Con respecto a los matrimonios, en ningún caso supusieron un freno al estilo de vida de la mujer espartana. De hecho, ellas gozaban de una libertad mayor que la de cualquier otra mujer en toda Grecia. Fue crítico Aristóteles con esta costumbre y criticó a Licurgo por no haber podido dominarlas y hacer de ellas personas prudentes. Por el contrario, Plutarco defiende al legislador espartano en cuanto a la crítica de que, a causa de sus medidas, los hombres pasaban demasiado tiempo enfrascados en el ejercicio de la guerra. Decisión que podría haber sido la responsable de que las mujeres quedaran dueñas de todo el patrimonio de Esparta. Este hecho habría redundado en su autonomía e independencia, a pesar de que Licurgo estableció también la obligación del ejercicio físico para ellas. Así pues, no sería extraño ver a las damas espartanas corriendo, lanzando el disco, luchando o tirando con arco, eso sí completamente desnudas, al igual que los hombres. No se buscaba la lascivia sino más bien normalizar el desnudo y el aprecio por el culto al físico.
Aunque con el matrimonio las espartanas no perdían libertades, sí que es cierto que el acto mismo del compromiso era bastante singular. Se trataba de un rapto de la novia y su traslado a la madrina o nympheutria, quien le cortaba el pelo de raíz y la vestía como un hombre. Después, era llevada a un lecho en una habitación a solas y a oscuras en la que el novio entraba al final del día tras haber estado comiendo y bebiendo con los demás. Allí yacía con ella sin llegar a verla hasta mucho tiempo después. Según Licurgo, el hecho de que no se vieran inflamaba sus deseos de conocerse y mantenía la llama encendida entre la pareja, pasado incluso mucho tiempo.
El matrimonio, como en otras civilizaciones y épocas, era visto como base sobre la que engendrar y criar vástagos. El hecho de no casarse era socialmente castigado en Esparta. Refiere Plutarco un ejemplo en el que a todos aquellos que se mantenían célibes, los presidentes de las fiestas de las doncellas les obligaban a dar una vuelta desnudos por la plaza. Así mismo no se les cedía el asiento por parte de los jóvenes en los diversos actos públicos.
En cualquier caso, el concepto de matrimonio en Esparta debe ser entendido de una manera muy laxa y flexible. Licurgo ideó un sistema de procreación en el que cualquier hombre y cualquier mujer podían emparejarse puntualmente a fin de engendrar más hijos. Si por ejemplo un hombre excelente contemplaba a una mujer bella con vigorosos y bellos hijos, podía persuadir al marido para que éste pudiera gozar de ella y engendrar nuevos vástagos. Y lo mismo sucedía al contrario. Cuando una mujer todavía en edad de procreación y casada con un hombre demasiado anciano, podía proponerle el seguir engendrando hijos con otros hombres. Eso nos lleva a entender que tanto los niños como su educación no eran considerados como algo privativo de los padres, sino más bien, de todos. De esta manera, la figura del adulterio desapareció de los tipos penales de Esparta.
En la edad adulta y en la guerra
El hecho de que un espartano alcanzara la edad adulta no significaba una relajación de sus obligaciones como ciudadano. Al contrario, debía poner en práctica respetar y hacer respetar las costumbres que le habían sido dadas durante su etapa juvenil.
El espartano quedaba exonerado de trabajar por sí mismo la tierra. Esta era una tarea que quedó encomendada a los hilotas, quienes pagaban un canon por cultivarla. Tampoco las mujeres se dedicaban a esos menesteres ya que, como dijimos, una vez que alumbraban, se ejercitaban en las mismas actividades deportivas que los hombres. Tampoco les estaba permitido a los espartiatas dedicarse al comercio o cualquier otra actividad orientada a la acumulación de riqueza. Semejante acto sería visto como un comportamiento repleto de egoísmo y avaricia que le conduciría directamente a los tribunales. Las dos principales obligaciones de los hombres serían las de acudir al gimnasio y a las tertulias en las que se ensalzaría la virtud y se criticaría lo torpe. Así como el trabajo con las manos estaba mal visto, tampoco la holgazanería debía hacerse un hueco en la vida del buen espartiata. Los menores de 30 años no podían dejarse ver por la plaza y enviaban a otros a comprar lo que necesitaban. Tampoco los más mayores debían perder mucho tiempo en estos eventos y más se debieron emplear en la ejercitación física y la exaltación de las virtudes espartanas. Esto último parece que sería ejercitado con gran orgullo por los espartiatas. Pedárito, por ejemplo, un espartiata que no fue elegido entre los Treinta (la Gerusía o Consejo de Ancianos), se dedicó a proclamar el orgullo que sentía de saber que había 30 espartanos mejores que él que le aventajaban. En este sentido, la madre de Brásidas comentó a su muerte que era un gran espartano pero que había muchos varones en Esparta con una mayor excelencia que él. Como bien refiere Plutarco, su idea fue crear una gran comunidad al modo de las abejas, aquella en la que ninguno de sus miembros caminara solo al margen del resto. Es motivo este por el que tampoco gustó a Licurgo que sus conciudadanos viajaran a tierras extrañas. El temor no a que imitaran sus cosas de gobierno sino más bien a que fueran importadores de algún vicio, le hizo limitar todo lo más que pudo las salidas de los espartiatas a otras tierras.
Tampoco el final de la vida quedó sin legislar. Licurgo dispuso todo lo que habría de hacerse una vez que la efímera estancia del ser humano en la tierra se extinguía. A pesar de honrar la memoria de sus difuntos de una manera pública, Licurgo impuso un máximo de once días de duelo. Era poco amigo de la inacción y de la quietud de la sociedad, por lo que fijó ese límite como insuperable para rendir tributo al fallecido. Por otro lado, quiso que los espartanos se familiarizaran con la muerte tanto como con la vida, y para ello tomó la determinación de enterrar a sus muertos dentro de la ciudad así como erigir estatuas en su honor cerca de los templos. De este modo conseguiría el efecto de que nadie se turbase o se sintiese contaminado por tocar un cadáver o pasar por delante de su sepultura.
Cuando los varones adultos marchaban a la guerra, no lo hacían de cualquier manera. Al llegar los momentos previos al combate, Licurgo impuso el azaroso ejercicio de la limpieza. Durante los años formativos, el espartano era rapado al cero, mientras que al alcanzar la edad adulta, dejaba crecer su melena por imperativo legal. Teniendo un cabello largo, el espartano se afanaba en que su aspecto fuera lo más limpio posible momentos antes del combate. Según Licurgo, el pelo largo hacía parecer más hermosos a los que ya eran apuestos y más temibles a los que de hecho ya eran poco agraciados. El espíritu que dominaba sus almas al marchar en formación era absolutamente feliz y ocioso. Se preparaban durante toda su vida para aquel glorioso momento y era extraño, pues, ver que alguno se turbara o se asustara. Más bien al contrario, con paso firme y alegría en el rostro, se dirigían a encontrarse con su destino. Al son de la flauta interpretando el kastoreion, la infantería espartana se movía de manera silenciosa y ordenada, causando gran conmoción entre los enemigos que, por lo general, solían lanzarse en desbandada y en medio del griterío contra ellos. Esos gritos solían ser la exteriorización del miedo interno que portaban en sus adentros, al ver como aquellos inmutables soldados no se alarmaban lo más mínimo. Tras la victoria (que, por lo general, es lo que solía ocurrir) los espartanos no solían perseguir al enemigo sino hasta haberse cerciorado de que éste abandonaba el combate. No era idea de Licurgo la de aplastar al enemigo de manera contundente, sino simplemente de que huyera. Este hecho permite hablar de una persona más proclive a la paz que a la guerra. Tanto es así que aunque se le atribuye la organización de la caballería en escuadrón, formado a partir de 50 caballos, los hay que afirman que no se dedicó en su vida a las cosas de la guerra.
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