La problematización de esta cuestión me llevó en los últimos años a volcarme al estudio del proceso de creación de la Constitución de 1980 en Chile y, en particular, a explorar los conceptos de sociedad que allí toman forma y se movilizan (Cordero 2019, Cordero et al. 2021). Uno podría afirmar que los momentos de creación constitucional –tal como el que comenzó a tomar forma en julio de 2021 para reemplazar la Constitución de la dictadura– son también momentos de creación conceptual, o al menos momentos en los que se reabre la pregunta acerca de los significados de conceptos fundamentales y pone en disputa la manera en que se trazan sus límites. Al sumergirme en los rastros históricos de este proceso de cambio conceptual y transformación social, así como en su presencia material y normativa en el presente, he aprendido a explorar el trabajo político de los conceptos y el poder de prácticas sociales dominantes que buscan fijar su sentido y alcance. Pero también se encuentra el hecho decisivo de haber aprendido que para seguir el movimiento de los conceptos dentro y fuera de los soportes textuales-materiales a través de los cuales estos se fijan y circulan, uno también debe aprender a moverse entre diversas escalas, velocidades y lógicas.
II
Esta intersección entre concepto y biografía me ha impulsado a buscar maneras de replantear la forma en que entendemos la dimensión conceptual de nuestro trabajo, así como el trabajo de los conceptos propiamente tal. En este libro, sin embargo, no deseo teorizar sobre mi experiencia individual ni mucho menos transformarla en fuente de validación para lo que digo. Tampoco busco ofrecer una teoría general sobre los conceptos. El propósito que persigo es más bien modesto: explorar rutas para seguir el trabajo de los conceptos en la formación de mundos sociales. Esto requiere introducir un importante desplazamiento, el cual consiste en desprendernos de los conceptos como fuentes de certidumbre científica y emplearlos como sitios de exploración de las incertidumbres de lo social. Me parece que a partir de esta base es posible explorar los conceptos como espacios de experimentación e imaginación política, así como expandir el potencial conceptual de la vida política (Cooper 2014).
Tal como intento mostrar a lo largo de los diferentes capítulos, tomar esta dirección obliga a despejar la confusión bastante común de reducir los conceptos a palabras o a las cosas a las que ellos refieren. En efecto, aunque los conceptos nos remiten a palabras específicas que los encarnan en el lenguaje y su significado a menudo se asocia a objetos concretos, la vida social y política de los conceptos siempre tiene lugar entre las palabras y las cosas. En dicho espacio intermedio, los conceptos operan como un modo de producir identidad; es decir, de conectar, anudar y subsumir una heterogeneidad de elementos no-idénticos (e incluso contradictorios) bajo una forma común o universal. Por lo mismo, la «pretensión» de identidad que un concepto moviliza, si bien se puede actualizar y estabilizar en normas, prácticas e institucionales sociales, nunca es del todo completa puesto que un concepto siempre acarrea una «impureza», una «discontinuidad» o una «alteridad» que excede dicha pretensión de unidad. Aunque parezcan estar quietos como palabras inscritas en un diccionario, los conceptos se mueven y lo hacen en escalas y a velocidades que muchas veces resultan difíciles de observar. Esta es una premisa central para la teoría crítica, pues apunta a problematizar la naturalización de los conceptos a los que adherimos y a través de los cuales vivimos.
Seguir el movimiento de los conceptos es lo que permite deshacernos de la rigidez de las definiciones, reconstruir la plasticidad del proceso de su devenir social e imaginar otras trayectorias posibles. Seguir a los conceptos no significa salirse del mundo social, sino que emplear otra compuerta para sumergirse en el complejo tejido que lo constituye. Emplear esta compuerta, por abstracta y complicada que a veces parezca, no es una manera de buscar refugio en la especulación filosófica. Muy por el contrario, es una manera de prestar atención al hecho de que la vida material de la sociedad se encuentra atravesada por formulaciones filosóficas heredadas, y una forma de interrogar aquello que el orden conceptual de la sociedad excluye, pero también de identificar eso que emerge como un espacio de posibilidad más allá de lo existente.
Al hacer este recorrido, lo que importa no es encontrar definiciones correctas, sino que descifrar las formas en que los conceptos aparecen y se mueven, las historias heterogéneas que hacen posible, las distinciones que despliegan, las relaciones que activan, las posibilidades que sellan, los silencios que producen, las prácticas que encarnan, los pensamientos que permiten, los afectos que movilizan y los poderes que ponen en funcionamiento. El razonamiento que subyace a esta estrategia es la idea de que los conceptos son algo más que palabras dichas cuyo significado permanece dentro de los límites de un léxico establecido. Los conceptos son órganos vivos del tejido social por cuanto están integrados en las prácticas cotidianas como recursos que los actores emplean para dar sentido al mundo y a su contingencia. Pero su fuerza también reside en el hecho de que la propia sociedad va tomando forma a través de procesos de conceptualización cuyos resultados habitan y circulan a través de una densa red de prácticas e instituciones, así como de múltiples luchas conceptuales acerca de la definición correcta del mundo.
Si los conceptos son órganos de la realidad social y constelaciones de elementos heterogéneos que no podemos definir simplemente en aras de la precisión científica, parte central del desafío consiste en trabajar a través de ellos. Esta es la propuesta que, por cierto, anima el método de análisis de dos corrientes principales de la teoría social crítica, la dialéctica y la genealogía, a saber: reinsertar los conceptos en el mundo y observar su funcionamiento en sitios sociales e históricos concretos a través de las relaciones y prácticas que ellos mismos contribuyen a producir. Así, para la teoría crítica el estudio de los conceptos no tiene que ver con un ejercicio de reconstrucción meramente hermenéutico (interpretación de significado), filológico (búsqueda de la raíz), lógico (consistencia terminológica interna) o epistémico (herramienta de conocimiento), sino con descifrar la fuerza material de los conceptos y seguir su movimiento como abstracciones vivas.
Los textos reunidos a continuación se desarrollan a partir y en diálogo con esta idea. Más que una teoría acabada y coherente, ofrecen algunas pistas sobre cómo abordar el trabajo de los conceptos en la vida social y cómo movernos con y a través ellos.
La primera pista consiste en explorar los conceptos como archivos que almacenan significados, modos de razonamiento, saberes y experiencias. En el archivo hay tiempo, materia y vida, pero también las ansiedades e incertidumbres que cruzan nuestras relaciones con el mundo en que vivimos y los intentos por darle coherencia. Tomados en este sentido archivístico, los conceptos trabajan como dispositivos de registro que siempre dejan algo sin registrar. Seguir el movimiento de un concepto, en consecuencia, consiste en seguir los rastros y sedimentos alojados dentro y fuera de ellos.
La segunda pista apunta a tratar a los conceptos como prácticas que producen formas concretas de conectar personas, lugares y cosas. Los hilos de conexión social que producen los conceptos son un índice de su fuerza aglutinante, a saber: de su capacidad para ensamblar elementos heterogéneos, acomodar fenómenos contradictorios y codificar relaciones dentro de un ámbito de validez que ordena la experiencia y delimita un espacio de posibilidades. Seguir el movimiento de un concepto significa, entonces, mapear las prácticas que lo forman, así como las maneras en que se encarna en prácticas.
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