Victoria Ocampo - Darse

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Durante muchos años la fama de Victoria Ocampo ha impedido valorar su obra. Instigadora de importantes proyectos culturales, como la revista
Sur, feminista y pensadora, amiga de escritores, artistas y compositores que pasaron por su Villa Ocampo, se ha querido ver en ella a una musa sin obra, protagonista de algunos de los momentos más emocionantes del siglo XX. Darse es una cuidada selección de sus textos autobiográficos y ensayísticos, casi una novela de vida. El resultado es una de las cumbres de la literatura memorialística de nuestro idioma. Un libro donde la amistad con intelectuales como José Ortega y Gasset, Virginia Woolf, Rabindranath Tagore, Jorge Luis Borges o Igor Stravinski convive con agudas reflexiones sobre los celos, el amor adúltero y el arte de «descifrar un rostro». Todos los prejuicios de su época parecen haber concluido en un momento en el que mujer y autobiografía vuelven a estar en el centro de la literatura del siglo XXI. Quizá porque, como ella misma escribió, el principal enemigo de la literatura (y de la mujer) es el pudor.

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Utilizaré notas escritas hace treinta años. Tal vez estas notas no sean significativas más que para mí misma. Constituyen un aide-mémoire sobre mi persona, para mi persona. Los médicos preguntan al enfermo que examinan por primera vez qué enfermedades tuvo de niño. Esta vendría a ser la etapa del sarampión, de la tos convulsa, de la varicela, etcétera; el cuadro clínico de la infancia en un plano que no es el de la salud física, aunque puede muy bien vincularse con ella, o más bien dicho no estar disociada de un estado de euforia física, de exceso de vitalidad con todas sus ventajas y sus inconvenientes (porque hasta lo aparentemente bueno y puramente positivo tiene sus aspectos negativos en este mundo contradictorio y tan a menudo incomprensible en que nos movemos).

1Sin embargo, como observa Graham Greene: «For the self we remain always the same age».

EL ARCHIPIÉLAGO

BUENOS AIRES

Esta calle estrecha tan fea no puede ser Florida. Cuando me fui era ancha. Me aseguran que era igual. Nadie me convencerá.

[…]

Hablo mejor francés que español, y me gusta más. ¿Cómo ha pasado?

Una mademoiselle muy vieja viene a darnos lecciones de francés. Al cabo de cinco minutos le digo: «Vuelvo enseguida. Un minuto». No vuelvo.

[…]

Paul, el cocinero, era negro. Había nacido en una isla que se llamaba la Martinique. Parado en la puerta de la cocina que daba a uno de los patios, me sonreía, con un bonete blanco sobre la cabeza. Siempre andaba de bonete blanco. Hacía huevos fritos como nadie en el mundo, decían. A mí me encantaba el encaje dorado que rodeaba los huevos fritos en los platos blancos y rosados. Soñaba con huevos fritos.

[…]

Paul no me echaba de la cocina, como François del último patio. Yo miraba sin cansarme, cada día, cómo vaciaba los pollos o limpiaba el pejerrey. No sé qué cara tenía; veo sus manos que preparaban las fuentes con tanta perfección. Era bien negro.

Pero las tías se mudaron de la vieja casa de rejas y patios. Mi padre les iba a hacer una nueva en la misma esquina de siempre. Se mudaron a casa de Madrina, Tucumán 675. La idea de cambiar de casa me divirtió.

[…]

Cuando en diciembre nos vamos a San Isidro, duermo en el cuarto que está al lado del de Vitola y Carmen. Vitola se sienta cerca de mi cama y casi todas las noches me lee cuentos de hadas, antes de apagar la luz; pero siempre queda una veil­leuse encendida porque tiemblo en la oscuridad. Cuando Vitola se ha acostado, empiezo a decirle: «Hasta mañana, Vitola». Contesta: «Hasta mañana, gatita». Esto sigue y sigue. Vitola se cansa y no contesta. Entonces aumenta mi fervor y mi deseo de hacerle repetir, aunque sea una vez más, su «Hasta mañana, gatita». Tiene que ser ella la última que lo dice. Si no, no estoy en paz.

Esta ceremonia tiene lugar cada noche. A veces Vitola se empaca y no contesta. Le parece que insisto demasiado. Entonces, ¡qué problema! No puedo callarme, ni quiero disgustarla. No. No puedo abandonar la partida hasta oírle decir «Hasta mañana, gatita».

Una noche, después de haberme acostado, conversé con Vitola y me dijo que no se llamaba Victoria, que su verdadero nombre era Antonia, o que su primer nombre era Antonia. Se llamaba Victoria solo en segundo término. Quedé anonadada. Me invadió un dolor tan insoportable que traté de hacerle decir que no era la verdad. Que era una broma. Vitola contestó que no era un chiste. Insistí. Inútil. Vitola aseguraba que me hablaba en serio. Entonces la tormenta estalló. Le dije que todo eso era horrible. Que no podía soportar que se llamara Antonia después de haber creído que se llamaba Victoria, como yo. Le supliqué, con lágrimas en los ojos, que me dijera que su verdadero nombre era Victoria. No parecía comprender que era una cosa muy grave para mí. No veía que yo estaba de veras desesperada. Sonreía cruelmente —me pareció—, y sacudía la cabeza. Me anonadaba su insensibilidad. Yo no comprendía que ella no comprendiera.

A la mesa (yo comía con las tías abuelas) me sentaban entre Vitola y Madrina. A menudo ponía una mano sobre el hombro de Vitola y otra sobre el hombro de Madrina. Vitola solía preguntar riendo: «¿Es cariño o comodidad?». Yo, invariablemente, contestaba: «Comodidad». No era cierto.

Una tarde, en el jardín de Villa Ocampo, había mordido y chupado unas frutitas raras, que no se comían en la mesa y tenían mal gusto. Las arranqué de un arbolito con espinas que estaba al lado del portón. Le pregunté a don Francisco, el que mandaba en ese jardín, cómo se llamaban. No me lo dijo, pero me advirtió que era veneno. A medida que se acercaba la noche, la voz del jardinero crecía dentro de mí: «VENENO, VENENO, VENENO». No podía pensar en otra cosa. Iba a morir envenenada. Iba a morir esa misma noche. Cuando estuve en la cama y le dije «Hasta mañana» a Vitola, llegó una ola tremenda de terror. Le había dado un beso a Vitola por última vez. Más valía que ella no lo supiera. Si yo se lo decía, sería peor. Era necesario callarse. Daba vueltas en la cama. No encontraba postura adecuada para esperar la muerte. ¿Cuándo empezaría a sentirla? ¿Cuánto tiempo haría falta esperarla? ¿Por qué lado del cuerpo empezaría? Vitola, en el otro cuarto, acabó por oír que yo no me quedaba quieta, como de costumbre, y vino a ver qué pasaba. Mi camisón estaba empapado en sudor. Esto la sorprendió. Preguntó si me dolía algo. Contesté que tenía ganas de hacer pipí. Su presencia me aliviaba, pero estaba resuelta a no decirle nada. Me puso otro camisón. Me dijo que era hora de dormir, que ya estaba amaneciendo. ¿Amanecía? ¿Habría luz? Pero entonces es que no voy a morirme —pensé—. De día nadie se muere. Cuando Vitola se fue, ya había luz entre las persianas. ¡El día! Abrazada a mi almohada, y rendida, me dormí.

[…]

Tenemos muchos juguetes. Pero mi tía abuela Rosa es la guardiana de los juguetes. Dice que los estropeamos rápidamente, y ha hecho hacer un armario con puertas de vidrio donde los guarda bajo llave (no todos, pero los más lindos). Allí está un muñeco rubio, con traje de terciopelo verde y cordones dorados, que es maravilloso, y muy grande. No es mujer, es varón, de pantalones. Los 25 de mayo y los 9 de julio, y algún otro día importante del año, se abre el armario. El muñeco tiene también que ver pasar a los soldados. He conseguido que me lo dejen llevar a pasear en coche, a veces. Entonces le grito: «¡Respirá, respirá! Que pronto Rosa te pondrá en la cárcel». Espero que al oír estas cosas, o saber que las digo, Rosa se enoje.

[…]

Abraham, que cuidaba la quinta de verduras, tenía barba como papá Manuel, y un chico de mi edad, muy llorón. Lloraba si le escondíamos el gorro que siempre llevaba puesto. «Dame la gora, dame la gora», gritaba, lloriqueando. Nos pusieron en penitencia porque nos pescaron escondiéndole la gora. «No van a jugar más con ese chico si lo hacen llorar. Ya saben.» No entiendo por qué me daban ganas de hacer llorar a los chicos llorones.

Pero a mi primo Martincito tenía ganas de pegarle, todos los días. Les hablaba a las mujeres (a mí) con aire de despreciarlas. Si lloraban los varones, las niñeras les decían: «Te vamos a poner polleras». Entonces se figuraba que eran mejor —por usar pantalones— que las que usábamos polleras.

Nos anuncian, a Angeliquita y a mí, la llegada de una institutriz que sabe muchas cosas, es severa y no permitirá que yo haraganee, como lo he estado haciendo hasta ahora. Dicen que ya tengo edad de no hacer todo lo que me da la gana. O será que todavía no tengo edad de hacerlo, pregunto. Mademoiselle nos dará lecciones de francés todas las mañanas, de nueve a once. Se quedará a almorzar. A la una de la tarde nos llevará a Palermo, donde jugaremos y estudiaremos las lecciones para el día siguiente sentadas en un banco. La esclavitud. La esclavitud se llama Alexandrine Bonnemason. Es francesa, naturalmente. Una parienta nuestra se la recomendó a Vitola. Dijo: «Es un pozo de ciencia». Esta recomendación no me entusiasma. No tengo intención de convertirme en un pozo de ciencia. Ni quiero que quieran convertirme en eso.

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