Raphael Honigstein - Klopp

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Autoapodado un tipo normal (The Normal One), en contraposición a Mourinho que se llamó a sí mismo como especial, Jurgen Klopp no es para nada un tipo corriente. Líder nato, este alemán que ha sido nombrado mejor entrenador del mundo en 2019 y 2020 por la FIFA, es todo menos una persona normal. Su don de gentes, carisma y visión del fútbol y de la vida, más cercana a la de cualquier forofo o ciudadano de Mainz, Dortmund y Liverpool (las únicas 3 ciudades en las que ha entrenado) que a la de las estrellas y dirigentes del fútbol, han llevado a Jurgen Klopp a convertirse en una celebridad. Uno de los pioneros del Gegenpressing, siempre se ha caracterizado por poner al conjunto por encima de la valía individual de los jugadores. No solo entendiendo el equipo como dicho colectivo, ya que en todos los equipos en los que ha entrenado el público ha sido ese jugador 12 que les ha llevado a conseguir los más grandes títulos; los dos últimos, la Champions League de 2019 y la Premier League de 2020 con el Liverpool.

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Aquel mismo año, el Stuttgarter Kicker alevín acudió a Glatten a disputar un amistoso. Los chicos de la capital de Baden-Württemberg llegaron con sus tiendas de campaña y durmieron en los bosques cercanos, donde encendieron unas hogueras para asar cerdo. Aquel momento es muy recordado por un rafting que hicieron en el Gumpen, lugar en el que se juntan los ríos Glatt y Lauter. Muchos de los jugadores del Kicker se fueron al agua, entre ellos alguien que acabaría alzando la Copa de Europa. Robert Prosinečki, el que más tarde sería medio centro creativo del Estrella Roja de Belgrado y de la selección yugoslava/croata, jugaba con los suabos por aquel entonces, aunque acabaron considerando que no era lo suficientemente bueno. Regresaría a Zagreb dos años después, con diez años de edad.

Jürgen, como la mayoría de chicos de la región, era hincha del equipo rival —y de más éxito— de los Kickers: el VfB Stuttgart. Se presentó a una prueba para la cantera de ese equipo, con poco éxito, pero le regalaron un chándal rojo, el cual portó con orgullo hasta que Stefanie se lo destrozó en un incidente con la plancha. Puede que, en un intento de intentar arreglar aquella tragedia, su abuela, Anna, le tejió una estupenda sudadera blanca con un aro rojo y un número «4» a la espalda, el número de su jugador favorito, el internacional por la República Federal Alemana Karl-Heinz Förster. Lo lucía cuando asistía al Neckarstadion con sus amigos y su familia.

Klopp admiraba la calma que exhibía el duro central cuando se encontraba bajo presión, además de su gran dedicación. «Con el tiempo nos dimos cuenta de que teníamos los mismos ídolos deportivos», cuenta Martin Quast. «Förster, un hombre de gran visión estratégica, y Boris Becker, que era puro impulso y emociones. Kloppo me contó una vez que, si no le hubiera ido bien en el fútbol, habría sido uno de los ultras que pueblan las gradas y habría hecho que le implantaran un aro rojo en el pecho». Aun así, es posible que su amor por el VfB se fuera calmando un poco con los años. A Ulrich Rath le brotan las lágrimas al recordar el día en el que Klopp, entrenador del Mainz 05, se zafó de los entrometidos miembros de la seguridad y saltó sobre una valla publicitaria en el estadio del Stuttgart, en busca del grupo que formaban sus viejos amigos llegados de Glatten, que presenciaban el partido en la Untertürckheimer Kurve . «Le dije, ‘‘Jürgen, tengo un dilema, hay dos corazones latiendo en mi pecho. Uno lo hace por el VfB, el otro, por ti’’. Él respondió: ‘‘Ulrich, eso no puede ser. Un hombre solo tiene un corazón y el tuyo late por mí’’. Todos nos reímos en aquel momento, pero creo que él lo dijo muy en serio».

Norbert Klopp era el típico padre incapaz de mantener las formas en la banda cuando lleva al niño a jugar un partido. «Jürgen tiene el carácter de su padre y la serenidad de su madre», afirma Isolde Reich. Cuando más sentía lo inflexible y riguroso que era su padre era al practicar deportes individuales. Los enfrentamientos deportivos entre los dos Klopp resultaban dolorosamente desiguales, con un Norbert incapaz de ceder un solo punto. Jürgen acababa frustrado, furioso incluso, al verse barrido de la pista por un padre que, o era incapaz, o no tenía la más mínima intención de pronunciar una sola palabra de ánimo. Ninguno de los dos disfrutaba de estas primeras sesiones, pero Klopp padre las consideraba una parte necesaria de la educación deportiva de Jürgen. Más tarde formarían pareja de dobles en el club de tenis de Glatten. Su padre estaba tan obsesionado con la victoria que, en una ocasión, se negó a abandonar la pista a pesar de estar sufriendo una terrible insolación y violentos escalofríos. Tuvo que ser Klopp hijo el que pusiera fin a aquel partido y llevara a su padre a la cama.

Esquiando, Norbert se limitaba a deslizarse montaña abajo, confiando en que el chico fuera capaz de seguir su estela. Hay un proverbio en suabo que dice « Nix gschwätzt isch Lob gnuag », la mejor alabanza es no decir nada. Norbert Klopp era la personificación de ese refrán. «Era su manera de hacer que me esforzara», contaba Klopp en una entrevista con Der Tagesspiegel . «Cuando hacía atletismo y saltos siempre decía que no saltaba lo suficientemente alto, que todavía me faltaba por cubrir el tamaño de un folio. Nunca encontraba nada bueno que decir. Su táctica resultaba más que obvia, me di cuenta muy rápido». Klopp añadía que tuvo que aprender a «leer entre líneas» para descubrir alguna traza de orgullo parental: críticas sin cesar, aprobación encubierta. «Si marcaba cuatro goles él decía que había fallado otras siete ocasiones, o empezaba a hablarme de lo bien que había jugado alguno de mis compañeros. Aun así, yo sabía que, en el fondo, estaba orgulloso de mí».

Como al acabar las clases, por la tarde, le dejaban hacer lo que quería, Klopp seguía jugando al fútbol con Hartmut e Ingo, los hijos de Rath. El más mínimo trozo de hierba se convertía en un campo y, cuando se había puesto el sol, Klopp seguía jugando en el salón, tirándose sobre un sofá deteniendo tiros, o disparando a una portería diminuta que Norbert le había instalado. «La casa estaba siempre repleta de niños. Nuestra madre malcrió a Jürgen, hacía lo que fuera porque estuviese contento», cuenta su hermana, Isolde. Para que le cambiaran la pelota de cuero por una de gomaespuma fue necesario que rompiera un par de cristales de un armario. «Jugaba todo el día, hasta que se quedaba dormido debajo de la mesa en la que cenaban, rendido por el esfuerzo», ríe Ulrich Rath.

En el polideportivo municipal utilizaban unas colchonetas azules como porterías, a falta de unas de verdad. Durante los setenta, Rath estableció una «hora deportiva» semanal para los chicos. «Hacíamos educación física, pero los chicos siempre querían jugar al fútbol», cuenta. Jürgen Klopp, al que apodaban Klopple (pequeño Klopp), solía ser el encargado de pedirle permiso a Herr Rath para jugar. «Jürgen era un buen jugador de tenis, pero siempre se sintió futbolista, en el fondo. Era rápido, dinámico y explosivo. Tenía que chutar a puerta cada balón, por mucho que alguno de los disparos se marchara desviado o muy alto. Su especialidad era el remate de cabeza. Durante unos cuantos partidos lo puse como líbero, pero no funcionó. Lo suyo era el ataque».

«Fue de lo más idílico», le contó Klopp a SWR en el 2005. «En aquel pueblo, apenas éramos cinco o seis chicos [de mi edad], y formábamos el equipo de fútbol, el de tenis y el de esquí. Fue precioso, tuve una gran infancia».

Ir al colegio no le suponía esfuerzo. Al menos, en el sentido más literal del término. Apenas tenía que cruzar la acera desde su casa para entrar en la escuela de primaria de Glatten. En tercero y cuarto, los hermanos Rath y él tenían que ir en autobús al pueblo de Neuneck, al sur. Corría un mito local, por entonces, sobre un burdel ilegal situado en el cuarto trasero de un pub. Pero todo intento de encontrar ese secreto templo rural del pecado resultó infructuoso para los fisgones escolares.

«Jürgen no es que fuera un tío puntual al 100%, pero como compañero podías confiar en él al 1000 %», cuenta Hartmut Rath, padrino de Marc, el hijo de Klopp, que nació en 1988. Cuando no estaban dándole patadas a un balón los chicos se entretenían en construir maquetas y hacer puzles. Klopp tenía «una vena artística», añade. «Tenía un gran interés cultural y escuchaba muchos vinilos y casetes de artistas del cabaret». Su favorito era Fips Asmussen, un cómico de esos que te cuentan miles de chistes por minuto y con un humor que, al principio de su carrera, era mucho más político y satírico (además de mucho más divertido). «Jürgen era genial contando chistes, hacía que todo el mundo en clase se riera. Era extremadamente popular, el alma y el corazón de la clase», recuerda Hartmut Rath.

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