Ese sentido de la solidaridad es lo que los miembros de la EFSA 1, y entre ellos los de presencia más prolongada (Mauss, Fauconnet, Bouglé y Halbwachs), aplicaron durante cincuenta años, tanto en las relaciones entre ellos mismos como hacia afuera. Lo que han dejado en la historia no se puede evaluar solamente hablando de este periodo o de estos seres como de un momento petrificado del tiempo, como un estrato que aparece de repente y muere un día sin consecuencias. Tiene anterioridad y futuro. La fuerza de la EFSA, tomando la metáfora botánica de un árbol, no reside solo en el tronco constituido por los «durkheimianos» durante los cincuenta años centrales (1890/95-1940/45), sino también en las potentes raíces que producen savia desde unos 150 años antes de ese periodo (desde el Siglo de las Luces, en el caso francés); y, además, en el polen o las semillas que este sólido roble ha conseguido diseminar en toda la socioantropología francesa y mundial hasta hoy. Hay que añadir que la fuerza de la EFSA no reside solamente en los sociólogos que asumen o reivindican esa filiación (lo que es mi caso), sino también en los conceptos, el espíritu o los razonamientos de los que son durkheimianos sin saberlo, sea por ignorancia, sea con la paradójica ingenuidad de quienes pretenden combatir el durkheimismo utilizando planteamientos de la misma efsa…
No podría estar yo hablando de la EFSA (con mi identidad y mis pertrechos académicos de hoy), si no hubiera sido por este devenir de las ideas y de las perspectivas, y también de la solidaridad docente. Los durkheimianos están desde el principio (es decir, desde finales del siglo XIX) esparcidos por varias universidades francesas desde donde cada uno de ellos envía semillas. Incluso en una universidad de tamaño mediano como la mía, la de Caen, 4 universidad que tiene sin embargo una muy larga historia, ya que se creó en 1432, poco después que la de Salamanca o la Sorbona y en la que uno de los principales durkheimianos –Halbwachs– dio cursos. Los miembros de la EFSA se apoyan sobre todo en la Sorbona y en el Collège de France. Después, parcialmente, en la ephe y la ehess del cnrs. 5 También en las universidades de provincias, como se decía entonces: Burdeos, Estrasburgo, Toulouse, Caen, etc. Crean una revista que mantiene la cohesión durante medio siglo, L’Année sociologique (El año [o el anuario] sociológico); una revista que, después de la Segunda Guerra Mundial, será reemplazada en esta función por Les Cahiers internationaux de sociologie (Cuadernos internacionales de sociología, o cis). Desde los años 1950, las semillas se diseminaron todavía más con la creación de la aislf (Association Internationale des Sociologues de Langue Française), fundada por Georges Gurvitch y Henri Jeanne en 1956, que sigue funcionando en la actualidad.
Personalmente, desde muy pronto en mi vida profesional he pertenecido a esa asociación, la aislf. Como el socioantropólogo Balandier, que fue alumno de Halbwachs en la Sorbona antes de convertirse él mismo en profesor. Balandier empezó verdaderamente su trabajo de integración socioantropológica con Gurvitch; y fue dirigente de la aislf, además de convertirse en el alma pater de la revista cis durante el largo periodo que va de 1960 hasta 2010, es decir, 50 años. Él publicó tres de mis libros en su colección de las Presses Universitaires de France (puf). También se han publicado varios de mis textos en los cis. Es decir, que pertenezco al ámbito extenso y prolongado de la efsa. Sería absurdo y ridículo suponer, a la manera utilitarista, que Balandier me ayudó por su interés individual (en aquellos tiempos él ya tenía libros traducidos a numerosos idiomas y en 1991, cuando publicó mi primer libro, no me conocía de nada)… Igualmente absurdo sería pensar que, hoy en día, yo continúo escampando semillas durkheimianas por interés personal, pues mi carrera ya está detrás de mí. ¡Y la defensa de la EFSA y de la ecología, mis dos pasiones, me ha comportado varios obstáculos personales en el mundo académico! Se podría decir, de modo polémico, que siempre es difícil tener razón frente a la mayoría de los demás… La EFSA es seguramente una auténtica escuela por estas razones: porque la defiende gente que no tiene interés personal en hacerlo y porque se ve atacada por la vecindad, lo que es una manera indirecta de considerarla como un paradigma del pensamiento socioantropológico. Yo solo soy una, entre tantas, de sus tardías encarnaciones. Quizás me dirán ustedes que estar dentro impide ver claramente lo que pasa. Sin embargo, para el socioantropólogo, estar dentro de lo que se observa no es un obstáculo, sino más bien una necesidad garante de fiabilidad en la investigación, aunque los «rodeos» 6 sean también provechosos.
Ahora bien, el hecho de que, por voluntad de filiación intelectual, uno se considere hijo espiritual y seguidor de un grupo de autores no es suficiente para que se pueda legítimamente hablar de una auténtica escuela sociológica. ¿No será la EFSA, al contrario, algo puramente artificial, como una empresa de propaganda colectiva? ¿Cuál es su grado de realidad, más allá del grupo de amigos que casi todos llamamos ahora «los durkheimianos», y que algunos llamamos la efsa? Concretamente ¿cuál sería el principio de unidad de la galería de retratos que voy a presentar, sobre todo cuando se empieza con antepasados del Siglo de las Luces y se acaba hoy en día? Planteo la pregunta desde el punto de vista del científico, pero sin dejar de pensar que –hablando epistemológicamente como Bachelard, quien lo escribe 20 años antes que Popper– el verdadero científico, lo repito, no es el que busca la imposible verdad o realidad, sino el que propone ideas, planteamientos y protocolos realistas, es decir, que se puedan comprobar, verificar, 7 muchas veces reproducir. Más allá de eso, el científico es también el que da sentido a los resultados de investigación, los suyos o los de los otros… El principio de unidad de la EFSA, pues, es el siguiente: si consideramos los hechos sociales a la vez como cosas objetivas o subjetivas y como obras humanas –es decir, destacando el componente institucional de los hechos y viendo cómo esas instituciones se difractan en los actos personales–, debemos identificar factualmente los procesos intelectuales y la objetividad de lo que pretendemos observar. Entonces, aumenta la probabilidad de que consigamos liberarnos de los riesgos de lo arbitrario producido por demasiado subjetivismo o demasiada pasión.
Quedan dos ultimas dificultades pedagógicas en el ejercicio que me propongo realizar. Primero, el riesgo de fastidiosa enumeración, más o menos lineal, de hechos, ideas, textos y autores; segundo, la frecuente ilusión finalista que consiste en interpretar lo previo, en estos temas, como si preparara siempre lo que sucederá después… Para evitar ambas cosas, el desagrado y la trampa, me dedicaré (dentro de un marco necesariamente histórico, ya que las ideas se contaminan con el tiempo) a contar la historia intelectual o sociológica de la EFSA liberándome muchas veces de la mera cronología de los hechos y los escritos. Porque lo que quiero subrayar es la elaboración colectiva de un pensamiento, de una manera de enfocar el mundo social y los hechos aplicable ayer como hoy, sea por sociólogos confirmados, sea por estudiantes que traten de serlo. Además, un sociólogo, igual que cualquier niño o cualquier persona, solo puede construir su identidad asumiendo filiaciones, o por lo menos influencias, sin olvidar la necesaria distancia, la muy importante rebeldía que entra en todo proceso de autonomización. Como me considero un hijo rebelde de la EFSA, y aunque pretenda ampliar este edificio colectivo, viajaré entre toda esta gente con gran libertad y criticando muchas veces algunos aspectos de mis maestros y «padres» espirituales. En este sentido, tratando de autores de quienes uno puede considerarse seguidor, una de las principales dificultades es la de conseguir guardar suficiente objetividad. Para protegerme un poco de ellos y de esa inevitable subjetividad, acentuada por la perspectiva presentista del punto de vista retrospectivo que adopto, nada mejor, me parece, que la crítica. Así pues, no habrá que extrañarse si se constatan, de vez en cuando, comentarios puntualmente negativos.
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