Tadeo Palacios - Mañana nunca llega

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Nacido en Piura en 1994, el narrador Tadeo Palacios Valverde debuta a sus 26 años en el escenario literario local con «Mañana nunca llega», un volumen que reúne doce cuentos inspirados en la realidad nacional y una nouvelle polifónica sobre la revuelta social del 14 de noviembre de 2020.
A veces desde el humor ácido ribeyriano, otras indagando descarnadamente en sucesos terribles, e incluso cuando bordea el registro del terror fantástico, Palacios logra un retrato del país imperfecto, un tanto ridículo, pero sobre todo trágico, que nos cobija; esa tierra que se constituye como una sumatoria de violencias, fantasmas sociales, traumas colectivos y postergaciones. Y es, justamente, esa postergación eterna y violenta la que motiva el título de este libro: aquella promesa de un «mañana mejor» anhelado por quien sufre, usufructuado por los políticos en campaña y promocionado por la prensa mediante reportajes mediocres y simulacros marqueteros, sin que jamás se materialice. Esa secreta esperanza que el lector también abriga, pero que en Perú se trastoca en potencial decepción, palpita fuertemente en estos relatos, a la par que cuestiona el statu quo nacional, en pleno Bicentenario.

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Uy, qué rica. Vas a ver qué calientita está, Laurita. Pero en tu rostro solo quedan los pucheros con los que cada mañana me tropiezo yo mismo en el espejo, demacrado, harto de buscar cómo estirar la plata. Entre la pensión del viejo y lo que gano por las clases y talleres no alcanza. Ya no sé en qué pantalón me falta buscar algún billete olvidado.

Tus jarabes son caros, ni hablar de tu doctor. Si tan solo hubiera estudiado Medicina como me rogaba el viejo... hace rato te hubiera compuesto, Laurita. Y tendría con qué comprarte la fórmula de vainilla que te gusta y no la soya que tomaste ayer. ¿Pero qué otra cosa puedo darte?

Si supieras que el libro no se vende y que el periódico ya no quiere recibir mis columnas. «Lo de hoy son los chicos, Ramirito». Mi reemplazo hace videos para TikTok, pero también tiene el título universitario que me falta. Un éxito el muchacho, dicen.

Por eso María se fue. No podía con las dos a la vez. Al menos ahora se le ve feliz con el ingeniero. No la odies, te lo pido. En el fondo, ella también quiso estar con nosotros. Tú no tienes nada que ver. ¿Quién habría de escogerme luego de toda la mierda que le hice? ¿Por qué no le hice caso al viejo?

Los amigos me evitan y no los culpo: esta mala racha seguro es contagiosa. Aparte, quién se juntaría con el tipo sobre el que pesa un expediente en el juzgado de familia, dos reparaciones y, desde 2009, quinientas copias de una plaqueta invendible en los anaqueles de las librerías del centro.

Por suerte, tú no te enteras de nada, mi Laurita. Mejor así. No debo explicarte nada, solo debo abrazarte fuerte y procurar que comas a diario, que no te falten las pastillas, que haya con qué mover al médico para que te atienda en la casa y tu ropa huela rico.

Pero si hay algo que detestas que haga, el único momento en que de verdad sé que me odias, es cuando el calor chamusca y me ves montar este espectáculo de jarras, baldes y envases, aunque luego se te pase al tenerme a tu lado, agachado, convenciéndote de probar el agua calientita, calientita. No te culpo, doy asco.

¿Ves qué rica está? Y yo que agito tu manito como un pez que intenta huir río arriba. Sonríes y por un rato se me olvida que no llegamos a fin de mes.

Un milagro, uno solo...

Y reímos hasta que te escucho toser. Y soplo tu cabecita, te alzo los brazos. Shhh, shhh, ya está, ya está, ya pasó. Toco tu espalda quebradiza en lo que a mí me cruje la cintura, porque uno se hace viejo sin enterarse de los males que van a desmoronarle por dentro hasta que un buen día te encuentras cansado a los tres pasos, te falta el aire y ruegas por un asiento al que poder pegar el culo pronto. Los suspiros de alivio urgente delatan un cuerpo que comienza a ceder a partir de los cuarenta y pico y recién ahí uno se descubre achacoso, con pecas por todos lados, con la piel corrugada a tramos y la primera oleada de canas.

No me llores, Laurita, ¡Uy, te ganó el patito y sin quejarse! ¡Ah, qué bien nada! Y cuac-cuac, cómo te llama el bandido, cómo te guiña el ojo izquierdo; y el patito, squich, y tú sonríes con los pocos dientes que te quedan en la boca. A ratos no dejo de preguntarme qué haría el viejo si estuviera acá.

Toma, agárralo. No llore, dile, no llore.

Y te miro cargarlo como si fuera un bebe al que hay que sacar el chanchito con palmadas. Así, distraída, aprovecho a desabotonarte el cuello de la bata de flores rojas y volados de muñeca.

Haz que el patito toque el cielo, Laura. ¡Que vue-le, que vuele!

Y a medida que intentas acercar el pico de hule al techo, te desvisto con mucho cuidado y después me llevo el trapo a la nariz: no, ni hablar. Y aprieto los ojos: directo al cesto de ropa sucia. A ver, ven por acá. Un último esfuerzo: el pañal que se abre y cae como una piedra.

Y entonces a la tina. Primero una pierna, luego la otra y a ver, espérame, ah. Por fin, sentada, dejo que reconozcas tus dimensiones y que el agua con su caricia vaya calmándote. Te fascina su temperatura, lo sé. No fue tan malo, ¿verdad? El jarrito sube y baja y el flujo transparente y tibio se desliza por el pelo blanquísimo que te queda.

Recuerdo los veranos que pasábamos con el viejo en Colán y tu cabello como cascada de oro cayendo por tus hombros. Hermosa. La arena caliente y tus manos empapándome con la espuma que avanza por la orilla. Te veo a ti, Laurita, jovencísima, bañando mi cuerpecito, blando, quebradizo. Te siento acariciarme como yo ahora lo hago contigo, mientras te lleno de jabón y champú y la esponja en la espalda, girando y girando. ¡No me mojes, caramba! Y tú que te ríes con los pocos dientes que resisten en esas encías sin color, casi fantasmas.

Cierra los ojitos. Y rasca que te rasca con mis dedos sin uñas, cabezones. Por lo menos para eso quedan perfectos. Hace dos años que hacemos lo mismo y, al sacarte del agua, intentas un nuevo puchero: deseas que este baño se prolongue para siempre. A veces yo también, pero hay que sacarte ya. Unos minutos más pueden hacer la diferencia entre la limpieza cálida y la pulmonía fulminante.

Tu cuerpo desnudo gotea, inmóvil. Gimoteas en silencio en un lenguaje ininteligible de vocales alargadas y pienso en el ulular triste de las cuculíes. Tu vista apagada, deslucida, hacia el rincón. ¿Qué es lo que buscas allí donde las paredes se juntan y las telarañas se tienden como mantos sobre nuestras cabezas? Tal vez intentas recobrar la redondez de mi rostro (Quiero decir, del rostro que me recuerdas, ese que siempre fue más tuyo que mío). ¿Me encontraste, mamá? ¿Me recuerdas por fin? Pero no contestas. Hace años dejaste de hacerlo, pero aquí sigo lanzándote mis palabras como migajas para las aves de tu conciencia que partieron y que ya no van a volver a posarse sobre ti. Laurita, ¿te acuerdas si lloraba cuando debías sacarme de la playa o enjuagarme en la bañera? Quiero creer que el llanto es todo lo que nos une en este instante o, mejor dicho, todo lo que nos queda en común.

Y de nuevo soy yo el que te seca suavemente y repara en los lunares de tu espalda (¿o son los míos en la tuya?), y reconozco en cada pliegue de tu piel marchita el lugar donde habitó mi lejana infancia.

¿En qué momento se queda uno atascado en la mierda?

Sé que, aunque odies verme llegar con la tina enorme y la esponja y el champú y los baldes y esas toallas con las que te envuelvo cuando el piso de parqué del cuarto se encharca y tú luchas por conservar el tibio abrazo del agua, reconocerás que son mis manos las que sobreviven al olvido que te aqueja, al lugar en el que seguimos envejeciendo.

A veces quisiera seguir siendo tu niño, Laurita. Y que seas tú la que me consuele ahora que no puedo parar de llorar, empapado y maltrecho, como el patito tuerto que flota entre la espuma y que en silencio nos mira.

Las últimas flores mueren con la tarde

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