Ese es tu desprecio.
La calle se abre y se desdobla y la veo encenderse en un remolino que arranca de su sitio al pavimento, a los algarrobos de los jardines, a los semáforos de las rotondas, a cada piedrita afilada de la trocha, al alquitrán caliente como nubes de bombas de Hiroshima. Y se estira el camino hasta enredarse en los postes y cubrir la ciudad de sombras que se sienten de vidrio.
Se me derrite el timón entre las manos y retrocedo hasta hace unas horas con Gonchi, en el box del Soltimbú. El huevón me pide que no maneje, que parche tranquilo, que llame un taxi y me jale a jatear, que deje el cache para mañana. ¡Como si no me conocieras, Gonchi! Ni cosquillas me hace tu vaina, conchetumare. Maizena le has metido, cagón, y que fíame un par de tiros y que te los pago el lunes a lo que sales de clase. Con el plástico y la piel del timón escurriéndoseme entre los dedos, veo a Gonchi torcer la boca mientras se soba la nariz blanquísima y yo: ¿cuándo he sido falla contigo, ah? Gonchi se caga de risa. Un par de palmadas en los pulmones y pasa el falso y los moños. ¿Y el whiskacho? Trae para asentar la pichanguita. Y yo le prometo por esta que me quito ahorita donde la Camila, se la guardo y de ahí me guardo, todo tranqui y que jajaja los dos. Juro que trato de poner el timón en su lugar, juro por Dios que lo intento, pero se me escurre porque es de plastilina suavecita, suavecita, y no hay izquierda o derecha o adelante o atrás. Y las luces revolviéndose en un tornado intermitente de agujas, el motor desquiciado, el pedal contra la pelusa del tapete, la pista que no es pista en pleno remolino, un relámpago de asfalto largo como la cola que dejan los cohetes o los cometas, y Camila mamándosela a Toñito en su Tercel del 93 y su viejo aplaude que aplaude, feliz porque el yerno nuevo se caga en billete y los nietos le saldrán colorados. Y el troncho chispeante que me prende la camisa, la trusa en llamas, el reloj goteando sus numeritos luminosos desde mi muñeca, el golpe.
Un grito filudísimo.
Un grito le parte el cráneo a la noche.
Mi cabeza (se) rompe (en) el velocímetro.
Las ruedas al vuelo. El caucho y su rastro achicharrado sobre la berma.
Ojalá me llamen a desayunar pronto: los domingos mi viejita hace un frito de la conchasumadre.
Las náuseas me trepan por la garganta: un batido de algo que, espero, no sean los pedazos de mi hígado. No importa cuánto lo niegue: aunque esté jodido, aún creo que cruzarás la esquina, Camila.
Empujo la puerta. Zafo las piernas que el tablero oprime. Puja que te puja, hasta que aflojan los huesos y toda mi humanidad se hace añicos contra el suelo. Boqueo: soy un pescado al que sacaron del agua y arrojaron a la pista caliente. No hay dolor, mi carne es de concreto.
Trato de incorporarme, lo intento desesperadamente y me sostengo de la puerta. La música sigue en la radio, pero ahora mismo eso no importa. Las piernas me fallan, la puerta del Lada se desprende y muerdo el asfalto de nuevo. Me toco la boca: me faltan dos dientes. En su lugar, una espesa cascada escarlata se desliza por mi mentón. Giro la cabeza. La sangre empapa mi pelo.
La trompa del auto, retorcida; los vidrios como bolitas de mercurio por doquier; y el humo que sube y sube desde el motor descubierto: el Lada es un dragón herido. Un laberinto de escamas rotas, desgastadas. Una bestia beige moribunda que mea combustible sin control.
—¡Una ambulancia!
—¡Pobrecita! ¡Ayúdenme a levantarla!
—¡Ponle la mano a ver si respira!
—¡No, no la muevas, la puedes fregar más!
Te demoras mucho, Camila. ¿Ves? Unos huevones vienen a buscarme bronca. ¿De dónde salieron? ¿Qué tanto hablan? Los conoces, ¿no? ¡Tú los mandaste! ¡Tu viejo y el Toño les han pagado!
—¡Les voy a sacar la mierda a toditos!
Entre arcadas, devuelvo hasta las tripas. La nariz me cuelga de un hilo de piel. Apenas puedo respirar, pero el desmayo no viene: mi carne es de concreto y no hay dolor. La noche continúa aplastándome…
—Ese cojudo está zampadazo.
—Es medianoche, ¡llamen a la policía!
—¡Pidan primero una ambulancia!
Quiero levantarme, enfrentar a la multitud que se me ha echado encima. Lanzo, inútil, un par de ganchos y escucho sus carcajadas, mientras siento cómo los golpes van a dar a la nada y se pierden en la indiferencia del polvo. Los huesos clarean a través del jean. Soy una lombriz partida a la mitad. Y en el vendaval de voces y dedos afilados, intento cerrarle el hocico a los que no dejan de ladrar. Pero no importa cuánto lo intente, todo lo que queda en mis ojos son garabatos, trazos de luz como candelillas temblorosas y un chillido muerto en la garganta, ahogado por la náusea.
Y tú que sigues sin llegar.
Lloro tumbado boca arriba, duro, tieso como los perros que los terrucos colgaron de los postes e incluso de la estatua esa del papa que está en el parque. «Den Xiao Ping, perro traidor», en un cartón amarrado al pescuezo del animal. Cómo lloraste por los pobres, Camila, el día en que los vimos banderear por todo Santa María del Pinar. Encima de cachaniños, mataperros, dije, y no pude contener la risa porque, desde cierto ángulo, parecía que la figura de cemento de Karol Wojtyla era la que en realidad estaba ahorcando al animal. Me odiaste desde entonces. Me odias ahora, solo que aquí no hay cachorros tiesos, ni terrucos, ni estatuas cagadas por las palomas y embarradas de sangre seca. Solo estoy yo, tan hecho mierda de repente.
—¡La chica no respira!
—Yo lo vi a este cuadrado en la esquina del parque.
—Arrancó y se la llevó de encuentro.
—¡Asesino! ¡Asesino!
¿Asesino? ¿¡Asesino yo!? ¡Por la puta madre! ¡Ningún asesino! ¡Soy un poeta! ¡El emperador del verso es incapaz de matar!
Escucho llegar a más y más autos. Más extraños se han sumado a la turba que me asfixia. Empiezan a llover las primeras piedras, las patadas feroces. El casete ha girado de repente. Los bajos se confunden con el estallido de sirenas que está cada segundo más cerca.
Dibujo tu cara en mis retinas. I don’t know why you’re not fair. Te extraño, Camila, mucho, mucho. I give you my love, but you don’t care. Y veo tu rostro iluminarse con el juego de azules y rojos, rojos y azules que traspasan mis párpados. So what is right and what is wrong? Las piedras le sacan chispas a la carretera. Los meteoritos que anuncian mi extinción. Ojalá pudiera anotar eso en mi cuaderno, conchasumadre. Ojalá alguien me hubiera escuchado. Gimme a sign…
Aúllo, pero la noche me niega la luna.
Silbatos, bocinas, sirenas, faros. El viento las arrastra, me consumen.
Empieza a garuar.
Y tú, Camila… tú que no llegas.
Hora del baño
Sé que te disgusta verme entrar al cuarto cuando hace calor y cargo la tina y llevo la esponja entre los dientes mientras hago malabares para sostener el jabón, el champú y un patito con el que te bañas porque te gusta y porque sabes que solía ser mío y ahora, desteñido y sin el ojo izquierdo, es tuyo y de nadie más.
O eso es lo que quiero creer, Laurita. Pero, incluso con juguete de hule y la esponja de tul y el champú-no-más-lágrimas, puedo escuchar tus pucheros cuando me agacho a dejar las cosas, disponiendo de cada una con paciencia, colocándolas sobre las manchas que este ritual interdiario ha dejado en el parqué.
Y gruñes, te quejas, revuelves las sábanas que acabo de sacarle a tu cama y que de puro amarillas van al cesto de la ropa sucia (mañana toca lavar, tender, recoger, doblar).
Me ves salir del cuarto. Sigues con la pataleta. Yo finjo no escucharte desordenarlo todo. Tarareo. Busco el agua del hervidor. Voy por el balde que dejé en el fregadero. Y después de revolver y probar la temperatura con la mano, voy dificultosamente de regreso con diez litros. Cualquier día el asa de acero me cortará los dedos.
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