Luis Enrique Íñigo Fernández - Historia de Occidente

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Historia de Occidente acompaña a la civilización occidental desde los albores de la humanidad misma, en los comienzos de la Prehistoria, al presente, y culmina con una reflexión sobre los principales retos que plantea el futuro. La división en capítulos no obedece tanto a criterios meramente cronológicos, propios de la historiografía tradicional, como a los grandes cambios que han ido marcando la evolución de la sociedad occidental, de modo que la obra responde en todo momento a preguntas del tipo de cómo, por qué y cuándo. Se distingue, sin embargo, de muchas otras a la hora de responder quiénes, pues da prioridad a las masas sobre las élites, al pueblo llano sobre la aristocracia, a los gobernados sobre los gobernantes.
La humanidad da comienzo a su andadura como una especie más, inteligente y social, sí, pero incapaz de producir su propio alimento, que debía tomar de la naturaleza sin transformarlo. Así se mantiene durante incontables milenios, dedicando su tiempo a la caza y la recolección, pero sobre todo al ocio, hasta que el desequilibrio entre población y recursos la fuerza a cambiar su modo de vida, tornando en agricultores y ganaderos a los cazadores y recolectores, transformando los campamentos en aldeas y abriendo camino a los primeros guerreros y los primeros jefes.
Miles de años más tarde, cosecha muchos más ricas permitirán nuevos cambios. El excedente sostiene a muchos que no cultivan la tierra; la población crece, las aldeas se convierten en ciudades y los jefes en reyes. La escritura se inventa para llevar la cuenta de las cosechas y los impuestos; nace el Estado y con él muere la igualdad entre los hombres y los pueblos; la guerra, en fin, deja de ser un juego ritual para convertirse en una herramienta de dominación.

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Ninguna cultura semejante a las que habían proliferado en el Creciente Fértil podía, pues, germinar allí. El medio era, quizá, menos exigente que en Mesopotamia o Egipto, pero también menos generoso. El excedente, escaso, sólo podía arrancarse tras un denodado esfuerzo, que compensaba a duras penas el incansable trabajo del agricultor. La población, forzada a ser austera, no alcanzaría nunca el crecimiento exuberante de sus vecinas. Y las comunidades humanas, dispersas e independientes, no se sentirían con facilidad llamadas a la cooperación, y menos aún se mostrarían dispuestas a someterse a un Estado omnipotente que no poseía argumento alguno con el que persuadirlas.

Pero Grecia, tan lejana en espíritu, se hallaba muy cercana en cuerpo a las tierras donde los hombres, quizá sin saber del todo lo que hacían, habían comenzado a soportar sobre sus encorvadas espaldas el creciente peso del Estado. Apenas dos milenios antes de nuestra era, los habitantes de aquel mundo de islas y valles fueron también seducidos por el perfume de la civilización. La primera cultura estatal de que tenemos noticia, la minoica, refleja, como un espejo de plata deformado por la impericia de un orfebre principiante, los mismos rasgos de las grandes culturas del Próximo Oriente, aunque adaptadas a las peculiaridades de un entorno distinto. En la isla de Creta, en lugares como Cnossos, Festos o Hagia Triadha, centenares de casas se arracimaron a la sombra protectora de los palacios de reyes que eran también sacerdotes. Junto a su trono, crecieron asimismo almacenes y talleres, y agotados escribas rasgaron con decisión sus tablillas para dejar constancia del incesante acúmulo de las cosechas y el intenso tráfago de las mercancías. Pero la naturaleza, tan pobre aún la tecnología de los hombres, no podía por menos que imponer su tiranía a aquellos pueblos. No siendo allí tan generosa, no podía ser la tierra, sino el mar, el dador de la abundancia, y fueron el comercio y la artesanía, y no la agricultura, los pilares sobre los que se edificó la riqueza de la cultura minoica,

Durante siglos, la talasocracia de los hijos de Minos, rey mítico de quien se decía que había reinado sobre las aguas, extendió sus redes comerciales por el Mediterráneo oriental. Fenicia, Chipre, Egipto, las islas del Egeo y la misma Grecia continental se encapricharon de su cerámica, consumieron su refinado aceite y sin duda admiraron un arte que rendía culto en sus fastuosos palacios adintelados, sus frescos multicolores y sus jarrones y estatuillas a una naturaleza que, tan sobria en dones, se dejaba, empero, querer por unas gentes que amaban ya la vida como mucho después lo harían todos los hijos del Mediterráneo.

Y, sin embargo, aquella cultura espléndida tardó poco en desmoronarse ante el embate de pueblos menos refinados, pero más aguerridos. Mil seiscientos años antes de nuestra era, los aqueos, procedentes del norte, se enseñorearon de la Grecia continental y, al poco, de las islas del Egeo, quizá debilitadas por terribles catástrofes naturales. La cultura de palacio minoica dejó paso a la cultura de palacio de los aqueos, una simple e insulsa imitación del original, aunque mucho más tosca y violenta, una civilización iletrada, bárbara y militarista, como dijera de ella Gordon Childe. Grecia entera se pobló entonces de pequeñas ciudades, en realidad poco más que miserables villorrios que, apelmazados tras la segura protección de sus ciclópeas murallas, defendían orgullosos una independencia que no era sino sometimiento a los caprichosos dictados de un príncipe guerrero que apenas se ocupaba en cosa alguna que la guerra o el pillaje, un monarca inculto y vanidoso que ansiaba despilfarrar sus exiguos botines en la construcción de tumbas monumentales antes que invertirlos en la construcción de caminos o puentes en bien de sus sufridos súbditos. Micenas, la ciudad de reminiscencias homéricas que da nombre a esta cultura paradójica, no fue más que la primera entre aquellas ciudades, hermanas en cultura, religión y arte. Pero se trataba de una primacía honorífica. El poder de su rey no alcanzaba mucho más allá de sus murallas.

Sí lo hizo, empero, la influencia de aquella civilización de contrastes, verdadera encrucijada entre Oriente y Occidente. Los palacios micénicos y sus tumbas se encuentran en Sicilia; su cerámica y sus armas, en Egipto y en las márgenes del mundo germánico. La difusión de los avances culturales no se detiene. Europa entera descubre el metal, como había descubierto el cultivo de los campos y el pastoreo de los rebaños, y son las tierras bendecidas por la abundancia del preciado cobre o el imprescindible estaño las que más se benefician de los dones que, generoso, ofrecerá el Mediterráneo. Los poblados se fortifican; la igualdad entre los hombres languidece; los jefes y los guerreros imponen su dominio en esta vida y en la otra; las tumbas grandiosas proliferan. Las culturas del bronce se enseñorean de una Europa que ignora aún cuán fértil habrá de ser el fermento que, poco a poco, crece en sus costas meridionales.

La eclosión de las ciudades

Pero la historia parece en ocasiones complacerse en destruir para edificar luego de nuevo sobre las ruinas. Mil doscientos años antes de Cristo, una terrible conmoción sacude el Mediterráneo oriental. Los pueblos del mar , señores del hierro, aniquilan el imperio Hitita y hacen tambalearse al Egipto de Ramsés III. En Grecia, los dorios barren la civilización micénica. Las aguas, removidas, se vuelven turbias. Cuando se aclaran, Oriente muestra una faz apenas transformada. Nuevos imperios, Babilonia, Asiria, toman el relevo de los antiguos. No le ocurre así a Grecia y el Mediterráneo occidental. Los siglos oscuros revelan, cuando se hace de nuevo la luz, ocho centurias antes de nuestra era, un mundo bien distinto. La ciudad-estado, la polis , es ahora el pilar sobre el que se asienta la civilización. Los altivos palacios, las tumbas monumentales, las guerras entre príncipes ególatras son cosa del pasado. No hay ahora por doquier sino burgos humildes, caseríos exiguos, aldeas que se han unido para constituir pequeñas villas que forman, con sus campos vecinos, una unidad económica, social y política. Porque la ciudad es todo eso. Su pasar humilde se nutre de los frutos de la tierra; son escasos el comercio y la artesanía. Sus vínculos son de sangre; no ha brotado aún con fuerza el espíritu de la ciudadanía. Su gobierno pertenece a unos pocos, una oligarquía de aristócratas que remontan al pasado las raíces de su autoridad, que se sientan en el consejo que rige los destinos de todos, que acaparan las magistraturas. La asamblea, donde se reúnen los campesinos soldados, los hoplitas , nada decide.

Mas la polis lleva en sí el fermento del cambio. Los cultivos se transforman. El cereal, inadecuado para aquel suelo pedregoso y seco, deja paso al olivo, a la vid. La producción aumenta, pero sus frutos, el aceite, el vino, sienten la llamada del mercado. La población crece, pero el alimento escasea. El campesino, que arranca con su esfuerzo un nimio fruto de la tierra pobre, se endeuda. A menudo pierde su terruño, a veces incluso su libertad. La distancia entre ricos y pobres aumenta. Las tensiones sociales también. Los poderosos buscan una válvula de escape: llenan barcos que, como hicieran antes que ellos los ambiciosos fenicios, parten ansiosos en pos de nuevas tierras. Las colonias griegas comienzan a poblar el Bósforo, el Mar Negro, las costas de Asia Menor, pero también el norte de África e incluso la lejana Iberia, llevando por doquier la cultura, el arte, las costumbres de la Hélade. Pero la colonización resulta ser un arma de doble filo. Las colonias, independientes en lo político, hermanas en lo cultural, aportan nuevos mercados, consumidores necesitados de mercancías que vuelven sus ojos a sus metrópolis esperando de ellas la satisfacción de sus anhelos. La artesanía, al calor de un mercado nuevo y pujante, se desarrolla. El comercio aún más. La aparición de la moneda, en especial la de plata, agiliza los intercambios. Nuevas clases sociales ven la luz. El campesino no se encuentra ya solo frente a las ambiciones de los aristócratas. Pronto se gesta una poderosa alianza.

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