Rodolfo F. Acuña - América ocupada

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Se presenta aquí la traducción realizada por José Juan Gómez-Becerra de la segunda edición (2021) de este texto fundacional de la historia chicana imprescindible para entender la particular relación del mexicano con Estados Unidos, que se publicó por primera vez en inglés en 1972 y que cuenta la experiencia colectiva del pueblo chicano en aquel país. El texto recoge datos indispensables sobre el crecimiento acelerado de esta población, los mecanismos de dominio institucional y social estadounidenses a los que se ha enfrentado y los medios con los que ha luchado a lo largo de su historia transfronteriza. El análisis histórico se remonta a la ocupación estadounidense de los territorios del norte de México y relata la lucha del mexicano por mantenerse, existir y prosperar en el sudoeste de Estados Unidos. Después analiza la realidad particular de cada estado y describe los diferentes episodios de resistencia y algunos de los hitos precursores del Movimiento Chicano, haciendo hincapié en el significado de algunos personajes y su contribución a la reivindicación colectiva de la autodeterminación del pueblo chicano en la América ocupada. Finalmente, se presentan cifras, estadísticas y hechos recientes a raíz del aumento de la inmigración debido a las políticas neoliberales puestas en práctica tanto en México como en Estados Unidos. El estilo deductivo de Acuña permite que el lector saque sus propias conclusiones sobre la evolución del chicano en una sociedad estadounidense cambiante, pero a la vez resistente a los cambios. En cada uno de los capítulos se puede apreciar la urgencia de mantener fresca la memoria colectiva, en especial la de aquellas comunidades que experimentan la condición de colonia interna, para quienes la historia y el amor propio pueden representar el medio principal de resistencia.

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Encolerizado por la negativa mexicana a recibir a Slidell en sus condiciones y por la reafirmación de los derechos de México sobre Texas formulada por el general Mariano Paredes, Polk había decidido ir a la guerra. Cuando las fuerzas mexicanas cruzaron el río Grande y atacaron al contingente del general Taylor –paso que sin duda Polk esperaba– el presidente de Estados Unidos halló una excusa para lanzarse al ataque. De inmediato preparó su mensaje de estado de guerra y el 13 de mayo de 1846, el Congreso declaró la guerra a México y autorizó el reclutamiento y abastecimiento de 50 000 soldados. Según Polk, “México ha derramado sangre norteamericana en suelo norteamericano”. En otras palabras, las acciones estadounidenses estaban justificadas; el país había sido provocado a guerrear”. 36

Años más tarde, Ulises S. Grant dijo que creía que Polk deseaba que se provocara una guerra y dio pasos para conseguirlo, y que la anexión de Texas fue, de hecho, una agresión. Añadió: “Yo detestaba la guerra contra México… pero no tuve el valor moral necesario para renunciar… Consideraba que mi obligación suprema era hacia mi bandera”. 37Representante en el Congreso, Abraham Lincoln se opuso a la Guerra, demandado que Polk enseñara adonde atacaron las tropas mexicanas a las fuerzas norteamericanas. 38

Nunca hubo dudas sobre cuál sería el resultado de la guerra. El ejército mexicano, mal equipado y mal dirigido, tenía pocas probabilidades de triunfar frente al empuje de los angloamericanos expansionistas. Aun antes de que se declarara la guerra, los angloamericanos, y particularmente Polk, estaban seguros de que la ganarían. El plan de guerrear de Polk consistía en tres etapas: 1] se sacaría a los mexicanos de Texas; 2] los angloamericanos ocuparían California y Nuevo México; y 3] fuerzas de Estados Unidos marcharían sobre la ciudad de México para obligar al gobierno derrotado a aceptar la paz dictada por Polk. Y, fundamentalmente, la campaña siguió ese itinerario. Al final, a un costo relativamente bajo de hombres y dinero, la guerra le produjo a Estados Unidos inmensas ganancias territoriales: toda la costa del Pacífico, desde San Diego hasta el paralelo 49, y toda el área comprendida entre la costa y la División Continental.

LA RAZÓN FUNDAMENTAL DE LA CONQUISTA

Glenn W. Price, autor de Origins of the War With México: The Polk-Stockton Intrigue , dice: “Los norteamericanos han tenido mayor dificultad que otros pueblos para enfrentar racionalmente sus guerras. Nos concebimos únicos, y a nuestra sociedad planificada y creada especialmente para evitar los errores de todas las demás naciones”. 39Muchos historiadores angloamericanos todavía pretenden pasar por alto la guerra entre Estados Unidos y México declarándola simplemente “una mala Guerra” del tiempo en que predominaba en Estados Unidos la doctrina del “Destino manifiesto”. Esto es tan peligroso como si los historiadores alemanes descartaran la Segunda Guerra Mundial, diciendo que sucedió durante el predominio de la doctrina del Lebensraum en Alemania. De hecho, la discusión en torno a la doctrina del “Destino manifiesto” ha apartado a los historiadores del problema principal, a saber, la agresión norteamericana planificada.

Los historiadores sostienen que la doctrina del “Destino manifiesto” encuentra sus raíces en la ideología puritana que todavía ejerce influencia en el pensamiento angloamericano. Esta doctrina se basaba en el concepto de la predestinación, que formaba parte del calvinismo. Dios destinaba a los hombres o al cielo o al infierno. En gran medida, la doctrina de la predestinación se fundamentaba en la del “pueblo escogido” del Antiguo Testamento. Los puritanos se consideraban el pueblo escogido del Nuevo Mundo. Esta creencia suscitó en los angloamericanos el convencimiento de que Dios los había hecho custodios de la democracia y que su misión era difundir los principios de esta. A medida que la joven nación se expandía hacia el oeste, que superaba su etapa infantil, a pesar de la guerra de 1812, y obtenía éxitos comerciales e industriales, se acrecentaba la consciencia de su predestinación. La doctrina Monroe de la década de 1820, advirtió al mundo que América no sería víctima de más conquistas ni colonizaciones; sin embargo, nunca se dijo que esa doctrina se aplicaba a Estados Unidos. Muchos ciudadanos comenzaron a creer que Dios los había destinado a ser dueños y señores de toda la tierra entre océano y océano, y de polo a polo. Su misión era difundir los principios de la democracia y del cristianismo entre los desafortunados del hemisferio. En las décadas de 1830 y 1840, México fue víctima de esta temprana versión angloamericana de la doctrina del Lebensraum.

Oscurece aún más el asunto de la agresión angloamericana planificada, lo que denuncia el profesor Price como la retórica de paz que Estados Unidos ha utilizado tradicionalmente para justificar sus agresiones. La guerra entre Estados Unidos y México constituye un estudio sobre el uso de esta retórica. Examínese, por ejemplo, el discurso pronunciado el 11 de mayo de 1846 por el presidente Polk, donde explica sus razones para ir a la guerra: “El deseo intenso de establecer la paz con México en condiciones liberales y honorables y la disposición de nuestro gobierno a ajustar nuestra frontera y otras causas de desavenencia con esa nación, siguiendo principios justos y equitativos que condujeran a relaciones permanentes de naturaleza amistosa, me indujeron en septiembre pasado a buscar el restablecimiento de relaciones diplomáticas entre los dos países”. 40Polk prosiguió declarando que Estados Unidos había hecho todo lo posible por no irritar a los mexicanos, pero que el gobierno de México había rehusado recibir a un emisario norteamericano. Pasó entonces revista a los acontecimientos que condujeron a la guerra y concluyó: “Dado que existe una guerra y que a pesar de nuestros esfuerzos por evitarla existe por causa del propio México, todas las consideraciones del patriotismo y del deber, nos obligan a reivindicar decididamente el honor, los derechos y los intereses de nuestro país”. 41

Esta retórica, según la cual Estados Unidos tenía el deber de ir a la guerra para mantener la paz y reivindicar su honor, recuerda la mayoría de las injerencias bélicas de Estados Unidos. La necesidad de justificar las acciones estadounidenses resulta evidente en las historias que ofrecen diferentes teorías para explicar por qué Estados Unidos le robó a México parte de su territorio. En 1920, Justin F. Smith obtuvo un premio Pulitzer en historia angloamericana por una obra que culpaba a México de esta guerra. Lo asombroso es que Smith presuntamente examinó más de 100 000 manuscritos, 120 000 libros y folletos y 200 periódicos o más para llegar a esa conclusión. Es válido especular que se le premió por haber aliviado la consciencia de los angloamericanos. El “estudio”, publicado en dos volúmenes y titulado The War With México , utiliza análisis como el siguiente para sustentar sus hipótesis: “Al comienzo de su existencia independiente nuestro pueblo sentía el deseo ardiente y entusiasta de mantener relaciones cordiales con nuestra hermana República Mexicana; y muchos llegaban hasta el sentimentalismo absurdo por esta causa. Sin embargo, las fricciones fueron inevitables. Los norteamericanos eran directos, positivos, bruscos, ásperos y emprendedores; no podían comprender a sus vecinos del sur. Los mexicanos eran igualmente incapaces de captar nuestra buena voluntad, nuestra sinceridad, nuestro patriotismo, nuestra firmeza y nuestra valentía, y algunos aspectos de su carácter y de su condición nacional hacían muy difícil el trato con ellos”. 42

Esta concepción de su propia ecuanimidad y justicia de parte de los funcionarios gubernamentales y los historiadores en lo que refiere a sus agresiones alcanza también las relaciones entre la mayoría social y los grupos minoritarios. Los angloamericanos creen que la guerra redundó en beneficio del suroeste y de los mexicanos que se quedaron o que luego emigraron allí. Ahora gozaban los beneficios de la democracia y estaban libres de la tiranía. Dicho de otro modo, los mexicanos deberían estar agradecidos a los angloamericanos. Si hay choques entre estos y los mexicanos, se nos dice, se debe a que el mexicano no es capaz de entender ni apreciar los méritos de una sociedad libre, la cual tiene que defenderse contra los ingratos. Por lo tanto, la guerra interna, o sea, la represión, se justifica con la misma retórica con que se justifica la agresión internacional.

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