Es sabido que el set de las películas de Fellini era una especie de gran circo, descrito por muchos protagonistas de esas mismas producciones como un ambiente de trabajo caracterizado por el placer de estar y operar juntos, moviéndose de un lugar al otro como si todos —del director al último figurante— fueran parte de una gran familia, como si la ficción del arte pudiera realizar el ideal de una convivencia feliz y armoniosa entre los seres humanos. Del mismo modo, Fellini demostró siempre un peculiar interés en la exploración de la variedad de la especie humana, por los caracteres, las expresiones, los rostros, hasta las narices, las cejas y las particularidades más excéntricas, exaltadas en los rasgos de las muchas maschere que constelan sus películas. En pocas palabras, una atención meticulosa por las caras inmediatamente expresivas, capaces de capturar al espectador a través de un encuadre más potente que mil palabras. Afloran así, muy evidentemente, los vínculos del director de Rímini con la tradición, toda italiana, de la bottega dell’arte (como praxis de trabajo compartido y creativo) y de la commedia dell’arte (como método de fecunda improvisación y como espectáculo de “máscaras”). Dos pilares de una manera circense y visionaria de trabajar y de mirar el mundo, que hoy llamamos felliniana , que ciertamente ahonda sus raíces en las mejores y más originales formas de creatividad artesanal y artística de la Bota.
Este bagaje ha acompañado al artista en la creación de una poética centrada en la continua y fructífera contradicción entre la fantasía y la realidad, donde esta última es contada a través de artificios y ficciones, pero siempre con gran honestidad. En el fondo, a los ojos de Fellini, el visionario es el verdadero realista, ya que para él la auténtica realidad de la existencia es lo que la imaginación produce. Una verdad esencial que el director presentaba a millones de espectadores, hasta exhibiendo sus fantasías y angustias más profundas. En ese sentido, Fellini es el fabulador que quiere sorprender, pero sin esconder la realidad de las cosas; se podría decir que él ha contado sueños, pero que lo ha hecho para capturar mejor la esencia de la realidad.
Este aspecto se manifiesta en toda su producción, pero de manera aún más sorprendente en La dolce vita (1960), la obra que le valió la consagración definitiva. Con maestría y potencia iconográfica inigualadas, la película pinta un retrato de la capital placentera en la época del milagro económico desnudando la otra cara del enriquecimiento: la deriva de una sociedad antropológicamente en transformación, cada vez más permeada por valores frágiles y ambiciones fútiles. El filme captura un aspecto en ese entonces difícil de leer y que sería explorado solo en las décadas siguientes. A contraluz, el director analizaba los cambios provocados por el impacto conjunto del consumismo, de la publicidad televisiva y de la cada vez más común vulgaridad, fenómenos nuevos que abrían el camino a ese sentimiento de decadencia 3(de la vida comunitaria, del país y de la sociedad humana en general) que acompañaría al hombre Fellini por el resto de su vida.
Más allá de estos importantes aspectos, probablemente menos percibidos por el espectador común y corriente, la película fue un éxito (sellado con la Palma de Oro en el Festival de Cannes) y un verdadero fenómeno de costumbre, volviéndose de manera indeleble el símbolo mundial del estilo de vida italiano. En tal sentido, la promoción cultural de Italia es doblemente deudora al Maestro riminés, no solo por haber descrito la italianidad —de la miseria decadente al toque de genio— en la complejidad de sus caracteres y de sus tipos humanos, sino también por haber entregado al imaginario contemporáneo un rasgo distintivo, la dolce vita , el cual resume en la fuerza de una breve frase el espíritu de un pueblo y de su civilización, moderna y plurimilenaria, evocando para todos y de forma inmediata una manera única, inclusiva y universalmente apreciada de ser y de estar en el mundo.
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