Victoria Ocampo - Darse

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Durante muchos años la fama de Victoria Ocampo ha impedido valorar su obra. Instigadora de importantes proyectos culturales, como la revista
Sur, feminista y pensadora, amiga de escritores, artistas y compositores que pasaron por su Villa Ocampo, se ha querido ver en ella a una musa sin obra, protagonista de algunos de los momentos más emocionantes del siglo XX. Darse es una cuidada selección de sus textos autobiográficos y ensayísticos, casi una novela de vida. El resultado es una de las cumbres de la literatura memorialística de nuestro idioma. Un libro donde la amistad con intelectuales como José Ortega y Gasset, Virginia Woolf, Rabindranath Tagore, Jorge Luis Borges o Igor Stravinski convive con agudas reflexiones sobre los celos, el amor adúltero y el arte de «descifrar un rostro». Todos los prejuicios de su época parecen haber concluido en un momento en el que mujer y autobiografía vuelven a estar en el centro de la literatura del siglo XXI. Quizá porque, como ella misma escribió, el principal enemigo de la literatura (y de la mujer) es el pudor.

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Descubrimos, al frecuentar su casa (organizaba concursos entre sus alumnas cada tanto) que Berta Krauss fumaba. Esto nos asombró. Nunca habíamos visto fumar a una mujer, aunque Madrina, que había viajado por muchos países (Rusia, Estados Unidos, Egipto), alguna vez dijo que en no sé qué lugar las mujeres fumaban cigarros. Este fue un descubrimiento del que las chicas, alumnas de Miss Krauss, hablábamos, cuchicheando. «¿Sabés que fuma?» En la casa de Miss Krauss, con sus tres patios, se paseaba un perro enorme llamado Troll. No se parecía nada a Palomo, el perro de Mademoiselle. Como tampoco se parecían las casas en que vivían. La de Miss Krauss estaba casi en la barranca de Carlos Pellegrini. La de Mademoiselle, mucho más chica y lejos, en una calle de baldíos, Coronel Díaz.

Mademoiselle trajo, cuando veraneábamos en San Isidro, un nuevo libro para lectura en alta voz, en clase. Este nuevo libro era viejísimo, con las páginas cubiertas de manchas de humedad. Dos volúmenes que le habían regalado, premio por su buena conducta, en épocas lejanas —suponíamos—: Les Aventures de Télémaque. El libro no prometía mucho en cuanto al aspecto. No tenía figuras, y se parecía a otros ­libros aburridos. Pero cuando empecé a familiarizarme con el mundo desconocido de diosas y ninfas que allí circulaban me empezó a gustar, y hasta a entusiasmar. Todas eran lindas, y Télémaque me pareció encantador tal como lo imaginé. Por razones de edad tenía que ser más seductor que ese Ulysses de cuya partida no se consolaba Calypso. Y Eucharys me gustó más que Calypso.

Después de la lectura, cada día, Mademoiselle tomaba los dos volúmenes y, en vez de guardarlos en el cajón de los demás libros, levantaba la cortina de hierro de la chimenea (que no se encendía en verano) y allí escondía el olímpico mundo en que yo ya soñaba vivir. El escondrijo me pareció vergonzoso, al principio. Pero poco a poco me acostumbré a la rareza de aquella ocurrencia, y la aprobé. Con el correr del tiempo, me habría parecido chocante que Mademoiselle hubiese guardado esos libros en otro lugar.

Ese lugar participaba del particular encanto de Télémaque. Mademoiselle nos leía ella misma el libro y había prohibido que lo sacáramos de la chimenea en su ausencia. Nada más fácil que levantar la cortina de hierro y apoderarnos de aquellos dos tomos (la lectura avanzaba lentamente). Pero ni se me ocurrió, a pesar de que no había obstáculo material alguno. El obstáculo existía, pero de otra índole. Dimanaba del libro mismo, de sus páginas manchadas de humedad, maravillosas e indefensas. ¿Cómo se podía proceder de manera poco noble con un libro lleno de nobleza? Cuando Calypso, la ninfa Eucharys, Télémaque y Néoptolème desaparecían en la chimenea, ahí convenía dejarlos hasta el día siguiente, aunque me devorara el deseo de continuar la lectura y de vivir en tan deslumbrante compañía.

Mademoiselle llegaba a Villa Ocampo en el tren de la una. Nunca, de mémoire d’homme, lo perdió, aunque los días de lluvia torrencial abrigábamos esa esperanza. Nunca se enfermaba, tampoco, a pesar de que alguna enfermedad leve pero prolongada le solían desear sus alumnas.

La esperábamos en el portón, y yo, corriendo, me subía al estribo del break gritándole al cochero que quería detener los caballos: «Siga, siga».

Los días grises, especialmente si les tocaba cortar el césped a los peones, todo olía a pereza y a flores mientras el ruido de afilar guadañas (yo pensaba: las afilan tanto para no cortar el pasto. ¡Los comprendo tan bien!) daba sueño. Yo tenía una vaga y casi defraudada esperanza de que nos permitieran ir al Bajo, en vez de encerrarnos en el cuarto de estudio. Todo en el jardín y en el cielo parecía «no hacer nada». El sol dormía detrás de nubes pesadas e inmóviles; los montones de pasto húmedo olían a trébol. Las hojas de los árboles no se movían. Los peones, sentados a la orilla de los caminos, tenían una lentitud perezosa para sacar del estuche de cuerno la piedra de afilar. La monotonía del cielo gris se apoderaba de todo, de los ruidos, de la medialuna repetida que dibujaban las guadañas al cortar el pasto; por las ventanas abiertas entraba en nuestro cuarto de estudio con una invencible modorra. Me entraba a mí por los ojos y la nariz. Apoyaba la cabeza en el brazo extendido sobre la mesa; la mesa cubierta de un hule que se me pegaba (¡Ah! ¡El olor a hule de las lecciones en verano!). Mademoiselle, insensible a la tentación de una siesta que invadía ese cuarto, me retaba: «Voulez-vous vous tenir comme il faut? Ne vous vautrez pas sur la table. Ce n’est pas là une façon d’écrire». Y agregaba, como hablándose a sí misma: «Elle est paresseuse comme une chenille. Elle baille comme une carpe à ­l’agonie». (Este hablar de mí como si se tratara de un objeto no me sacaba de mi remolonear. De mi perdedero de tiempo, hubiera dicho Vitola, que seguramente estaba en el hall, abanicándose.)

En efecto, yo era un bagre agonizante. Deseaba tirarme al jardín como un bagre ha de desear tirarse al agua si del agua lo sacan. Y destilaba pereza como un batallón de orugas. Los días nublados, en verano, eran para mí días especiales que los mayores anulaban por culpa de su genio maligno. Esos días, no se podía siquiera seguir la marcha del sol ausente. No se podía vigilar, desde la ventana, cómo avanzaba la sombra de la casa en el jardín, indicando la proximidad de las cuatro. A las cuatro, yo sabía que la sombra llegaba hasta la palmera y allí dibujaba, consoladoramente, la hora de la libertad: «Está el coche para la señorita mademoasel», anunciaba alguna mucama misericordiosa. Cuando era Miss Ellis, decían: «La señorita mademoasel Miselis».

Una o dos veces, por temporada, nos dejaban ir al Bajo a la hora de la lección de francés. Felicidad única. Corriendo, bajábamos por la barranca; corriendo llegábamos hasta la vía del tren (para cruzar, había que esperar a alguna persona mayor); corriendo me lanzaba por la avenida de álamos bordeada de zanjas con agua a flor de barro. Allí, en un sitio donde la zanja era más honda, pescábamos, con cañas de bambú verdes y gusanos que juntábamos en un tarrito. Bagres, tarariras, anguilas pasaban tal vez por ahí, pero mirarían con desconfianza nuestra carnada. No «picaban». El hecho es que solo Bernardo, el peón, aseguraba haber pescado anguilas. Nosotras teníamos que contentarnos con ver temblar el corcho sobre el agua barrosa. Rara vez se hundía y quedaba un bagre prendido del anzuelo. Pero esta escasez de pesca no disminuía nuestro entusiasmo. Y en cuanto a Bernardo, sabíamos que pescaba todos los días a la hora de la siesta. ¡Qué maravilloso destino! —pensábamos—. ¡Con razón pescaba hasta anguilas!

Detrás del invernáculo, en Villa Ocampo, un pedacito de jardín nos pertenecía. Ahí podíamos hurgar en la tierra, hamacarnos en una hamaca que colgaba al lado de un trapecio y de una escalera de cuerdas por donde yo me trepaba. Debajo, un colchón de arena esperaba las posibles caídas. Yo había llegado a hacer pruebas en el trapecio. Pruebas que exigían cierta fuerza y cierta destreza. Un día le quise enseñar a mi hermana Angélica una de ellas: la más fácil. La hice colgarse del trapecio en la postura de los pruebistas de circo cuando esperan que otro pruebista se lance de otro trapecio y se prenda de sus manos. Esto lo hacía yo sin dificultad. Le imprimí al trapecio un movimiento de balanceo, como lo hacía yo. Mi hermana perdió el equilibrio y se cayó de cabeza al suelo. Empezó a sangrarle la nariz. El espectáculo de esa cara ensangrentada me llenó de horror y de remordimientos. Me sentí criminal.

Yo no imaginaba los juegos, la clase, los paseos, el comer, el dormir, el reír, sin mi hermana. No imaginaba que ella pudiera no querer lo que yo quería, hacer otra cosa que la que se me ocurría hacer y hacerle hacer a ella, por consiguiente. Si yo decidía que fabricaríamos perfume con hojas de rosas, tenía que ayudarme a llenar de pétalos una cacerola con agua que yo ponía en el horno, segura de que había inventado un método excelente. Si otro día pensaba que podíamos teñir algún género, aplastando flores de colores vivos, tenía que ayudarme a coleccionar trapos para el experimento. Ella comía masitas que yo prefería, pues me parecía inconcebible que pudiera ­preferir otras. No la distinguía de mí misma, fuera de las ocasiones en que me adjudicaba el derecho de comer doble ración de masitas, y de llevar la voz cantante. Mis tías abuelas —a veces me daba cuenta de la diferencia— me mimaban más que a ella. Esto me molestaba mucho en cuanto lo notaba. Cuando me llamaban para hacerme un regalo, preguntaba inmediatamente: «¿Y Angélica?». No había secretos entre nosotras (¿y cómo los podría haber habido si ella era yo?). Nos entendíamos a medias palabras. Nos ponían los mismos vestidos, los mismos sombreros, los mismos zapatos. Los míos eran más grandes, pero eso era todo. Leíamos los mismos libros, a las mismas horas. Estudiábamos en la misma geografía, la misma gramática, a las mismas horas. Íbamos a todas partes juntas, yo adelante y ella atrás. Entrábamos en las mismas tiendas, yo adelante y ella atrás. Subíamos en los mismos coches (break o cupé), yo adelante y ella atrás. Trepábamos por las mismas escaleras, yo adelante y ella atrás.

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