De cada uno de ellos, plasma la oportuna disquisición y análisis en el que trasciende el reconocimiento. A continuación, otro fragmento de sus poemas que nos estremecen: Travesía del relámpago, título homónimo de su antología (publicada por Vitruvio, Madrid, 2013), obra prologada por el poeta español Ángel Guinda, quien nos dice: Estamos ante una de las voces poéticas vivas hispanoamericanas más densas y relevantes de entresiglos XX-XXI.
Este “rayo que no cesa” de Elssaca, es símbolo de la suprema potencia creadora, emblema de la soberanía, y la luz del relámpago nos remonta al albor y la luminosidad. Esa travesía a la que alude, como todo peregrinaje, involucra o reemplaza el avance por el laberinto hasta descubrir su centro —que es una imagen del centro— no su identidad. Citaremos algunos versos de su poesía: [...] esos huesos quebrados éramos nosotros en otras vidas. / Tal vez somos los mismos en las muertes sucesivas. / Eterno retorno de todas las voces, huellas y manos [...].
En Rastros y rostros de las pandemias, Elssaca nos habla de mis muertos circulares y nos trae el recuerdo de Jorge Luis Borges —a quien conoció en Alemania— así como también se refirió a los laberintos en otros párrafos.
Theodoro personifica al virus, le da identidad, le impone: [...] que dimita el virus farsante y se extinga sin contaminar nuestros cuerpos. Nos dejamos atravesar por las estrofas de Árbol de las palabras. Con imágenes contundentes nos conduce por un recorrido poético polifacético en usos y significaciones.
El poeta lucha por vencer la gravedad interior y exterior, por liberarse de lo sórdido; la elevación del espíritu y el cuerpo las simboliza en el acto de volar y nos invita a hacerlo: [...] Digo Egipto, Mesopotamia o Persia, y son palabras / cargadas de magia y de historia, de tapices voladores [...].
Dueño de un vasto respaldo conceptual y bibliográfico, nos asombra con su potencia estilística y creativa. En su poema Fulgor de relojes, recurre a la metáfora como gran sugerente, es decir, logra un haz de significados. La sensación de belleza nos llega, aunque no se ajuste a lo racional. Citamos: [...] He buscado por todas partes las horas, / algo está pasando que se me escurren / igual a salvajes peces asustados [...]. No ignora que, por su contenido estético-emotivo, la metáfora es un arma de feroz argumentación y polémica, y no simple adorno del texto. Las metáforas audaces como las que emplea Elssaca, tienen un real sentido literario, también las múltiples imágenes sensoriales cuyo sentido es comunicarnos la impresión de las cosas en el modo en que las percibimos. Como apoyatura, citamos del mismo poema: [...] Los relojes reblandecidos de Dalí, / son su intento de retroceder las manijas, / antes que desaparezca la memoria [...].
Cabe recordar que Elssaca tuvo un fugaz encuentro y diálogo con Dalí, cuando el genio de Figueras inauguraba la exposición más vista de la historia del Pompidou, en el París de 1979. La expectación internacional por esta retrospectiva fue tal, durante meses, que los últimos días la muestra debió permanecer abierta las veinticuatro horas. Theodoro regresó en varias ocasiones a contemplar esas obras, para estudiar el simbolismo (como lo hiciera también durante años con Turner, Cezánne, Matisse, Kandinsky, Edvard Munch, Matta y artistas anteriores como Goya, Rembrandt y otros). Este suceso quedó registrado en su ensayo “Peregrinación a la fuente”, escrito a mediados de los ochenta y publicado en 2005.
En el corpus de un libro con esta temática medular, era infaltable la alusión a La peste, de Albert Camus, obra en la que, si bien representa a los ciudadanos argelinos de Orán, nos lleva a viajar hacia nuestra interioridad y eso ocurre en el presente libro: nos representa a todos. Esa es la nobleza de las grandes obras, más aún las que están narradas impecablemente y en las que coexisten los miedos, las dudas, la lucha infructuosa, el sacrificio del deber, la bondad, la temeridad, la importancia de la amistad.
Elssaca escribe: Busco “le mot juste”, como decía Flaubert, la palabra exacta. Esa búsqueda hace que el arte en su escritura rescate el caos para volverlo orden y es, en parte así, y en parte lo contrario; pero es el orden formal preciso, el que producirá la estética, conformará la oposición de un orden férreo de estructura y una sugerencia de caos, de absurdo, de sinsentido, de grieta oculta.
Hoy llevo a mis muertos sepultados entre las costillas y los omóplatos, huesera de cráneos vacilantes [...]; quien escribe sufre, se conduele, se siente herido: Hablo desde las astillas del madero, ataque yugular del anticristo. Con fascinante prosa poética, laboriosa, por cierto, sostiene una emoción que la justifica y que, finalmente, no solo embellecerá la escritura, sino que marcará el sendero para precisar algunos puntos de vista.
Esa minuciosidad despierta una sensación corporal inmediata: Ante ustedes me saco el sombrero y hago una reverencia, para despedir a los muertos de todas las pandemias. En esta frase, casi fotográfica, acude al lector la imagen del respeto por quienes fueron arrebatados de este mundo; es a través del encuadre que manifiesta lo implícito. James Joyce nos habla de una máquina de epifanías, a partir de la experiencia de un esteta. Cuando estas manifestaciones —epifanías— alcanzan un cierto grado de intensidad, estamos ante el momento epifánico y son muchos y diversos los que atraviesan el corpus de Huésped del aire, en el que la literatura está sólidamente amalgamada con sus dos condiciones esenciales: la ética y la estética.
Finalmente, sentimos la necesidad de expresar agradecimiento por esta lectura placentera, embria- gadora, conducente al ejercicio del pensamiento des- de nuestra propia interioridad; es el logro de un trabajo admirable, con recursos aplicados con verdadero oficio, con destreza, ajenos a la vana afectación.
Graciela Bucci
Buenos Aires
Es ensayista, narradora y poeta argentina.
Faja de Honor de la Sociedad Argentina de Escritores en narrativa y poesía.
Miembro de Número de la Academia de Literatura Infantil y Juvenil. Disertante y poeta invitada en congresos de Miami y Texas (EUA) Premio “Rubén Vela” a la trayectoria poética del Instituto Literario y Cultural Hispánico de California (Westminster)
En preparación su libro de ensayos literarios
Proemio para poéticas prosas
a quienes leerán
Prólogo
Con justicia se podría decir que estas prosas serán deleitables para todo tipo de personas.
Algunas se estremecerán con las angustiosas palabras de las primeras páginas. El poeta revive sus fantasmas y sus miedos. Al compartirlos se tendrá comunión con él y con ellos.
Las evocaciones, entre nostálgicas y fácticas, tienen eso que Gabriela Mistral hubiera llamado “dulcedumbre”. En ellas se refleja la persona del autor a través de la impronta de personas y personajes.
No solamente personas son materia de evocación. La materia, esa anticipación de las formas, toma los sitios como inspiración al hablarnos de cafés y bares indisolublemente ligados al oficio de las letras.
No deja de estar ausente la rememoración de quienes han dejado al poeta en esa indigencia que es la falta de la amistad.
Imposible negarse a las invitaciones múltiples y diversas a usar este espejo de palabras para ahondar en la vida propia.
Consiste el misterio y el embrujo de la palabra en que con ella se habita el mundo y se hace de él hogar, en la acertada expresión de Octavio Paz.
Leyendo estas páginas recordé al eximio Fidelino de Figuereido, el literato portugués, que nos legó, por si fuera poco, un título magnífico: La lucha por la expresión.
En este libro hay expresión. Se expresan y exprimen ideas, imágenes, recuerdos. Sobre todo, los recuerdos, que son memoria con cordis, con corazón.
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