Cuando él se fue, ella se quedó triste y llena de culpa, pero sintiendo un alivio enorme.
Gastón tomó la noticia como algo lógico, como si fuese lo que correspondía, aunque, por supuesto, solo por parte de Camila, ya que él necesitaba unos meses, como ya había dicho.
Y los meses pasaron y pasó un año que se hizo cuesta arriba para ella. No era fácil ser vista por toda la familia como la infiel que había destruido un matrimonio. A nadie se le ocurría pensar por lo que ella estaba pasando, lo que había sentido y soportado. A nadie le interesaba analizar las circunstancias por las que se llega a una infidelidad, o sentir un poco de empatía o compasión. No, claro que no. Era más fácil juzgar.
Además de aquellas miradas acusadoras de su familia, debía soportar también todas las desventajas de ser «la otra»: tenía que responder a las indirectas de su ex y lidiar con la economía, porque no es fácil para una mamá separada llevar adelante una casa cuando la cuota alimentaria es poca y el trabajo no alcanza.
Para Gastón, por el contrario, era todo fácil: él tenía su familia bien constituida frente a la sociedad, una buena situación económica y, cuando podía organizarse, hacía sus visitas a Camila y gozaba de los momentos que ella le brindaba como mujer enamorada que atesoraba y estiraba cada minuto que él, de sobra, le daba.
No era una situación justa ni pareja. Pero a veces el amor nos ciega, nos anestesia y solemos soportar injusticias en su nombre.
Cada vez que Camila le recordaba que el tiempo estaba pasando, él respondía enseguida reprochándole:
—Si hubieses aceptado mi propuesta aquella tarde en la facultad, ya estaríamos juntos. En cambio, ahora se ha complicado la situación con la niña, que empieza la escuela. Necesito tiempo, unos meses más.
Excusas, excusas y más excusas. Ella lo sabía muy bien, pero estaba tan enamorada que no le importaba y estaba convencida de que tarde o temprano él se iba a separar y estarían juntos y felices comiendo perdices.
Pasó otro año y ya iban dos siendo «la otra», y extrañamente todo se fue convirtiendo en normalidad. Las visitas de él a las corridas. A veces, con más tiempo, hasta cenaban o almorzaban juntos con la niña de ella, que pensaba que era un amigo que iba a estudiar para los últimos exámenes. Se habían retrasado un poco, pero al fin ese año terminarían la carrera. Camila estaba segura de que al terminar la facultad llegaría su momento y él le daría por fin la noticia de que se había separado.
Pero no. No solo no se fue de su casa, ¡sino que la estaba agrandando! Empezó a refaccionarla y se lo contaba a Camila, diciéndole que como la casa era de él, el día que se separara y su esposa se fuera todo les quedaría a ellos. Camila sabía que no era así, que toda la situación era absurda. Él no respetaba ni a ella ni a su esposa. Sin embargo, no podía zafarse, estaba como enmarañada en una relación que la denigraba convenciéndose de que eso era amor.
Y pasaron tres años. Él era un maestro para inventar excusas, tanto a una como a la otra, e increíblemente las dos se las bebían.
En ese tiempo, Camila y Gastón trabajaban cada uno de manera independiente, aunque Gastón estaba mucho mejor posicionado porque tenía un segundo trabajo dentro de un banco, y fue gracias a eso que consiguió varios clientes contables que hacía en sociedad con ella. A Camila este gesto le había devuelto en parte la confianza en él, porque iban juntos al banco, él le presentaba a sus colegas e incluso le presentó a su hermano. Todo esto le hizo creer que esos tres años no habían pasado en vano y que pronto se regularizaría su situación.
Cada tanto, viajaban juntos por trabajo y ella fingía que eran un matrimonio feliz, pero esos viajes no duraban más de tres días. Entonces había que volver a la realidad.
Y pasaron cuatro años, y fue por uno de aquellos viajes por lo que Camila abrió los ojos finalmente. Él estaba acostumbrado a que siempre las dos le creyeran todo, por lo que las subestimó demasiado. Planificó un nuevo viaje de trabajo, pero con menos cuidado que los anteriores. Su esposa sospechó y lo presionó, le pidió ir con él para que le demostrase que no iba nadie más. Él, cobarde, aceptó.
A Camila la llamó unos días antes para decirle que no era necesario que ella fuera, que el banco lo mandaba solo a él, pero Camila esta vez no le creyó y también lo presionó. Finalmente, Gastón tuvo que reconocer que su esposa lo acompañaría, aunque se excusó como siempre, diciendo que él no sabía nada porque el pasaje aéreo lo había comprado ella como para sorprenderlo… y más de las mismas mentiras.
Camila tenía su corazón destrozado, pero sobre todo su orgullo. Era increíble cómo él lograba siempre hacerla sentir tan insignificante. El mismo hombre que en algún momento la había hecho volar ahora la bajaba de un hondazo.
Gastón fue y volvió de ese viaje, pero se quedó poco tiempo. Resulta que el banco le había ofrecido un ascenso y un traslado por unos meses a la misma ciudad a la que iban tan seguido él y Camila.
Llamó a Camila varias veces, pero ella no quiso responderle los llamados ni preguntarle si se mudaría solo o con su esposa, porque ya no le interesaba. No quería saber nada de nada.
Poco después del traslado de Gastón, ella fue al ban-co, como siempre hacía, a cobrar unos trabajos que había terminado. La ponía nerviosa entrar y que todos la vieran. Los empleados del banco, entre los que se encontraba el hermano de Gastón, sabían muy bien la relación que ellos habían tenido. Tenía miedo de sentirse observada o juzgada como la ingenua amante, sobre todo porque no se lo merecía. En definitiva, su único pecado había sido entregar ciegamente su corazón.
Tomó coraje y entró. Se sorprendió al darse cuenta de que nadie la miraba mal, sino que, por el contrario, la saludaban amablemente. Una o dos personas le preguntaron si sabía lo del traslado de Gastón y que él por unos meses no estaría en esas oficinas. Los demás no tenían necesidad de preguntar nada. Es más, hubiesen estado en condiciones de responder a preguntas que, de todas formas, Camila no tenía intención de hacer. Era raro estar ahí sin él. Se sintió triste y angustiada. Ese era un contexto en donde ella había sido feliz y libre de vivir su relación.
Recorrió los pasillos hasta el despacho de la persona que solía hacer los pagos. Recordó las veces que lo había hecho junto a Gastón y la forma en la que ambos siempre sonreían. Llegó frente a la puerta de la secretaría, se despidió de sus pensamientos y saludó a la empleada. Sin salir de su asombro, descubrió que Gastón era tan poderoso en sus manipulaciones que ni siquiera estando lejos dejaba de perjudicarla.
Resultó que no le podían pagar si él antes no autorizaba dichos pagos. La empleada que tenía que entregarle el cheque (en aquella época se cobraba generalmente con cheques que recibías en mano, nada de cuentas online y transferencias) le dijo:
—Espero que me disculpe, pero no puedo pagarle. El señor Gastón dejó expresas instrucciones de que para recibir sus honorarios antes debe llamarlo a él y rendirle cuenta de lo actuado, y después será él mismo el que me dará la autorización para que le paguemos.
Ella comprendió todo inmediatamente. Era el último desesperado intento de manipulación de parte de él, que, sabiendo de su necesidad económica, pretendía sobornarla obligándola a llamarlo para poder cobrar sus honorarios.
Estaba segura de que incluso él había planificado todo desde el primer momento en el que le propuso ser socios con los trabajos del banco, solo con el fin de preparar el terreno y seguir teniendo el control de la relación si alguna vez ella lo dejaba.
Pero una vez más la había subestimado. Ella lo llamó, sí, para decirle que sería la última vez y que mejor le pagara hasta el último centavo si no quería que todos se enterasen de la verdad.
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