Victoria Ocampo - Darse

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Durante muchos años la fama de Victoria Ocampo ha impedido valorar su obra. Instigadora de importantes proyectos culturales, como la revista
Sur, feminista y pensadora, amiga de escritores, artistas y compositores que pasaron por su Villa Ocampo, se ha querido ver en ella a una musa sin obra, protagonista de algunos de los momentos más emocionantes del siglo XX. Darse es una cuidada selección de sus textos autobiográficos y ensayísticos, casi una novela de vida. El resultado es una de las cumbres de la literatura memorialística de nuestro idioma. Un libro donde la amistad con intelectuales como José Ortega y Gasset, Virginia Woolf, Rabindranath Tagore, Jorge Luis Borges o Igor Stravinski convive con agudas reflexiones sobre los celos, el amor adúltero y el arte de «descifrar un rostro». Todos los prejuicios de su época parecen haber concluido en un momento en el que mujer y autobiografía vuelven a estar en el centro de la literatura del siglo XXI. Quizá porque, como ella misma escribió, el principal enemigo de la literatura (y de la mujer) es el pudor.

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Durante todo aquel primer verano (primero en compañía de Mercedes) yo le pedía a esta tía música que tocara piano. No se hacía rogar. Tocaba mucho tiempo, aunque nunca lo bastante para satisfacerme. Sobre todo, nunca repetía suficientemente los estudios, las baladas de Chopin. Todo en esa música me llegaba al corazón. Me inundaba deliciosamente sin que llegara a hacer pie en ese mar. Ya no sabía dónde estaba la costa por la marea de esa agua sonora. No sabía adónde me llevaba. Hubiese deseado hacerle repetir y repetir ciertos compases. Siempre encontraba en aquellas piezas compases que parecían dirigirse especialmente a mí, a mí sola. Mi preferencia por esos compases era vehemente (como mi preferencia por ciertas caras) y me costaba no detener las manos blancas que corrían sobre el teclado, tan chicas y tan seguras. «Por favor, Mercedes, volvé a tocar ese pedacito de la balada, cuando de pronto se pone coja, ¿sabés?» Mercedes se reía y siempre hablábamos de la balada coja. Sentada sobre una silla, lo más cerca posible del piano, seguía el ir y venir de los dedos, hipnotizada por los sonidos. Hubiese llorado a veces, porque algunos compases de los impromptus, de las baladas, de los estudios, de las mazurcas, de los preludios, me chaviraient d’émotion. Me parecía que la música, esa, me oprimía el corazón hasta cambiarle la forma. O tal vez, al contrario, que lo ceñía hasta descubrirle su forma, en un doloroso placer. Hacía tiempo que había aprendido, a mis expensas, que mi corazón existía. Pero ignoraba que tuviera una forma. Creía que no tenía un dibujo exacto, particular, que cedía como la arcilla cuando se la modela, porque era como la arcilla. Y de pronto esa música le restauraba una forma que parecía haber sido, desde siempre, la suya. Esa música le revelaba su dinastía. Mi corazón había encontrado su familia y esa familia era real.

[…]

Una de las hermanas de mi madre murió y dejó cuatro varones y tres mujeres a cargo de mi abuela. Veraneaban en la quinta vecina, en San Isidro. Los partidos de croquet, con este nuevo contingente, tomaron más importancia. Inmediatamente empecé a admirar a mi primo C., siete años mayor que yo. Me trataba con el más completo desdén, más rotundo aún que el de Franky. Yo no existía para él. Sin embargo, corría a la par de los varones y hasta les ganaba en el croquet. Esto no parecía contar. C. no se daba por enterado. Me resigné a mi triste suerte. Estaba visto que yo no podía impresionar a los varones. Además, ¿cómo pretender que una persona de la edad de C. me tomara en cuenta? Vivía ya en un mundo al que yo no tenía todavía acceso. Cuando llegaba a sonreírse mirándome, o a darme la mano por algún motivo, mi corazón se derretía de agradecimiento y de esperanza. ¿Esperanza de qué? De atraer su atención, tarde o temprano. Pero enseguida se derrumbaba mi castillo de naipes. C. no se fijaba en mí para nada, y hubiese podido tragarme la tierra sin que él lo notara.

En invierno, veía a C. en casa de mi abuela, donde vivía con sus hermanos. La Calle Suipacha, como la llamábamos, era muy grande y magnífica para jugar a las escondidas. Pero C. no jugaba a las escondidas y ya no era un compañero de juegos para nosotros. La mirada dura de sus ojos celestes, el tono cortante e irónico que había adoptado, sus pantalones largos, todo hacía de él un ser absolutamente inaccesible y remoto. Lo contemplaba como si fuera la cima de un glaciar. O como un témpano que pasaba arrastrado por la corriente hacia otros parajes. Tenía una manera burlona de reír que me ponía carne de gallina. Si hubiese sospechado mi camote infantil, cómo se habría reído. No quería ni imaginarlo. En un cuartito donde guardaban los trastos, C. se consagraba a experimentos de química, decía. Manejaba instrumentos raros, pilas. Nos llamaba a veces, a nosotros, los más chicos, y nos ponía en fila, tomados de la mano, y hacía pasar por esa cadena de carne estremecida y obediente una corriente eléctrica que recogía con su propia mano. Me prestaba a este desagradable experimento para probarle que no tenía miedo, y también porque recibir una descarga eléctrica que había pasado por la mano de C. era un privilegio imprevisto, una concesión de aquel soberano. Cuando terminaba la experiencia y nos había deslumbrado con su saber, nos despachaba sin darnos las gracias y nos cerraba la puerta en las narices. Yo salía de ese cuarto de los trastos como si me atara a él, misteriosamente, un elástico que tiraba más y más a medida que me alejaba.

Mi insignificancia frente a C. me anonadaba, me anulaba. Y su indiferencia (eso era lo peor) me parecía a la vez insoportable y justificada, cruel y natural. Un día, al bajar con mi madre la escalera de la Calle Suipacha, una escalera larga y bastante empinada, tuve la impresión de que iba a tirarme y rodar abajo, por la alfombra roja, o que iba a volver corriendo al cuarto de los experimentos para gritarle a C. que yo era un ser humano, y que no se me podía tratar como a un trapo. «¿Qué te quedás haciendo, por qué bajás como si no pudieras moverte?», dijo mi madre. ¡Cómo se habría reído C. si le hubieran contado que su recuerdo se me atravesaba en la escalera! Que no llegaba a desenredarme de él. Pero estaba en mi mano ocultárselo. Y nunca, nunca lo sabría.

Mi prima Clarita, mucho mayor, prima de mi padre, en realidad, nos había regalado unos libros que leía cuando tenía la misma edad que nosotras. Libros de tapas rojas con letras doradas; cuentos de hadas. Noté que al comienzo de varios de esos cuentos habían querido tachar con tinta las palabras sin conseguirlo. Se ­podían leer todavía: «La reine devint grosse et mit au monde une princesse». Y en otro: «Il était une fois un roi et une reine dont l’union était parfaite; mais il manquait à leur bonheur un héritier. La reine qui croyait que le roi l’aimerait davantage si elle en avait un, ne manquait pas au printemps d’aller boire des eaux qui étaient excellentes». La marca de la pluma, en vez de borrar parecía subrayar aquellas frases y atraía la atención. ¿Por qué habrían tratado de borrarlas?

Antes del nacimiento de mi quinta hermana (la cuarta nació en París cuando mi prima Clarita me leía L’Auberge de l’ange gardien), me sorprendió una noche, al volver a casa de mis padres (había pasado como de costumbre el día en casa de mis tías), el aspecto de mamá. Me pareció completamente deformada. No era la de antes. Me llenó de inquietud, de aflicción, de rebeldía verla así, distinta. Como si me la robaran. La miré con rencor y con miedo. Miedo porque me parecía que corría un peligro. Rencor porque me hacía sufrir ese miedo. Estaba segura, ahora, que de esa manera empezaban los bebes: por esa deformación. Cuando nació en París mi cuarta hermana me dijeron que los niños venían justamente de París. Aquel día, y los anteriores, la historia de Torchonnet ocupaba mi horizonte. No podía pensar con fuerza sino en él. En sus desdichas. L’Auberge de l’ange gardien acaparaba mi atención. Pero, con el correr del tiempo, el misterio de los nacimientos me inspiró a la vez aprensión y curiosidad, un estado de angustia recurrente. «La reine devint grosse…» ¿Podía yo dudar, al mirar a mi madre, que a ella le estaba pasando lo mismo? ¿Y que nacería, no sabía yo cómo (aunque imaginaba que saldría por el ombligo), un bebe, y que me contarían que llegaba de París? Ese agujerito redondo y tapado, en medio del vientre, no podía servir para otra cosa, y me asustaba pensar en la rotura de la carne para que pasara por allí un bebe, por minúsculo que fuera. ¡Qué terrible! ¿Por qué no nacerían los niños de manera menos atroz? ¿Como los pollitos, por ejemplo? También algunas naranjas llevaban en el ombligo como un comienzo de naranjita.

Las madres eran como unas naranjas. Pero que se rompiera un ombligo me parecía algo monstruosamente cruel y me llenaba de espanto.

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