Bernardo Esquinca - Carne de ataúd

Здесь есть возможность читать онлайн «Bernardo Esquinca - Carne de ataúd» — ознакомительный отрывок электронной книги совершенно бесплатно, а после прочтения отрывка купить полную версию. В некоторых случаях можно слушать аудио, скачать через торрент в формате fb2 и присутствует краткое содержание. Жанр: unrecognised, на испанском языке. Описание произведения, (предисловие) а так же отзывы посетителей доступны на портале библиотеки ЛибКат.

Carne de ataúd: краткое содержание, описание и аннотация

Предлагаем к чтению аннотацию, описание, краткое содержание или предисловие (зависит от того, что написал сам автор книги «Carne de ataúd»). Если вы не нашли необходимую информацию о книге — напишите в комментариях, мы постараемся отыскать её.

Eugenio Casasola trabaja como cronista de nota roja en El Imparcial. Una serie de asesinatos le pone sobre la pista de El Chalequero, asesino en serie ya encarcelado por matar prostitutas. Murcia, amante de Eugenio, fue una de sus víctimas. Una médium, Madame Guillot, lo ayudará a comunicarse con su espíritu y lo llevará a conocer los secretos del más allá. Mientras tanto el inspector de policía Rougmanac cuenta con un plan secreto para acabar con la ola de crímenes que asola la ciudad. En
Carne de ataúdconviven los feminicidios, la represión a la prensa, la corrupción y la violencia que se vivió en las primeras décadas del siglo xx en Ciudad de México. El autor, Bernardo Esquinca, ha trazado una serie de novelas policiacas –la saga Casasola– que tiene por protagonista a un reportero que escribe sobre historias de violencia y que habla en sueños con los muertos. «Su estilo es directo, sencillo, profundo y acogedor. Cada enigma será resuelto en su momento. Se percibe que aspira a la perfección y esto lo convierte en un novelista de respeto.» Elmer Mendoza, El Universal «Bernardo Esquinca ha logrado reinventar el género del terror en lengua española y alternarlo con la novela negra para crear un programa narrativo de gran calidad y distinción que día tras día gana más público. Muy pocos escritores en la actualidad pueden presumir este ensamble de arrojo literario, saber histórico, inteligencia y amenidad que caracteriza a Bernardo Esquinca.» Sergio González Rodríguez, Premio Anagrama de ensayo 2014

Carne de ataúd — читать онлайн ознакомительный отрывок

Ниже представлен текст книги, разбитый по страницам. Система сохранения места последней прочитанной страницы, позволяет с удобством читать онлайн бесплатно книгу «Carne de ataúd», без необходимости каждый раз заново искать на чём Вы остановились. Поставьте закладку, и сможете в любой момент перейти на страницу, на которой закончили чтение.

Тёмная тема
Сбросить

Интервал:

Закладка:

Сделать

—Me quiero pelear —dijo de pronto Julio, sin apartar la vista de la barra.

Eugenio dejó su fosforito sobre la mesa y preguntó, extrañado:

—¿Por qué? ¿Alguien te ofendió?

—No. Resulta que aquí todos se han peleado menos yo. Necesito probarme a mí mismo. Todos debemos hacerlo de vez en cuando, de lo contrario nos atrofia la comodidad.

—¿No te basta pelearte todos los días con los monstruos que pintas? Debes estar exhausto. Las mujeres que dibujas parecen malvadas y peligrosas. Si llego a toparme alguna en un callejón, me orinaré en los calzones.

—Las mujeres son domadoras. Algún día haré un cuadro sobre eso. Uno pequeño, porque su potencia estará en el significado, y no en el tamaño. Una mujer desnuda con látigo dominando a un cerdo. ¿Te gusta la idea?

Eugenio le dio un trago a su café. Sabía a rayos, pero el alcohol que contenía lo reconfortaba.

—Hablando en serio, necesito tu consejo… Me enamoré de Murcia, no soporto que se acueste con otros hombres.

Por primera vez en un largo rato, Julio le dedicó una mirada a su amigo. Sus ojos eran oscuros, como un pedazo de noche sin estrellas. Justo arriba de él colgaba una lámpara de petróleo. Su luz rojiza parecía proyectar pequeñas llamas que bailaban sobre sus cabellos. Eugenio

se sintió intimidado y pensó que —al igual que las criaturas que dibujaba— Julio también era un ser de las profundidades.

—Súbela a un barco y llévatela a Europa —dijo Julio, en tono grave—. Ahí sí entenderán tus pasiones. Si te quedas aquí, los destruirán a los dos. Eso hace esta ciudad. No son buenos tiempos para los rebeldes. Pronto haré lo mismo. Alemania o Francia. ¿En verdad quieres quedarte aquí? Ninguna de mis criaturas terribles se compara con la figura del Dictador.

Julio volvió a sus dibujos. Una mujer torturada por espinas comenzó a brotar en la servilleta.

—La otra noche —dijo Eugenio— pasó algo desagradable en su jacal. Cuando terminamos de hacer el amor, vi a un hombre que nos miraba por la ventana.

—Seguro era su padrote. La tragedia de Murcia es que no te pertenece a ti, ni siquiera se pertenece a sí misma. Tiene dueño. Por eso te la debes robar.

Un tumulto se armó al fondo del bar. Un grupo de hombres forcejeaba. Las meseras se apartaron, temerosas. Una silla se rompió en la cabeza de alguien y una botella se estrelló en la pared.

—Es mi oportunidad —dijo Julio. Se acabó su fosforito de un trago, se levantó y se dirigió hacia la trifulca con paso firme.

Era la primera vez que sonreía en toda la noche.

Domingo de peregrinación. Murcia y Eugenio caminaban a un lado de la carretera que llevaba al Santuario de la Villa de Guadalupe, en la colonia Peralvillo. Numerosos

fieles de la Virgen marchaba en hilera, protegiéndose del sol con rebozos y sombreros de petate. Constantemente se escuchaba los cascabeles de las mulas que arrastraban a los tranvías colmados de pasajeros. En las cercanías del Río Consulado, la zona en la que trabaja Murcia, enfilaron hacia una pulquería. Una zanja apestosa la separaba de la carretera; a manera de puente, unos tablones de madera podrida habían sido depositados en el lodazal.

Se sentaron a una mesa. El encargado, que portaba un sombrero de ala ancha bordada de plata, se acercó a atenderlos.

—Dos sangre de tigre —pidió Murcia.

Como Eugenio puso cara de angustia, se apuró a decir:

—Es de tuna, no seas menso.

En la mesa había un plato con granos de maíz, arvejones, pepitas de calabaza y habas tostadas, que Eugenio se apuró a comer.

—Siempre venimos a tus pulquerías —dijo—. A ver qué día me dejas invitarte a mis rumbos.

—Estás loco. ¿Para qué, si el pulque es muy sabroso? Además, lo tomo todos los días porque es medicinal. Cura dolores de muelas, tumores, y hasta la sífilis y la gonorrea. El encargado se acercó con las bebidas y

las depositó en la mesa. Cuando se retiró, Eugenio vio entre la gente que llenaba el lugar a un hombre sentado en una mesa del fondo. Su presencia era llamativa: vestía de negro, tenía bigote poblado y mirada penetrante. Tanto que, cuando sus ojos se cruzaron, Eugenio bajó la cabeza.

—¿Qué tienes? —preguntó Murcia—. Parece que viste al Diablo.

—Ese tipo que está allá, solo —dijo Eugenio—. No para de mirarnos. ¿Lo conoces?

Murcia le dio un trago a su pulque, comió un puñado de semillas y respondió mientras masticaba:

—Es El Chaleco. Un zapatero del barrio.

—Podría asegurar que lo he visto antes.

—¿Tú? Será en sueños. Me voy a poner celosa —Murcia soltó una risotada. Un grano de maíz salió volando de su boca, como si en medio de su fuerte carcajada se le hubiera desprendido un diente.

—¿Es tu amigo?

—Aquí todos lo conocen. Tiene varias mujeres.

—No quiero que te le acerques. Me da mala espina.

Su mirada volvió a cruzarse con la del extraño sujeto. Eugenio vio dos pozos negros, sin fondo. Su mente hizo una conexión, y la sangre se le heló.

—Vámonos —dijo, mientras se levantaba y dejaba dinero sobre la mesa—. Es el hombre que nos espió la otra noche.

Eugenio no quiso desnudarse. Acostado junto a Murcia en su jacal, vigilaba la ventana con mirada nerviosa. Ella apagó la lámpara de petróleo para tranquilizarlo. Le desabotonó la camisa y comenzó a acariciarle el pecho. Aunque su mano quería bajar hacia la bragueta, continuó haciéndole cariños.

—No tenemos que hacerlo si no quieres. Puedes quedarte a dormir.

La luna iluminaba el jacal con una luz más potente que la de la lámpara de petróleo. La incomodidad de Eugenio aumentó.

—Quiero sacarte de aquí —dijo.

—¿Ahorita? Si ya es de madrugada.

—No. Me refiero al barrio. Es peligroso.

Murcia sonrió. Le dio un beso en la frente. Estaba contenta.

—¿Me llevarás en brazos a Catedral, y pedirás mi mano ante todos los santos?

Eugenio se incorporó y la miró fijamente.

—Sí —dijo—. Ante Dios y ante el Diablo, si es preciso.

—Ay chamaco. Es la calentura.

Murcia bajó la mano; sintió su verga dura, dispuesta. La estranguló con dulzura y dijo:

—Ya se te pasará. Así son todos los hombres.

5 Ciudad de México junio de 1908 Eugenio se encontraba en la oficina de - фото 4

5

Ciudad de México, junio de 1908

Eugenio se encontraba en la oficina de Rafael Reyes Spíndola, director de El Imparcial. El jefe lo había mandado llamar: estaba feliz con las notas del Chalequero, que aumentaron considerablemente las ventas del periódico. Lo recibió con un abrazo, le pidió que se sentara y le ofreció un poco de coñac.

Eugenio permaneció con la copa en la mano, sin atreverse a darle un trago, ni a ponerlo sobre el escritorio del patrón.

—Siempre hago la broma de que mi periódico es para cocineras —dijo Reyes Spíndola, mientras se reclinaba en la silla y pasaba las manos por detrás de la cabeza—, pero tú me estás echando a perder el chiste. Con estas exclusivas, ahora sí parecemos un diario de verdad, como los de Estados Unidos.

—Sólo hago mi trabajo —Eugenio no era modesto, pero le aterraba la posibilidad de que el jefe sospechara que él tenía un vínculo personal con esa historia.

—Qué va. Si hasta pareces detective, carajo. La policía debería pagarte una recompensa o al menos darte una medalla. Gracias a ti, ahora ese lépero está tras las rejas.

—La conexión era evidente. Lo que ocurre es que la policía cada vez tiene más trabajo.

—Y nosotros más lectores —interrumpió el jefe—. Bendita sea la sangre. A nadie le gusta, la queremos lo más lejos posible de nuestro vecindario, pero cómo nos entretiene leer lo que le pasa al peladaje. ¿Quién lo hubiera dicho? El futuro del periodismo se encuentra en el crimen. Los privilegiados leen las desgracias del populacho desde la comodidad de su hogar. ¿No es el negocio perfecto?

Читать дальше
Тёмная тема
Сбросить

Интервал:

Закладка:

Сделать

Похожие книги на «Carne de ataúd»

Представляем Вашему вниманию похожие книги на «Carne de ataúd» списком для выбора. Мы отобрали схожую по названию и смыслу литературу в надежде предоставить читателям больше вариантов отыскать новые, интересные, ещё непрочитанные произведения.


Carola Käpernick - Milly con Carne
Carola Käpernick
Jonathan Maberry - Carne y hueso
Jonathan Maberry
Carla María Maeda González - ¿Princesas de carne y hueso?
Carla María Maeda González
Gloria Román Ruiz - Franquismo de carne y hueso
Gloria Román Ruiz
Bernardo Esquinca - Los niños de paja
Bernardo Esquinca
Martyn Lloyd-Jones - No contra sangre y carne
Martyn Lloyd-Jones
Antonio Esquinca - Plan de vuelo
Antonio Esquinca
Bernardo Esquinca - Demonia
Bernardo Esquinca
Bernardo Esquinca - Mar negro
Bernardo Esquinca
Отзывы о книге «Carne de ataúd»

Обсуждение, отзывы о книге «Carne de ataúd» и просто собственные мнения читателей. Оставьте ваши комментарии, напишите, что Вы думаете о произведении, его смысле или главных героях. Укажите что конкретно понравилось, а что нет, и почему Вы так считаете.

x