo la voz majestuosa del viento,

y entiendo el murmullo del agua.

Porque el campo produce sin tregua,

y hay flores y frutos en todas las ramas;

porque el sol vivifica mi sangre,

y la luna me viste de nácar,

y la brisa perfuma mi carne,

y el arroyo acaricia mis plantas.

¡Me río porque soy fuerte,

porque soy fuerte, y soy limpia, y soy casta!

“¡Niña —gritaban las voces—,

niña, te ríes por nada!”84.

¡Risa de cristal, luz de domingo,

campanita de plata!

De CANCIONES DE LA ISLA (1932-1936)85

FISONOMÍA

Casas de cal y albayalde

con flechas y golondrinas

atravesando la calle.

Las copas de las acacias:

ocho lunares redondos

ocho sombras apretadas.

Escaleras encendidas:

van las ristras de mazorcas

trepando pared arriba.

Las redes del pescador

—celosías de los peces—

secan crujientes al sol.

La calle tiene un final

final de todas las calles:

el muro azul de la mar.

EL MAR

De día: planicie azul

cabrilleante adormecida

con un friso de alas blancas

impalpable en sus orillas.

De noche: metal bruñido.

Desierto fosforescente.

Las barcas se van sonámbulas

a pescar peces de nieve.

LIMONARES

Limonares de la isla:

con sus pomas de oro pálido

columpiándose en la brisa.

Núbiles senos pulidos

de tibia cera olorosa

perfumando los caminos.

Frutos rubios. Llamas breves:

¡mira que te mira el mar

entre el enrejado verde!

DÉJAME…

Déjame con el sol

que achicharra el olivo.

Con la arisca chumbera

con el oro del trigo.

Amo las cabelleras

crespas de los tomillos

los naranjos de púrpura

los cipreses dormidos.

¿Para qué me reclamas

bajo tu cielo frío?

¡Nada como esta luz

y este mar encendidos!

MARÍA DEL MAR

Piel aceitunada.

Viva sanguijuela.

Mariposa bruna

de las rastrojeras.

Delfín plateado.

Ardilla ligera.

Saltamontes negro.

Campana de fiesta.

Sobre el polvo tórrido

de las carreteras

siembras caracolas

y astros de salmuera.

Junto al tosco lecho

de tu barca vieja

te mecen las brisas

las altas mareas.

Susurran canciones

hermosas sirenas

toditas las noches

para que te duermas…

PUERTO DE ALCUDIA86

Era una larga terraza

vestida de claridad.

Eran dos montañas negras

ocho barcas y un cañar.

Una ruta navegante

con un puerto sin fanal

como laguna dormida

bajo el fulgor estelar.

Y era un áspero perfume

ramo de brea y sal

y una ventana en la noche

abierta a la inmensidad

con dos sombras desveladas

que contemplaban el mar.

Y era abril:

y nada más.

De PAÍS DE LA AUSENCIA (1938-1940)87

CASTILLA

Planicie dilatada. Estameña gigante.

Mar solidificado. Tremenda paramera.

Un cielo incandescente mira surgir las llamas

de las costras calizas y los montes de piedra.

Desmesurado plano de trazos minerales

devorado de luz implacable violenta.

El polvo ardiente y gris de ceniza y de plomo

cubre con su sudario las estepas desiertas.

Ni pájaros ni árboles. Allá en la lejanía

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