Victoria Ocampo - Darse

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Durante muchos años la fama de Victoria Ocampo ha impedido valorar su obra. Instigadora de importantes proyectos culturales, como la revista
Sur, feminista y pensadora, amiga de escritores, artistas y compositores que pasaron por su Villa Ocampo, se ha querido ver en ella a una musa sin obra, protagonista de algunos de los momentos más emocionantes del siglo XX. Darse es una cuidada selección de sus textos autobiográficos y ensayísticos, casi una novela de vida. El resultado es una de las cumbres de la literatura memorialística de nuestro idioma. Un libro donde la amistad con intelectuales como José Ortega y Gasset, Virginia Woolf, Rabindranath Tagore, Jorge Luis Borges o Igor Stravinski convive con agudas reflexiones sobre los celos, el amor adúltero y el arte de «descifrar un rostro». Todos los prejuicios de su época parecen haber concluido en un momento en el que mujer y autobiografía vuelven a estar en el centro de la literatura del siglo XXI. Quizá porque, como ella misma escribió, el principal enemigo de la literatura (y de la mujer) es el pudor.

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Mi derecho de primogenitura, ese derecho tan comentado por la Histoire Sainte que estudiábamos, me parecía indiscutible y natural. Me hubiera parecido absurdo que pudiéramos vivir de otra manera que yo adelante y ella atrás. Ese orden venía de nuestro nacimiento. Yo exigía obediencia y ofrecía protección. Sin embargo, de noche, cuando atravesaba interminablemente en mi cama uno de esos inmensos desiertos de miedo en que me sentía perdida para siempre, era yo la que extendía el brazo hacia la cama vecina y despertaba a mi hermana: «¿Estás durmiendo?». Yo buscaba su mano. Y una vez que tenía entre la mía esa mano más chica, más débil que la mía (esa mano que tal vez habría apretado demasiado durante el día, por distracción o por violencia), la oscuridad enemiga se volvía menos amenazante.

Jugando a patinar en los patios de la calle Tucumán, se me ocurrió ponerme jabón en la suela de los zapatos; resbalé y caí sobre el brazo izquierdo. Sentí un dolor agudo, y no pude ya mover el brazo. Lo tenía que sostener con el otro. Esto sucedió después del almuerzo, a la hora de ir a Palermo. A pesar del dolor, salí como de costumbre, sin decirles nada a las tías. Cuando llegamos al bosque tenía el brazo hinchado y lo puse debajo de una canilla. El dolor aumentaba. Volvíamos a casa cuando a la altura de la Recoleta nos cruzamos con mamá. Hizo señas para que se detuviera nuestro coche. Se bajó del suyo. «¿Qué tiene esta chica?», preguntó. Me había visto la cara desencajada. Le dije: «Me caí patinando y no puedo mover el brazo ahora». Me llevó a su coche y fuimos a casa de un médico, Alejandro Castro, que tenía fama, en la familia (era pariente), de ser un gran médico. Entonces, además del dolor tuve miedo.

Quién sabe lo que me iban a hacer, y el hecho de que Alejandro Castro fuera un gran cirujano me alarmaba muchísimo más. Si se apelaba a tanta ciencia era por considerar el caso grave —pensé—. Peor que peor. El gran médico me miró y me tanteó el brazo sin que yo dijera ni mu. Le hizo una seña a mamá y se alejaron de mí. Hablaron. La cosa se ponía cada vez más seria para mí. ¿De qué hablaban? Volvieron, sonriendo, como dos cómplices. Él me dijo: «Vamos a colocar estos huesos en su lugar y no te va a doler más». Agregó que gritara si tenía ganas y si me dolía. Empezó a darle tirones al brazo. El dolor era horrible, pero el miedo era más fuerte que todo. Me mandaba callar. Si este médico se enteraba del dolor que yo sentía, me cortaría el brazo para curarme. Así hacían los médicos. Por fin acabó el martirio. Me entablilló y me vendó el brazo aquel hombre tan tranquilo y de mano segura. Le dijo a mamá: «Tenés una chica muy valiente». No era cierto. Yo no había gritado por cobardía. Mamá volvió a casa conmigo y dijo que me había portado de tal manera que ella misma estaba asombrada. Tenía dos huesos rotos, «radius et cubitus», y me los habían colocado en la posición que correspondía para que pudieran soldarse. Ese volver a colocar era sumamente doloroso, y yo no había chistado. De miedo —pensé—. De miedo me dejaría matar sin chistar…, por raro que parezca.

Pasé un mes con el brazo inutilizable y aprovechando la oportunidad para hacer lo que quería. Cobré de esa manera el hecho de no haber gritado. Esta fama de valentía me colocó en un escalón más alto. Me daba nuevos privilegios. «La pobrecita ni se quejó. ¡Y dicen que es regalona!» La pobrecita sabía perfectamente por qué no se había quejado.

En Martínez, en una casa rodeada de jardín a la que se llegaba por una calle de eucaliptos, vivían dos parientas nuestras —ya señoritas de baile y novios— de una belleza perfecta: María Florentina y Lita. Yo prefería a Lita y hubiese pasado horas enteras contemplándola.

Casi todas las tardes, en verano, salíamos a dar una vuelta en break, y yo aprovechaba para decirle a Chacho: «Pasemos por lo de Moreno». Desde luego, la mayoría de las veces el jardín estaba desierto. Pero el solo hecho de pasar por el camino de eucaliptos, de ver la casa rodeada de plantas, de imaginarla a Lita allí, como La Belle au bois dormant, me llenaba de emoción. Lita era una princesa encantada. A veces aparecía en carne y hueso, a lo lejos, en el jardín, y naturalmente ni se daba cuenta de que ojos ansiosos la buscaban. Un día, que nos vio, hizo parar el break y dijo: «Bajen, chicas. Entren». Llevaba un vestido beige. Pude mirar de cerca esa piel sin rastro de color en las mejillas, pero como iluminada por dentro; esos ojos desmesurados y llenos de sombra brillante; la blancura de la sonrisa; el pelo negro que pesaba en rodete apretado sobre la nuca. Lita era alta y de taille élancée, como diría Mademoiselle. Tenía una languidez muy suya en el andar, como si viviera agobiada por tanta belleza, aunque no daba la impresión de pensar en su belleza.

Para mí, era diferente de los demás mortales y solo comparable con las diosas de la mitología.

Su olor era delicioso, no el de la gente que usa perfume, sino el de los bebés limpitos que huelen a jabón, a talco. Yo la miraba con la mayor discreción posible, temerosa de importunarla y de aburrirla. ¿Cómo podía interesarle a ella una chica como yo? ¿Cómo hubiera podido tomarme en cuenta? Yo hubiese querido decirle: «No sabés lo linda que sos. Sos lo más lindo que he visto en el mundo». Pero ni qué pensarlo. Tampoco me atrevía a pedirle permiso para admirarla a mis anchas; a preguntarle si eso la fastidiaba. No me sentía con derecho a mirarla como tenía ganas. Me portaba como una chica bien educada, y no era de buena educación, ya me lo habían dicho, molestar a los mayores mirándolos descaradamente.

Ese día, María Florentina bajó a saludarnos. Un instante su belleza me distrajo de la de Lita. El cuello de su blusa de lingerie no tenía esas ballenitas que se usaban para que el género quedara tirante. Este detalle, que en otra mujer me hubiese chocado (pues me gustaba que los cuellos fueran impecables), en ella resultó lleno de gracia. El cuello de la blusa de María Florentina podía comportarse de cualquier manera, arrugarse como un acordeón: todo le quedaba bien a ella. Y si algunas mechas rubias estaban fuera de su lugar, en la nuca, el desorden agregaba un encanto más al encanto. Pero la presencia de Lita impidió que me ocupara mucho de su hermana a pesar de la blancura de aquella piel, del celeste de los celestiales ojos, y del color miel del pelo, que dejaba descubiertas las orejas, como dos caracoles de preciosa carne rosa pálido.

Lita se paseó por el jardín conmigo. Si Venus (estábamos en plena era mitológica) hubiese bajado del Olimpo y la Virgen María del cielo para complacerme, no habría sentido más emoción. Al pasar junto a un rosal, quiso cortar una rosa para mí. Veo su gesto, su cabeza inclinada y su pollera que se enganchó en unas espinas. Paralizada por el espectáculo, ni atiné a librarla del traicionero rosal. Con reverencia hubiese tocado el ruedo de esa pollera beige y me hubiese pinchado los dedos desenganchándola. Hubiese querido detener el sol, como Josué, inmovilizar el tiempo y que Lita se quedara siglos cortando una rosa, y yo siglos mirándola cortarla, en un jardín de Martínez.

Puse la rosa en mi libro de misa. Estas cosas no eran terrenales.

[…]

Otra tía, casada con otro hermano de mi padre, Mercedes P., tocaba el piano muy a menudo en casa. Y muy bien. Había estudiado en París. Tenía unas manos blancas, chicas, con dedos de punta cuadrada, ágiles y poderosos. La piel de los brazos era suave. La nariz respingada no se parecía a las cosas tristes que tocaba casi siempre. Su músico preferido me parecía desesperadamente apasionado, melancólico y violento. También a mí me gustaba, lo prefería. Mercedes trajo a San Isidro dos innovaciones: el tenis y Chopin. Aprendí a jugar tenis (hicieron una cancha espléndida) y caí de rodillas ante Chopin.

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