1 ...8 9 10 12 13 14 ...18 Jürgen Klopp dice que si logró aprobar su Abitur (examen final de bachillerato) fue gracias a Hardy. Puede que sea exagerar un poco, pero Hartmut admite que su amigo —a quien se le daban de maravilla la lengua y el deporte, pero iba más flojo en ciencias— se aprovechó de estar a su lado mientras hacían los exámenes. «Por entonces era mucho más fácil copiarse», ríe el más joven de los hermanos Rath. Ambos fueron al Pro Gymnasium (escuela gramatical) de Dorfstetten, compartiendo clase desde octavo en adelante. Klopp había ido a la misma clase que Ingo Rath durante los dos primeros cursos, pero, luego, los profesores le aconsejaron que diese «una vuelta de honor» —así es como se conoce entre los escolares alemanes a tener que repetir curso—. «Tampoco es que el colegio fuera lo que más le importaba», sonríe Hartmut Rath. «Estaba mucho más interesado en el fútbol y las chicas». Pero era un buen chico, respetaba a sus profesores y casi nunca se metía en problemas. Hardy calcula que apenas pasaban por el aula de castigo una o dos veces al año.
Pero había otros pecadillos que traían consigo su propio castigo. Con catorce años Klopp y sus amigos participaron en un torneo social de fútbol. Se suponía que para poder participar había que tener cumplidos los dieciséis años; pero como Norbert Klopp era uno de los organizadores, hicieron la vista gorda con ellos. No fue su mejor torneo, lo que no evitó que se llevaran a casa el premio de los vencedores —una botella de whisky—, porque el equipo ganador no se presentó a la entrega de trofeos. Jürgen y los Rath dieron buena cuenta, fuera del recinto, de ese botín tan poco merecido: llegaron a casa hechos unos zorros.
El apodo de Klopple cambió rápidamente por el de Der Lange , el largo, en cuanto se convirtió en el más alto de la clase y el equipo. Después del décimo curso, Hardy y Klopp asistieron al Eduard-Spranger Wirtschaftsgymnasium de Freudenstadt para preparar el Abitur. Jürgen tuvo un scooter a los quince años y un par de 2CV — Ente (pato), como lo llaman los alemanes—, de esos de color rojo Burdeos. Robert Mongiatti, uno de los mejores amigos de Norbert Klopp, le arreglaba el coche frente a la casa familiar. Jürgen heredaría más tarde un VW Golf amarillo chillón que había pertenecido a su hermana Stefanie.
Un compañero de clase solía invitar a los demás a estudiar en un cobertizo aislado que tenía en el jardín. Como es de esperar, no siempre se adherían al plan de estudios. Los adolescentes organizaban fiestas en el sótano de los Rath y en el garaje de Norbert Klopp, jugando a la botella. Si los padres de alguien se ausentaban de la casa, las parejas sacaban buen provecho de los dormitorios. Aunque los detalles no están del todo claros, es bastante probable que los morreos formaran parte de los repasos de lengua. La clase de Klopp fue a la ciudad de Port-sur-Saône durante un intercambio escolar, donde solo podían hablar en francés durante las dos semanas de estancia. Los chicos se lo pasaron tan bien en Borgoña que regresarían el siguiente verano para pasar las vacaciones en un camping.
«Jürgen era quien lideraba las actividades sociales», dice Hartmut Rath. «Era extrovertido, formaba parte del grupo de teatro del colegio. Le interesaban un montón de cosas de lo más variadas, la gente decía que era muy abierto de miras». A menudo, discutía de manera acalorada sobre política con su padre, quien tenía una mentalidad mucho más conservadora.
En 1998, tres semanas antes de jubilarse, Norbert Klopp enfermó. Cáncer de hígado. Los doctores le dieron una esperanza de vida de entre tres semanas y tres meses. Aquel diagnóstico fue todo un mazazo para la familia. Norbert siempre había llevado una vida sana, activa. No fumaba. «Ese cáncer no podrá conmigo», prometió. Estaba decidido a mantenerse optimista, encontrando de gran inspiración el libro de Lance Armstrong en el que cuenta su cáncer testicular. Sus hijos lo llevaron a varias clínicas. Le fue extirpado el hígado, se lo criogenizaron y se lo reimplantaron. Vivió casi dos años más, decidido a disfrutar cada día que le quedara. «Aquello cambió ese punto de vista tan tradicional que tenía sobre las relaciones entre hombres y mujeres, se mostró más comprensivo con mis actos de rebeldía y mi búsqueda de libertad», cuenta Isolde Reich. Poco antes de su muerte, en el año 2000, un debilitado Norbert llevó a su cuerpo al límite para jugar, una vez más, un partido de tenis con su club. Fue su legado. Su victoria. Para los Klopp fue un gran consuelo ver que Norbert cumplía su último deseo.
Lo llevaron a casa, a Glatten, para que pudiera pasar allí sus dos últimas semanas de vida. Sus dos hijas se mantuvieron a su lado día y noche, turnándose para estrecharle la mano. Isolde cuenta que Jürgen lo pasó muy mal, porque sus compromisos con el Mainz no le permitían pasar tanto tiempo con su padre como le hubiera gustado. Una noche regresó a casa después de un partido y la pasó entera en la habitación de Norbert, regresando al amanecer al entrenamiento con el 05 sin apenas haber dormido.
«Mi primer tesoro en esta vida ha sido poder hacer lo mismo que mi padre habría querido hacer», diría más tarde Jürgen Klopp. «Tengo la vida con la que él soñaba. Creo que [si hubiera hecho] cualquier otra cosa, habríamos tenido un montón de roces. No creo que mi padre hubiera aceptado que me hubiera hecho florista, por poner un ejemplo. Jamás habría dicho: ‘‘Perfecto, yo seré quien te compre el primer ramo’’. No, habría pensado que estaba majara».
Tras la muerte de Norbert, Jürgen necesitaba respuestas; pero, al final, llegó a la conclusión de que «seguramente, ahí arriba, alguien tendría su plan». Su lado religioso mitiga la pena que siente porque su padre no viviera para ver los éxitos que ha cosechado como entrenador. «Estoy del todo seguro o, al menos, es lo que creo, de que él me está viendo cuando mira hacia aquí abajo.
Puede que lo que los chavales suelen entender como devoción paternal no sea, precisamente, que te estén martilleando todo el rato para que hagas las cosas siempre mejor: en el campo, en la pista, bajando laderas. Pero, cuarenta años después, Jürgen Klopp sabe perfectamente que todos esos fines de semana intentando que su hijo lo hiciera cada vez mejor, en una escala de exigencia infinita, era la «manera de mostrar cariño» que tenía Norbert. Porque el amor de un padre no se mide en palabras, ni en besos, sino en tiempo.
WOLFGANG FRANK: EL MAESTRO
«Nuestro padre tenía una autodisciplina brutal, incluso se podría llegar a decir que obsesiva», dice Benjamin Frank, de treinta y seis años, sentado junto a su hermano mayor, Sebastian, de treinta y nueve, mientras almuerzan un plato de pasta acompañado de recuerdos agridulces, en un hotel de Mainz.
Los Frank trabajan como agentes y ojeadores para el Liverpool FC de Klopp. También fueron consultores en el Leicester City, el sorprendente campeón de la Premier League en la temporada 2015-16. Se criaron en Glarus, una tranquilísima población de 12 000 habitantes en los valles de Suiza, en donde Wolfgang, su padre, era considerado un héroe. El que fuera delantero de la Bundesliga (215 partidos y 89 goles, jugando en VfB Stuttgart, Eintracht Braunschweig, Borussia Dortmund y 1. FC Núremberg) había llevado a la cenicienta local, el FC Glarus, por primera vez en su historia hasta la Nationalliga B, la segunda división suiza, mientras él mismo ejercía como entrenador-jugador.
Los hermanos recuerdan que Frank sénior no veía diferencia alguna entre el papel de entrenador y el de padre. Ambos roles se reducían a lo mismo: el deber de educar. «Era todo un friki, en el sentido positivo del término», dice Sebastian; un hombre de una ambición inmensa para el que el fútbol no era solo cuestión de partidos y tácticas, sino que era un todo. Una escuela para la vida.
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