Amar implica soñar y proyectar, volar alto con los pies sobre la tierra, pero acariciando aquellas nubes que parecen inalcanzables. Amar implica reír y llorar en situaciones en las que a veces es necesario perdonar y alejarse, o quedarse para pedir perdón.
Se ama con pasión o sin ella, pero siempre con ilusión; por ello, amar también implica decepcionarse. Se ama con el corazón descubierto y por eso muchas veces termina herido. Se ama con egoísmo o con humildad, se ama con sabiduría y también por impulso. Se ama a una persona, a un animal, a un ideal. Se ama inevitablemente y aunque pase desapercibido, y lo hacen aun aquellos que no saben cómo hacerlo y simplemente se dejan llevar. Hay quienes eligen la forma equivocada de amar, amando con rencor o posesión, o quienes aman de forma diferente cada día, pero también hay quienes lo hacen en cada acto de su vida. ¿Quién no ha vivido el dolor de una traición, la pasión de un gran amor?
Comencé a revivir en mi mente muchas de las historias de amor que protagonicé o de las que fui testigo a lo largo de mi vida, o más bien diría a finales de los 80 y durante la década de los 90 hasta el cambio de siglo, y decidí plasmarlas por escrito. No necesariamente las que están narradas en primera persona son mías o las que están como narradora omnisciente no lo son. Es simplemente la forma que sentí en ese momento que sería la mejor para involucrar al lector y hacerlo sentir parte.
Y aquí estoy, dando vida a esta obra, tantas veces postergada, de algunas historias propias y otras contadas. La postergaba quizás porque no quería herir susceptibilidades de quien se reconozca en alguna letra. Pero, en definitiva, ya no importa. Como dicen por mis pagos: «A quien le quepa el poncho que se lo ponga». Y yo agrego: «Que se haga cargo también».
De cada amor que tuve tengo heridas,
heridas que no cierran y sangran todavía.
Error de haber querido ciegamente,
matando inútilmente la dicha de mis días.
Tarde me di cuenta que al final se vive igual fingiendo...
Tarde comprobé que mi ilusión se destrozó queriendo...
Pobre amor, que está sufriendo
la amargura más tenaz…
Tango Tarde (1947). Letra y música: José Canet.
Aunque casi todas las historias están basadas en hechos reales, los nombres de los personajes y algunos hechos han sido cambiados y cualquier parecido con la realidad es pura coincidencia (o no).
LOS AMANTES
«Te extrañé hasta desangrarme de nostalgia.Y todavía no sé si en verdad te extrañaba o extrañaba solo lo que imaginaba que pudo haber sido y no fue».
Este no es, en mi opinión, el mejor relato de este libro. Fue el primero que escribí y lo hice casi sin respirar. Salió fluido y espontáneo, sin control. Su historia es la historia de tantas y es lo que lo hace especial. Por eso no podía no estar aquí, encabezando.
Camila entró en el aula de la clase del Dr. Gandía corriendo como siempre, preocupada porque estaba llegando tarde, pero también pensando en su hija pequeña, que estaba al cuidado de su madre.
Camila trabajaba y estaba terminando la carrera de Administración de Empresas. Tenía un pacto con su madre, que le había dicho:
—Yo te cuido a la niña, pero termina los estudios este año, por favor.
Así que cada minuto contaba y había que aprovecharlo.
Lo vio por primera vez durante esa clase. No le impactó particularmente, pero reconoció que tenía un no sé qué que la atraía. Gastón no era muy alto ni muy guapo, pero tenía esa actitud de los ganadores, de los que nacieron para llevarse el mundo por delante.
No es que ella anduviera mirando hombres por toda la facultad. Además, estaba casada, aunque había algunos problemas en su matrimonio (o tal vez ella sola los tenía, porque su marido parecía no enterarse). Lamentablemente, no siempre ser dos significa ser pareja, ni ser pareja significa ser compañeros.
Camila estaba cansada de ocuparse siempre de todo y de sentir que al final parecía una madre soltera o divorciada, siempre sola con su hija, incluso cuando iban al parque o a hacer la compra.
Su marido era un buen tipo, pero demasiado cómodo y egoísta. Digamos que su prioridad era él mismo. Primero, terminar sus ejercicios de entrenamiento diario (era un deportista) y después, ayudar con la niña. Primero, terminar su café antes de que se enfriase y después, preguntarle a ella si necesitaba colaboración.
Y como si su infinita comodidad no fuera suficiente, Camila siempre tenía que escucharlo decir la misma frase:
—¿Necesitas ayuda? —Ayuda…
Y cada vez que esto ocurría, ella, apretando los labios, se preguntaba en qué siglo estaban y se decía a sí misma: «¡Dios mío! No entiendo por qué siempre se da por hecho que los niños y la casa son de exclusiva responsabilidad de la mujer. Claro, pobrecito, el hombre solo colabora y, encima, hay que agradecérselo». Eso verdaderamente la exasperaba.
Gastón también estaba casado y tenía una niña de la misma edad que la de Camila. Nunca estuvo enamorado de su esposa. La quería, claro, pero no la amaba. Estaban juntos desde la adolescencia en circunstancias un poco particulares. En aquel tiempo, la mamá de Gastón, que era viuda, había formado una nueva pareja que la presionó para cambiar de ciudad. Como Gastón no quería ir con ellos, los padres de su noviecita del cole se ofrecieron a alojarlo hasta que terminaran las clases para que él no tuviese que cambiar de escuela.
Lo que debería haber durado unos meses terminó durando años, y al final Gastón se casó con aquella noviecita un poco por costumbre y otro poco por gratitud.
Tanto Camila como Gastón querían mucho a sus parejas, pero ya no había pasión, y eran demasiado jóvenes para vivir sin ese maravilloso sentimiento que nos recarga de energía, nos llena de adrenalina y nos empuja a tener proyectos y ganas de seguir adelante cada día. Tal vez por esto es que fue casi inevitable que sus vidas se entrelazaran.
Fue en una nueva clase del Dr. Gandía que se sentaron juntos. No era la primera vez que compartían banco y que charlaban. Camila de pronto soltó una frase espontánea, tonta e infantil, pero que no pudo ni quiso contener. Fue, como normalmente se dice, algo así como pensar en voz alta:
—Qué bien te queda esa camisa.
Él sonrió y la charla fue tomando otro matiz. Para el final de la clase, no tenían muy claro cuál había sido el argumento de la misma, porque la verdad es que lo único que querían era salir del aula e ir a tomar un café para hablar fuera del contexto universitario. Les costó encontrar un bar tranquilo, porque era el día de San Valentín y todas las parejitas salían a festejar. Finalmente se sentaron en uno pequeño dentro de un paseo comercial algo alejado. Era íntimo, perfecto.
Nunca habían tenido la intención de traicionar a sus parejas, de convertirse en los infieles, pero en el mismo instante en el que atravesaron la puerta de salida del edificio en donde estudiaban, supieron que ya no había vuelta atrás. Se sintieron infieles ambos desde ese preciso momento, aun antes del beso que se dieron en el coche.
Gastón muchas veces la llevaba en su coche hasta la parada del autobús y aquella vez, después del café, no fue la excepción, aunque fue muy diferente. Estaban nerviosos, emocionados, excitados, asustados, ¡todo junto!
Se dieron un beso sin saber cómo iba a continuar todo. Por primera vez en sus vidas se estaban dejando llevar por un sentimiento que era tan fuerte y salvaje que hubieran querido hacer el amor en el asiento del coche. Esa pasión era lo que no tenían en sus matrimonios y fue la culpable de su traición.
Todo pasaba muy rápido y era complicado: las salidas programadas a escondidas, que había que organizar muy bien porque eran principios de los 90, sin mensajes de texto en los teléfonos móviles y, por lo tanto, un malentendido significaba también un desencuentro; disimular la casi evidente intimidad desbordante cuando estaban en las clases, ya que tenían muchos amigos dentro de la facultad, por lo que no era conveniente que los vieran demasiado en confianza. .
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