Tres semanas después de la final, el Rot-Weiss viajó a Mainz para disputar el penúltimo partido de la temporada. El bronco partido en el Bruchwegstadion (3000 asistentes), en el que se señalaron tres tarjetas rojas —dos de ellas para el visitante— acabaría con un tanto en el minuto noventa, obra de Zeljko Buvac, que dejaba el marcador en 1-1 y confirmaba, matemáticamente, la permanencia en la categoría para los locales.
En septiembre de 1995 el Mainz, siempre con el agua al cuello, se encontraba, de nuevo, en la parte baja de la tabla de la Bundesliga 2, en busca de un nuevo inquilino para su banquillo. El mánager general, Christian Heidel, contactó con Frank. El Rhein-Zeitung lo bautizó como «el hombre de la pajita corta».
«Llegó y dijo un montón de cosas que sonaban preciosas y muy bonitas», cuenta Heidel con una ironía llena de intención. «Tenía la conducta de un profesor. Siempre me cuido mucho de los profesores, hay veces en las que no es nada sencillo tratar con ellos. Pero, al cabo de un rato, me dije: ‘‘Venga, ¿por qué no?’’. Visto en retrospectiva, aquello fue crucial para el Mainz 05. Me encantaría decirle que supe, desde el primer momento, que era un buen entrenador. Pero lo cierto es que nadie más quería entrenarnos».
El equipo quedó impresionado por unos métodos de entrenamiento que consideraron «de lo más sofisticado» (Heidel), pero, a pesar de ello, seguían perdiendo los partidos. El Mainz llegó al parón invernal como el peor equipo de la categoría y apenas doce puntos a su favor, a cinco de la salvación. Heidel: «La revista Kicker escribió: ‘‘Posibilidades de descenso del Mainz: Cien por cien’’. Nada de noventa y nueve por ciento, no; el cien por cien. Jamás me olvidaré de eso».
Frank fue al despacho de Heidel. «Me dijo: ‘‘Tenemos que cambiar algo’’. Y yo pensé, ‘‘¡anda!, ¿no me digas?’’. Me dijo que había sopesado las cosas de manera detenida y que había decidido que nos iríamos de concentración invernal y, en el futuro, jugaríamos sin líbero. Y yo me pregunté: ‘‘¿Cómo? Tiene que estar de broma’’».
Un equipo de fútbol profesional sin líbero, sin un «zaguero» tras la defensa, resultaba algo inconcebible en la Alemania de mediados los noventa. Todos los equipos, y el combinado nacional, habían logrado sus grandes logros siempre con un líbero, desde los tiempos de apogeo de Franz Beckenbauer en los setenta. «Todos considerábamos necesario que alguien actuara como achique en caso de que el rival llegara detrás de tus líneas», cuenta Heidel. «Pero ¡cómo te vas a cargar al líbero! Imposible. Yo mismo había jugado de líbero, así que, en cierto modo, me pareció un intento de librarse también de mí».
Hans Bongartz, antiguo internacional alemán, había empleado en 1986 una versión de defensa de cuatro en línea sin líbero en el 1. FC Kaiserslautern, inspirado por una derrota durante la semifinal de la Copa de la UEFA de 1982 a manos de Sven-Göran Eriksson y el vanguardismo táctico que desplegaba en el IFK Göteborg; pero esta innovación no le permitió dejar un recuerdo duradero en la principal categoría del fútbol alemán. Como presidente del FC Bayern, durante la temporada 1993-94, Beckenbauer le prohibió expresamente a Erich Ribbeck seguir con sus experimentos (ciertamente amateur) con la defensa de cuatro. Unas pocas semanas después del nombramiento de Frank en el Mainz, el entrenador de la selección nacional, Berti Vogts, le dijo al tabloide suizo Blick que un sistema sin líbero era «fundamentalmente destructivo», motivo por el que no estaba destinado a encontrar acomodo en la Bundesliga.
Heidel: «Pensé que seríamos el hazmerreír, me temía lo peor. Durante la concentración prometí que estudiaría el asunto de manera más atenta. La pista estaba repleta de postes, y los jugadores pensaron ‘‘a este tío se le ha ido la cabeza’’. Se tiraron horas corriendo sin balón, practicando movimientos de un lado a otro en formación. Hoy es más que sabido que cuando la línea de cuatro se mueve al lugar en el que está el balón, el flanco queda abierto. Pero cuando jugamos nuestro primer partido en casa con este dibujo, el estadio no hacía más que gritárnoslo. Siempre había un delantero contrario totalmente solo en la izquierda, mientras que nuestro equipo estaba, al completo, en el lado derecho. Nadie se daba cuenta, por entonces, de que el balón no podía cambiar de banda tan rápido, de que la defensa tenía tiempo más que suficiente como para hacer el balance defensivo. Presión orientada al balón, se llamaba, y era algo completamente nuevo en Alemania. Brujería, básicamente. Así que entrenamos y entrenamos y entrenamos. Y yo estaba seguro de que descenderíamos».
A mitad de los noventa había, básicamente, dos formas de entrenar. Por un lado, el trabajo (correr y correr) y por otro la diversión (jugar). No se escuchaba hablar de movimientos colectivos o estudio teórico. Por su parte, Frank estaba «poseído por la táctica». Dice Heidel. «Jamás había visto nada parecido». El entrenador se tiraba horas viendo fútbol, sobre todo italiano. Y Sacchi seguía siendo su ídolo. «Nos ponía cintas de todos sus partidos, yo siempre estaba allí. ‘‘Un director general siempre tiene que estar presente’’, decía Frank. Así que yo también tenía que tragarme toda esa mierda. Por entonces no existía la edición de vídeo. Pausaba la cinta, la rebobinaba, la volvía a poner y volvía a rebobinar, durante horas y horas. Las tácticas de Sacchi le hacían enloquecer».
Frank llegó a viajar a Italia para ver al maestro entrenar en persona. «Sacchi no se lo tomó muy en serio, pero le dejaron que contemplase el entrenamiento desde la banda», cuenta Heidel. «De ahí es de donde sacó sus ideas. En Alemania no estábamos, para nada, igual de avanzados.
Frank encontró a todo un partenaire teórico futbolístico en la figura del profesor de ciencias deportivas Dr. Dieter Augustin, de la Universidad de Mainz, situada a apenas una corta caminata desde el estadio. Augustin prefería un juego posicional perfectamente establecido, antes que la verticalidad del FSV, pero, diferencias en gustos aparte, ambos estaban de acuerdo en que los futbolistas necesitaban ayudas visuales para seguir con su educación futbolística. Les pedían a los estudiantes de Augustin que editaran pequeños clips de vídeo, del Mainz y de sus rivales, para ayudarles con la preparación de los partidos. Una idea de lo más simple y original: los equipos alemanes no contaban ni con el staff ni con los conocimientos como para trabajar con ojeadores, por ejemplo. Uno de los estudiantes de Ciencias del Deporte que se presentaron voluntarios para el experimento era Peter Krawietz. Más tarde se convertiría en el ojeador jefe del Mainz y en asistente de la máxima confianza de Klopp.
«Las sesiones de vídeo de Frank a la 7:30 causaban pavor», contaba el que fuera jugador del 05, Torsten Lieberknecht. «Nos sentábamos en aquellas sillas de jardín hechas de acero, en una habitación diminuta, y desayunábamos mientras Wolfgang Frank daba a los botones de su aparato de vídeo. Duraban una eternidad».
Frank también se inspiró en sus días de jugador. Su año en el AZ Alkmaar de la Eredivisie holandesa, en la temporada 1973-74, le hizo quedar maravillado ante el fútbol total del Ajax. Al regresar a Alemania, el flaco delantero al que apodaban Floch (Pulga) volvió a cruzar su camino con el que fuera su entrenador en el Stuttgart, Branco Zebec, esta vez en el recién ascendido Eintracht Braunschweig. Zebec, un yugoslavo que había llevado al Bayern de Múnich a su primer título de la Bundesliga, en 1969, gracias a un destructivo régimen físico y una férrea disciplina táctica, fue el primer entrenador en experimentar con la defensa zonal en la elite alemana, durante los setenta. Por entonces, todo el mundo seguía usando únicamente el marcaje al hombre. «Con Zebec dejamos de correr como estúpidos detrás de nuestro oponente [individual]; era un adelantado a su tiempo», recordaría Frank.
Читать дальше