Muy al contrario, el historiador le culpó de haber violado los principios fundamentales de la constitución espartano-licurguea y le acusó de ser el auténtico instigador de los males que arrastraron a Esparta a su desgracia y caída en Leuctra (371 a.C.). Le señaló por haber corrompido las virginales y puras mentes espartanas introduciendo las monedas de oro y plata, así como el gusto por la opulencia y el afán desmedido de conquista y prestigio, fomentando las envidias y las luchas internas. En mi opinión y con permiso de Plutarco, considero que la figura de Lisandro debe ser revisada y creo que, en general, es merecedora de un trato mucho más amable del que la historia le ha dispensado. Frente a una casta política inmovilista y carente de ideas, totalmente dependiente de Alcibíades, Lisandro tomó el relevo del ateniense y orientó a sus políticos hacia el rumbo que la política espartana debería tomar toda vez que Alcibíades les había abandonado y las relaciones con el imperio persa, que era quien realmente sostenía al ejército espartano, se estaban deteriorando. Logró sellar el acuerdo de colaboración más importante con Ciro el persa, arrancándole una suculenta financiación para las tropas que hizo afluir a Esparta el dinero y los recursos evitando, de paso, la huida en masa de soldados y remeros. Además, llevó la guerra hacia el teatro principal de operaciones en el que tendría lugar el auténtico desenlace de la contienda: el mar. Con unas finanzas saneadas, logró rearmar una flota capaz de competir con la de los atenienses en el que había sido durante años su medio por excelencia y arrebatárselo. Una vez logrado no se detuvo allí sino que extendió la hegemonía de Esparta por toda Grecia a través de los harmostas, gobernadores militares espartanos, instaurados en diferentes ciudades y apoyando gobiernos oligárquicos pro espartanos para asegurarse su sometimiento a la metrópoli y el control de su política exterior. En definitiva, toda una serie de medidas que cimentaron la creación de un vasto imperio que bien podría haberse desarrollado normalmente de haber existido una corriente de pensamiento más profunda y reformista en el seno de la política espartana que hubiera tratado de flexibilizar el rígido sistema social y económico que existía en la ciudad y que, por otra parte, había contribuido a la concentración de la riqueza en pocas manos condenando a la miseria a un buen número de ciudadanos que perdieron sus derechos políticos a causa de la pobreza. Precisamente, la caída en desgracia de Lisandro permitió que, ahora sí, otro rey, se alzara no solo con un gran prestigio sino con el favor de todos aquellos que escribieron sobre él, especialmente Jenofonte, que fue su protegido. Agesilao tuvo un reinado largo y enérgico que llevó las fronteras del imperio espartano hasta donde nadie antes había imaginado, Asia. Su proyecto asiático y la menor dependencia de las finanzas persas, hicieron posible que los espartanos se vieran en aquellas lejanas tierras a donde Cleómenes un siglo antes se había negado a viajar. Y, en verdad, el balance comenzaba a ser prometedor cuando, por circunstancias del destino, las noticias de una sublevación en el interior de Grecia por parte de una serie de ciudades entre las que se encontraba Atenas, obligó al rey a retornar inmediatamente, abandonando precipitadamente su gran proyecto de invasión de Asia. Aquella empresa que a punto estuvo de mutar la bandera del imperio persa por la griega en las mismísimas tierras de Asia no pudo ser completado por un hecho que indignó hasta al mismísimo Plutarco, quien no tuvo inconveniente en criticar lo inoportuno de aquellas ciudades para rebelarse perjudicando un proyecto que, seguramente habría sido beneficioso para todos ellos como griegos que eran. Sin embargo, a partir de entonces, una política excesivamente agresiva y expansionista, sustentada en una filosofía de “guerrear por guerrear” terminó por arruinar no solo las arcas espartanas, sino también, aquel sueño que había comenzado a calar entre los griegos de pertenecer a un proyecto único común que comenzaba a dar señales de poder expandirse por todo el mundo conocido: el llamado y, también cuestionado, panhelenismo. Sin embargo, aquel anhelo no sería posible, al menos hasta la llegada de Alejandro el Grande y el helenismo.
He de advertir que el presente trabajo no se concibió en ningún momento como un proyecto de corte académico o científico. Se trata, sin lugar a dudas, de una obra original que trata de acercar hechos conocidos del kosmos espartano a todos aquellos lectores interesados en el conocimiento básico de la historia cuyo paso por la misma ha tenido un carácter tangencial por la antigüedad clásica. Por tanto, no se exija a esta obra el valor de un artículo o libro de divulgación científica que, en ningún momento ha pretendido tener. Al contrario, como historiador, considero absolutamente indispensable la expansión de este tipo de obras que den un traslado amplio de los acontecimientos históricos a todas aquellas personas que, a causa de múltiples factores, se hallan en el mismísimo “tártaro” de la ciencia histórica. Los historiadores no podemos albergar esperanza alguna de supervivencia si no realizamos un esfuerzo conjunto para “democratizar y popularizar” nuestra amada materia que, actualmente se halla en un reducto marginal de nuestra sociedad. Solo promocionando la fascinación por los hechos históricos más atractivos, lograremos que una mayor cantidad de personas abandone el conocimiento superficial para adentrarse de lleno en el conocimiento profundo, riguroso y científico de la historia. Solo a través de ese paso previo que no debería suponer una rémora para el historiador profesional, sino un necesario acicate, lograremos generar el interés suficiente para seguir avanzando en esta ciencia. Y no es esta reflexión una cuestión meramente accesoria, sino más bien vital, al actuar la historia como auténtico generador de conocimiento explicando y haciendo comprensible el mundo presente a través de la mirada al pasado. No son pocas las cuestiones que, en el día de hoy, funcionan como auténtico eco de hechos pretéritos y, de la misma manera, no pocas de ellas podrían haber sido previstas merced a su anterior conocimiento. Como reza la máxima, todo pueblo que no conoce su historia, está condenado a repetirla. Sirvámonos pues de ella para evitar, en la medida de lo posible, repetir las acciones que, por su naturaleza o sus consecuencias, sean particularmente dañinas para nuestra existencia.
Extraiga, de esta manera, el lector las conclusiones pertinentes una vez realizado este apasionante y singular recorrido por la excitante biografía de estos seis ilustres espartanos. Pasemos ya, sin más dilación, a conocer la vida y obra de los hombres que forjaron la leyenda.
LICURGO
En la actualidad todo el mundo asocia Esparta a una ciudad de carácter excepcionalmente militar y disciplinado. En no pocos sitios se habla de “disciplina espartana” para referirse a la ejecución de un esfuerzo de grandes proporciones con total indiferencia ante los rigores del sufrimiento. Es cierto que fueron los mismos espartanos los que hicieron valer su fama de valientes y abnegados soldados, pero, al contrario de lo que mucha gente piensa, la sociedad de Esparta no fue siempre así.
Al igual que muchas otras poleis griegas, durante el período micénico (1600-1100 a.C.) Esparta fue una próspera ciudad del Peloponeso que albergaba una sociedad heterogénea con reyes, nobles, comerciantes, soldados, etc. Nada parecido a la presunta sociedad igualitaria en la que luego se convirtió, cuyo carácter militar impregnó todas las esferas de la vida. Por el contrario, antes de los períodos arcaico y clásico, las guerras se llevaban a cabo de manera exclusiva por grupos de campesinos armados y no existía un ejército profesional permanente.
Читать дальше