A cada paso, la ropa se me fue adhiriendo al cuerpo como una segunda piel, en cada inhalación saboreé los aromas de la tierra y su vegetación, como si estuviera lamiendo el producto de la pegajosa humedad del suelo. Estaba en Pucallpa, el último pueblo habitable del centro norte de Perú, parada obligada antes de iniciar el trayecto hacia el inmenso y majestuoso Amazonas.
Seguí las líneas amarillas de la pista en dirección al pequeño hangar donde nos entregarían el equipaje. Al entrar, la chapa metálica que cubría el recinto creaba la sensación de estar en un horno y, no muy lejos, llegamos a una cinta transportadora por donde las maletas caían bruscamente, tiradas sin cariño por un hombre bajito y fornido. Mi mochila no fue excepción. Estaba en otro país e inevitablemente las cosas no funcionaban igual que en el mío; lo que creemos a veces tan evidente en nuestra tierra, no lo es en otra.
Cuando fui a cogerla, observé que estaba empapada de una sustancia que olía realmente mal, muy mal, cuya textura aceitosa era incapaz de identificar. La idea de que la ropa que llevaba también se había mojado, empezó a revolotear por mi cabeza y no me hizo ninguna gracia. Acabé concluyendo que quizá era mejor no saber dónde había caído y qué era aquello.
Para mi desgracia, ese desagradable olor me acompañaría desde entonces hasta el final de la experiencia.
No tardé en llegar a la salida del pequeño aeropuerto, allí me esperaba un hombre de unos sesenta años, mediana estatura, tez oscura y ojos penetrantes. Su larga coleta negro azabache resaltaba sobre la camisa blanca y los pantalones tejanos embutidos en unas botas de agua amarillas le conferían un aspecto, cuanto menos, llamativo. Pude sentir que me observó extrañado cuando me dirigí hacia él, pero, sin dilación, ofreciéndome un abrazo, se presentó como don Pedro, el chamán con el que trabajaría. Se le veía un hombre sincero y amable, de buen corazón, sonrisa agradable y ojos siempre profundos, que parecían esconder un gran saber.
Al encontrarnos, me dijo que cayó en la cuenta de que no me conocía y eso le sorprendió; según me contó, solo trabajaba con gente con la que había mantenido contacto largo tiempo. Cuando contacté con él desde Barcelona me confundió con otra persona, así que lo consideré una jugada del destino que me permitiría vivir algo especial en un grupo relativamente cerrado y hermético. Tuve la sensación de estar donde tenía que estar y una profunda alegría afloró por mi cuerpo.
Don Pedro curiosamente también era de origen español, aunque me confesó que ya hacía muchos años que residía allí para dedicarse plenamente a lo que consideraba el cometido de su vida.
Cogimos un tuc-tuc, el taxi triciclo típico de la zona, hacia un pequeño hotel del centro del pueblo mientras compartíamos recuerdos de España. No tardamos en parar frente a un establecimiento mayor que los que lo rodeaban. En la entrada, un grupo de nativas de tez morena y largo pelo lacio azabache se dedicaban a vender colgantes y diferentes productos artesanales realizados por su tribu, a la espera de los pocos turistas que, como yo, caían del cielo. Entramos en la vieja recepción, atendida por un hombre mayor llamado Juan que, agradeciendo la visita, me entregó las llaves de la que sería mi última noche en una cama como Dios manda. Me apresuré en dejar las cosas porque don Pedro iba a realizar una reunión en el jardín trasero del hotel con todos los participantes de la experiencia.
La habitación no era muy grande pero sí su cama, con un majestuoso ventilador encima que se balanceaba al ritmo de sus rotaciones y que refrescaba un poco el pegajoso ambiente. Vacié atento la mochila, observando si la poca ropa que llevaba también se había mojado de la pestilente sustancia. Mala suerte, no era impermeable y muchas prendas estaban húmedas. Decidí ponerlo todo en el balcón antes de que el olor quedase atrapado en la habitación y me amargara la noche. Rápidamente bajé para reunirme con el grupo en la hermosa zona ajardinada del hotel.
Llegué el último y me senté en la única silla vacía mientras observaba la increíble variedad de colorido y forma de las plantas y arbustos que parecían crecer de la nada. Si el hotel era viejo, aquel jardín lo iluminaba con todo su esplendor, creando una acogedora y hermosa atmósfera.
Qué sorpresa, de los doce participantes, once eran americanos y solo una chica, un poco mayor que yo, Isabel, era española. Nos presentamos al grupo y cada uno fue explicando un poco sus inquietudes y qué buscaba con aquella experiencia. Por lo que pude entender, la mayoría de ellos se dedicaba al mundo espiritual. Había tres astrólogos, profesión muy reconocida en Estados Unidos, y tres sanadoras de diferentes ramas y técnicas. Un par trabajaban en Reiki y terapias energéticas y otros tres eran profesores de yoga. Isabel se presentó como vidente, aunque señaló que su dedicación no era profesional, sino con amigos y familiares que ya desde pequeña conocían sus capacidades.
El único que estaba fuera de este grupo era yo, pensé, un simple curioso llamado con fuerza a la selva verde para descubrirse. Mi principal objetivo al realizar aquella experiencia era desarmar un poco mi ego. Desde pequeño siempre había tenido una ligera sensación de superioridad sobre los demás, sin entender muy bien el porqué y de dónde procedía la idea. Llegué a constatar que me perjudicaba; la humildad es uno de los valores más importantes a desarrollar, esencia opuesta a la soberbia. Si quería seguir creciendo personal y espiritualmente, tendría que desprenderme de esa naturaleza.
Los gestos del grupo fueron de aprobación ante aquella búsqueda, cosa que me tranquilizó debido a que mi camino probablemente estaba muy lejos del que aquellos individuos estaban ya andando.
Finalmente, don Pedro con rostro serio se dirigió a nosotros diciendo:
—Los trabajos se realizarán sin un orden preestablecido, si bien la dieta dura catorce días, las tomas se realizarán en función al sentir y fluir del grupo al igual que las horas de las ceremonias pueden variar dependiendo de la necesidad de experimentar unos estados u otros.
Todos asentimos con la cabeza.
Acabada la reunión la gente empezó a conversar en un americano realmente muy cerrado que rápidamente me desanimó, por la incapacidad de mantener cualquier tipo de comunicación. Isabel y don Pedro se habían marchado en busca de algo. Con cierta contrariedad me despedí y decidí dirigirme a comer un poco de fruta a un chiringuito de zumos y batidos que observé en las cercanías del hotel.
No tardé en disfrutar de una vista impresionante, inverosímil en Barcelona, compuesta de multitud de colores florales que aparecían en todos los rincones aparentemente sin esfuerzo.
Me encaminé al pequeño local hipnotizado por el magnífico olor dulzón que aquellas frutas desprendían maduradas al sol, y me decanté entre dudas por los rojos y suculentos gajos de una sandía. Aquello era caramelo y tomé consciencia de que esta sería probablemente mi última comida hasta transcurridos catorce días, con lo que intenté saborearla todo lo que pude, tarea que no me resultó difícil, no recuerdo haber comido en mi vida una sandía tan buena.
Seis meses atrás había iniciado lo que se conoce como pre-dieta, teniendo que evitar en mi alimentación todos los productos del cerdo, los fritos, las grasas, las conservas y los alimentos fermentados. A partir de los tres meses tenía prohibido cualquier tipo de estimulante como el café o el té, así como el alcohol. Tampoco la sal, el azúcar refinado, las especias y el picante. Nada de ajos, cebolla y ningún tipo de carne. La mayoría de los días me alimentaba a base de pasta con tomate y algo de fruta. La verdad es que no fue tan duro como pueda parecer, soy un apasionado de la pasta, eso sí, el tema del café fue algo más arduo, parece ser lo único que me despierta y activa por las mañanas con lo que las horas matutinas se hacían algo más largas de lo deseable.
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