Kate Hoffmann - El Pirata

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SU HONOR LE EXIGÍA VOLVER A SU ÉPOCA… ¡A MATAR A UN HOMBRE QUE HABÍA MUERTO HACÍA TRESCIENTOS AÑOS!
Griffin Rourke: pirata, espía… quería vengarse del infame bucanero Barba Negra por haber matado a su padre. Y nada… ni siquiera una cautivadora mujer llamada Meredith iba a detenerlo.
Meredith Abbott no podía creerlo cuando se encontró al duro Griffin Rourke en la playa. El guapísimo pirata era la personificación de todas sus fantasías. Pero Meredith no había contado con que su amante tuviera aquella sed de venganza…

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Una vez más, Griffin se quedó asombrado con su belleza. Y esta vez no pudo evitarlo: extendió un brazo y le acarició suavemente el labio inferior.

– Sé que tengo mal genio, pero no quería ser grosero contigo. Siento haberme enfadado contigo esta mañana. Te estoy muy agradecido por todo lo que has hecho por mí, Merrie.

– Pero quieres volver a tu tiempo…

– No tengo otro remedio. Debo hacerlo. Merrie lo tomó de la mano.

– Mi amiga, Kelsey, ha estado aquí esta tarde. Decidió venir a verme.

– ¿Y qué te ha dicho?

– El único consejo que ha podido darme es que deberíamos repetir las condiciones que se dieron la noche de tu aparición. Puede que entonces encontremos el agujero negro por el que llegaste.

Griffin estuvo a punto de maldecir en voz alta.

– ¿Repetir las condiciones? ¿Y cómo podríamos crear un huracán? A menos que hayáis encontrado la forma de controlar el clima, sospecho que eso es imposible.

– Puede que no necesitemos un huracán, que nos sirva una simple tormenta…

– ¿Y qué hacemos? ¿Esperar una?

– Por ahoja, sí. Por lo menos, hasta que encontremos otra solución.

Él intentó controlar su desilusión. Sabía que Merrie no merecía otro de sus enfados.

– ¿Le has hablado a tu amiga sobre mí? Ella negó con la cabeza.

– No, sólo le he planteado una situación hipotética. Le he dicho que estoy escribiendo una novela -respondió-. Si le hubiera contado la verdad, habría pensado que he perdido el juicio.

Griffin comenzó a caminar de un lado a otro, nervioso. Podía sentir que Merrie lo seguía con la mirada.

– ¿A qué hora me encontraste?

– A medianoche.

– ¿En qué condiciones?

– Muy extrañas, la verdad. El huracán estaba en lo peor y de repente se detuvo. Todo se quedó tan tranquilo y silencioso, que me asusté.

– ¿Y cómo me encontraste? Ella frunció el ceño.

– No estoy segura, pero recuerdo que algo me empujó a salir al exterior. Y entonces, te vi en la playa.

Griffin se acercó a la ventana del dormitorio, corrió la cortina y miró hacia el mar.

– ¿Dónde exactamente?

– A unos metros del cedro grande, en línea recta. La marea estaba alta y las olas casi llegaban al jardín. ¿Pero sabes una cosa? Sospecho que el proceso no empezó en la playa. Creo que allí, en realidad, sólo terminó.

– No te entiendo…

– Da igual, eso no importa ahora -dije ella-. He alquilado un yate durante unos días, así que podríamos marcharnos mañana si hace buen tiempo. He pensado que podíamos navegar hasta el lugar donde dices que te caíste por la borda. Tal vez en centremos alguna pista… pero el viaje es largo, así que tal vez deberíamos anclar en Bath, pasar la noche allí y regresar al día siguiente.

– Es un buen plan. Pero, ¿sabes navegar?

– Mi padre me enseñó cuando era pequeña. Y lo que no pueda recordar, me lo recordarás tú. No creo que la navegación haya cambiado mucho en los últimos siglos.

Por primera vez, Griffin sintió que tenía alguna esperanza. Si conseguía regresar a su época antes de una semana, todavía pondrían acabar con Barbanegra.

Sin embargo, sabía que echaría de menos a Merrie. Cada día le sorprendía más su fuerza de espíritu y su carácter. No retrocedía nunca, ni siquiera cuando él se sentía dominado por la desesperación y se enfadaba. No lloraba, no pedía ayuda, no se escondía. En lugar de eso, lo retaba constantemente y lo animaba a ver lo bueno de aquella situación.

Era una mujer muy fuerte. Y en cuanto a él, ya no podía negar lo que sentía. Merrie le importaba. Quería que fuera feliz y desde luego no le agradaba la necesidad de abandonarla.

Volvió a cerrar la cortina de la ventana y se sentó en la cama, junto a ella. Después, se frotó los ojos y se pasó una mano por el pelo.

– ¿Qué pasará si no puedo volver? -murmuró él.

Meredith le puso una mano en el hombro. Griffin se sintió tan bien, que cerró los ojos para disfrutar de su contacto.

– Si se presenta ese problema, ya pensaremos en ello.

Emocionado por su actitud, se volvió hacia ella. Una vez más, su mirada se clavó en los labios de Meredith.

– ¿Por qué estás sola? -preguntó.

Merrie parpadeó, confundida.

– ¿Qué quieres decir?

– ¿Cómo es posible que ningún hombre te proteja? Cuando yo me marche, te quedarás sola. ¿No tienes miedo?

Ella sonrió.

– No necesito que nadie me proteja, Griffin. Soy perfectamente capaz de cuidar de mí.

– Pero ya has pasado la edad del matrimonio y…

– ¿De dónde te has sacado que soy una especie de vieja solterona? -se burló.

– ¿Es que te gusta vivir así? ¿Sola? Merrie se ruborizó levemente y se encogió de hombros.

– No lo sé, no he pensado mucho en ello. Pero, de todas formas, el mundo ha cambiado gracias a la revolución sexual y las mujeres tenemos ahora la oportunidad de ser independientes como los hombres, de poder elegir.

Griffin estuvo a punto de preguntarle sobre la revolución sexual, pero decidió concentrarse en lo que realmente importaba.

– Sea como sea, deberías buscar un marido. No esperes más tiempo.

– No es tan sencillo. Hay muchos asuntos que considerar…

– ¿Qué me dices de ese Muldoon? Parece un buen hombre, tiene salud y es dueño de un local con muchos clientes. Seguro que sería un marido decente… si quieres, puedo ir y hacerle una propuesta en tu nombre.

– ¿Tank Muldoon? -dijo Merrie, entre risas-. Sí, es un buen hombre, pero no me gusta.

Griffin tomó las manos de Merrie y las apretó con suavidad.

– Es un hombre fuerte y rico y su aspecto no es malo. Sé que para una mujer es importante que los hombres se bañen con frecuencia y que su dentadura se encuentre en buenas condiciones.

– Está bien, te lo diré de otro modo: yo no soy de la clase de mujeres que le gustan a Tank.

– Qué tontería. Si te tuviese, sería un hombre muy afortunado. Merrie apartó las manos.

– Griffin, no te preocupes por mí. Estaré bien cuanto te marches, en serio… ya estaba bien cuando apareciste.

Él asintió.

– Si yo fuera de tu época, querría estar contigo.

– Eres muy amable, pero no me gustaría que estuvieras conmigo a menos que me amaras de verdad.

– Muchas personas se casan sin estar enamoradas…

Griffin pensó que se había casado con Jane sin estar enamorado y sin que apenas se conocieran, lo cual no había evitado que su mundo se hundiera por completo cuando falleció. Tal vez porque, con el tiempo, había aprendido a amarla.

Jane había muerto sola en su pequeña casa de Williamsburg, tres días después de que las fiebres se llevaran a su hijo. Por entonces, él se encontraba en mitad del Atlántico, regresando desde Inglaterra, ocupado con sus responsabilidades como capitán del Spirit y contento por el precio que había conseguido por su cargamento de tabaco de Virginia.

– ¿Griffin?

– ¿Sí?

– ¿Te encuentras bien?

Lentamente, y sin decir nada, Griffin se inclinó y la besó en los labios. Ella entreabrió la boca, invitándolo a seguir; y al ver que no lo hacía, se decidió a adoptar una actitud más activa y lo lamió.

Lo que había comenzado como un gesto apenas perceptible, se transformó de repente en un acto cargado de sensualidad. Griffin deseaba besarla apasionadamente, hundirse en su cabello y en sus ojos. Pero, a pesar de ello, se apartó. No creía tener derecho a aceptar lo que le ofrecía; no podía hacerlo entonces ni podría hacerlo nunca.

– Lo siento -dijo ella.

– Soy yo quien debe disculparse. He actuado de forma impulsiva, sin pensar en tus sentimientos ni en tu honor.

Griffin se levantó de repente y se dirigió hacia la puerta.

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