Victoria Ocampo - Darse

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Durante muchos años la fama de Victoria Ocampo ha impedido valorar su obra. Instigadora de importantes proyectos culturales, como la revista
Sur, feminista y pensadora, amiga de escritores, artistas y compositores que pasaron por su Villa Ocampo, se ha querido ver en ella a una musa sin obra, protagonista de algunos de los momentos más emocionantes del siglo XX. Darse es una cuidada selección de sus textos autobiográficos y ensayísticos, casi una novela de vida. El resultado es una de las cumbres de la literatura memorialística de nuestro idioma. Un libro donde la amistad con intelectuales como José Ortega y Gasset, Virginia Woolf, Rabindranath Tagore, Jorge Luis Borges o Igor Stravinski convive con agudas reflexiones sobre los celos, el amor adúltero y el arte de «descifrar un rostro». Todos los prejuicios de su época parecen haber concluido en un momento en el que mujer y autobiografía vuelven a estar en el centro de la literatura del siglo XXI. Quizá porque, como ella misma escribió, el principal enemigo de la literatura (y de la mujer) es el pudor.

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Carmelo era el segundo mucamo de las tías (a las órdenes de Juan). Petiso y alegre, jugaba todo cuanto ganaba y le regalaban a las carreras, decían. Catalina era mucama de mamá, persona importante en la casa. También vasca (Catalina Iparraguirre) y muy porfiada. Su preferida era mi hermana Pancha, que había nacido cuando ella «entró en la casa». Le aconsejaba a Santos (otra mucama de Madrina) que comprara un pedacito de tierra en un buen cementerio, porque valía la pena hacer el gasto: «Eso es para toda la vida», agregaba.

Había otros sirvientes, pero quedaban más en la penumbra. Excepto Mary. Mary era irlandesa y había sido mucama de Madrina. La conocí siempre jubilada y viviendo en casa de las tías abuelas, con toda clase de privilegios. Le llevaban la comida a su cuarto porque sufría de reumatismo. Mary era misteriosa. Hablaba mal el español, a pesar de que entró a la casa a los diecisiete años y allí se quedó para el resto de la vida.

A todo le agregaba: but. «But ya le dije que su Madrina la llamaba». «But ¿por qué desobedece?» «But when yo le digo que…» Madrina hablaba siempre de «la pobre Mary» 2. Yo no le veía nada de pobre y mucho de prepotente.

Otro irlandés, Gathny, iba todos los veranos a Villa Ocampo con su hijo de mi misma edad. Era butler. Alto y serio. Al comienzo de la temporada desaparecía dos días. Madrina decía: «Hay que dejarlo al pobre. Es su debilidad, pero después se porta muy bien». Los sirvientes no hablaban de debilidad sino de tranca. «Duerme la mona», comentaban. Yo le preguntaba a Franky, el chico: «¿Y tu papá?». «Está durmiendo».

Pero cuando empezaba a servir la mesa Gathny era un maître d’hôtel modelo. Imponía su disciplina a la familia. Si se quedaban conversando de sobremesa más de lo debido, abría la puerta del hall y anunciaba, lacónico: Café hall. Querría, sin duda, dejar todo en orden antes de retirarse a descansar. Madrina decía: «Este Gathny», como decía: «¡Pobre Mary!». Siempre los disculpaba y protegía. Había que aguantar sus manías como las de Juan Montero.

Al poco tiempo de ponernos en manos de Alexandrine Bonnemason, nos dijeron que íbamos a estudiar inglés. Nuestra maestra se llama Miss Kate Ellis. También estudiaríamos solfeo con un antiguo profesor de violín de mamá. Mamá estudió el violín. Nuestro profesor de solfeo se llamaba Frigola. Este hombre nos pareció viejísimo y me dio asco cuando supe que le gustaba lo que más detesto: las natas. Esa telita que se forma sobre la leche hervida era mi pesadilla. A él le llevaban una taza de leche donde flotaban. Arrodillada sobre una silla y casi acostada sobre la mesa, miraba a Frigola saborear sus natas. Colgaban de sus bigotes cuando terminaba de beber. Me fascinaba el asco que me daba. Nos hablaba de redondas, blancas, corcheas, semicorcheas, fusas, semifusas, de manera aburrida.

Siempre tenía malas notas en solfeo. Frigola las escribía en una libreta de hule negro. Un día me dijo que se las mostraría a papá, en vista de lo cual tiré la libreta arriba de un ropero (delante de él). Frigola se quejó de mi comportamiento a Miss Ellis. Esta le advirtió que no se podía esperar mucho apoyo de las tías; que las tías interceptaban los mensajes a las autoridades de la calle Viamonte 482 si acusaban de algo a su sobrina predilecta.

Por otro lado, yo le hacía gracia a Frigola y me aprovechaba de esa situación. No podía soportar ni que me diera la mano (por las natas). Un día, yo estaba comiendo una palmera de Blas Mango delante de él, y se me quedó un pedacito pegado en la mejilla. Con la punta de sus dedos cuadrados, Frigola la sacó. Me fui de una carrera al baño a jabonarme la cara.

Frigola me llamaba, nunca supe por qué, «la espartana». Siempre llegaba con su violín en una caja, y yo le pedía que tocara «la polca del gallo». Supongo que él la habría inventado, pues nunca he oído hablar de ella después.

Miss Ellis tenía rico olor, ropa limpia y blusas almidonadas. Aprendí rápidamente el inglés, pero no podría decir cómo. De oído. Aprendí a leerlo. Miss Ellis andaba siempre cargada de revistas llenas de figuras, y solía traernos bombones de chocolate. No nos daba miedo, como Mademoiselle. Las Nursery Rhymes eran divertidas, y también los cuentos de Miss Ellis. Hablaba continuamente de Queen Victoria y de la familia real. Nos mostraba fotografías de esa familia en las revistas. El Transvaal y los bóeres la preocupaban. Los ingleses no los querían, ni ellos a los ingleses. Me empezaron a gustar los bóeres. Miss Ellis hablaba de Mafeking. Nos contaba cómo era Navidad con nieve, en Inglaterra; y el convento donde se educó, St. Leonards. A veces íbamos con ella a las tiendas inglesas de la calle Cangallo. En las tiendas hablaba de la guerra bóer, en inglés. Yo oía: «It’s a shame».

No tenía buenas notas en mis lecciones de inglés y, a pesar de ser muy buena, Miss Ellis se quejó de mí a mis padres. Los fue a ver (pues nosotras recibíamos la lección de inglés a las cuatro, en casa de las tías). Les dijo que no me contentaba con no estudiar, que distraía a mi hermana de su trabajo haciendo toda clase de morisquetas. Que mi hermana, más seria que yo aunque menor, era mi víctima. Que la que hacía y deshacía era yo y por consiguiente era yo la que siempre tenía la culpa de todo. Recibí un buen reto de mi padre. Llena de indignación y de rabia (consideraba que mi hermana no era mi víctima, puesto que yo compartía o tra­taba de compartirlo todo con ella), no sabiendo cómo desquitarme, me puse a ­escribir. Escribí una protesta acusando a Miss Ellis de ser cobarde por «contarles» cosas a mis padres (ser cuentera era algo que yo no toleraba, ni en los grandes ni en los chicos); escribí que los ingleses eran cobardes porque querían aplastar a los pobres bóeres; escribí que deseaba una completa victoria de los bóeres en África; escribí que hacía votos por el aniquilamiento del Imperio británico. Finalmente, señalé lo que habían hecho con Juana de Arco, seguramente por algunas cuantas morisquetas que les desagradaban. Descubrí que escribir era un alivio 3.

Mademoiselle detestaba a los ingleses y a Inglaterra: se le veía por encima de la ropa. Llamaba a Inglaterra «la pérfida Albión». Claro que si se había conducido con Francia como Miss Ellis conmigo, lo comprendía. Miss Ellis decía que la marina de guerra francesa estaba adonnée à l’opium. ¿Qué sería el opio?

Mademoiselle no era cuentera. Ella misma daba y hacía cumplir, sin piedad, las penitencias. Y a mí me tocaba la mayor parte. Contra esto no me indignaba como me indigné contra lo otro. Y eso que era capaz de tenerme ocupada en cumplir con las penitencias el tiempo en que tenía derecho a jugar. «Vous allez me conjuguer le verbe désobéir»; «Vous allez me conjuguer le verbe répondre»; «Vous allez me conjuguer le verbe grogner.»

—lmpossible.

—lmpossible n’est pas français.

Si no era francés, tampoco era argentino. ¡Miren qué pretensión!

A veces Mademoiselle me ponía de pie, con los brazos en cruz y un libro en cada mano. O nos amenazaba con lo que llamaba le bonnet d’âne, que confeccionaba con un diario viejo. Vi ese bonete sobre la cabeza de dos de mis hermanas. Me salvé de él porque los brazos en cruz era más penoso; ellas eran demasiado chicas para ese castigo.

El bonnet d’âne, fuera de ser humillante, no molestaba. Pero los brazos en cruz, al cabo de dos minutos, eran un suplicio.

—Vous me faites devenir chèvre… —decía Mademoiselle.

¿Por qué cabra? ¡Ese animalito tan lindo! «Vous me faites devenir tigre» me hubiera parecido más justo.

Yo le temía al tigre que dormía siempre con un ojo abierto en Mademoiselle, aunque ella lo llamara cabra. La he visto romper las tapas duras de las Fábulas de La Fontaine al oír: «Je ne sais pas».

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