Kate Hoffmann - El Pirata

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SU HONOR LE EXIGÍA VOLVER A SU ÉPOCA… ¡A MATAR A UN HOMBRE QUE HABÍA MUERTO HACÍA TRESCIENTOS AÑOS!
Griffin Rourke: pirata, espía… quería vengarse del infame bucanero Barba Negra por haber matado a su padre. Y nada… ni siquiera una cautivadora mujer llamada Meredith iba a detenerlo.
Meredith Abbott no podía creerlo cuando se encontró al duro Griffin Rourke en la playa. El guapísimo pirata era la personificación de todas sus fantasías. Pero Meredith no había contado con que su amante tuviera aquella sed de venganza…

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– No necesito comprenderlo totalmente. Sólo tengo que saber si.-hay un agujero negro en mi casa.

– Cualquiera sabe. Todo es posible, supongo… -dijo, frotándose la frente como si le doliera la cabeza.

– También quiero saber si una persona podría viajar en el tiempo a través de ese agujero.

– Como ya te he dicho, hay quien afirma que sí.

Meredith sonrió.

– Entonces, no estoy loca… No sabes cuánto me alegro.

Kelsey tomó a su amiga de la mano y la miró con intensidad.

– ¿Has estado trabajando demasiado? Sí, seguro que sí. Te has pasado varios días aquí, sola, y tu mente ha empezado a divagar…

– No es eso.

– Entonces, ¿qué es? ¿qué te ocurre? No me digas que has sufrido un encuentro en la tercera fase…

Meredith se ruborizó. Pensó que la expresión era irónica y preguntó:

– ¿Un encuentro en la tercera fase? ¿Te refieres a si he estado con un hombre?

– No, tonta, me refiero a un extraterrestre.

Esta vez fue Meredith quien miró a Kelsey como si estuviera loca.

– No digas tonterías, Kels. No me he topado con ningún hombrecillo verde.

– Qué alivio, porque empezabas a preocuparme -declaró, mirándola con desconfianza-. Aunque espera un momento… ¿insinúas que has estado con un hombre de verdad?

Merrie optó por mentir. Si le decía la verdad, sabía que Kelsey la sometería a un interrogatorio en toda regla.

– No, en absoluto. Pero volviendo al tema de conversación, si alguien llegara al presente a través de uno de esos agujeros negros y quisiera regresar, ¿cómo podría hacerlo? Si los agujeros negros no se ven, ¿cómo podría encontrarlo?

– Me estás mintiendo, Meredith. Dime la verdad: ¿esto guarda relación con un hombre?

– Kelsey, por favor, dime cómo encontrar un agujero negro.

– No sé, tal vez podrías contratar a un pájaro carpintero gigante y pedirle que te haga uno -se burló.

– Muy gracioso. Venga, contéstame.

– Mira, soy una profesional brillante, pero hay cosas que están más allá de mis conocimientos.

– Entonces, formula una hipótesis. Eso es lo que hacéis los físicos, ¿verdad?

Kelsey se sentó en el sofá y echó la cabeza hacia atrás.

– Bueno, supongo que habría que emular las condiciones que provocaron el primer incidente. El viajero del tiempo tendría que estar en el mismo sitio, a la misma hora, y tal vez llevar la misma ropa y hacer el mismo tipo de cosas. No lo sé, Meredith.

Es pura elucubración.

– Eso es mejor que nada -murmuró Meredith.

– ¿A qué viene esto? ¿Es que tienes intención de hacerte un viajecito al pasado? Te lo preguntó porque, en tal caso, será mejor que tengas mucho cuidado -dijo.

– ¿Cuidado?

– Sí. Podrías cambiar el curso de la historia y provocar un sinfín de problemas. Pero si vas a darte una vuelta por siglos pretéritos, tráeme de regalo a uno de esos tipoí caballerescos, románticos y…

Kelsey se detuvo y la miró con renovado interés, como si acabara de caer en la cuenta de algo. Meredith, sin embargo, se ruborizó otra vez.

– Oh, Dios mío, Meredith… Estás empezando a asustarme. Dime qué ha pasado.

Merrie tomó a Kelsey del brazo y tiró de ella para que se levantara del sofá.

– Te lo diré cuando tenga algo que decir. Pero ahora será mejor que te marches o perderás el último transbordador a Halteras.

– Pensaba quedarme a pasar la noche… Meredith llevó a su amiga hacia la puerta.

– No puede ser. Tengo cosas importantes que hacer.

– No pienso marcharme de la isla. Si es necesario, reservaré una habitación en un hotel. Tenemos que hablar, Merrie. Quiero saber lo que pasa.

Meredith la soltó y gimió.

– Está bien. ¿Quieres saber la verdad? Hay un hombre conmigo, y si regresa mientras estás aquí, me estropearás el fin de semana. Quiero que subas a tu coche y que tomes el primer transbordador. Te prometo que te llamaré y te lo contaré todo en cuanto sepa algo más. ¿De acuerdo?

Kelsey sonrió.

– Lo sabía. No puedes ocultarme nada… sabía que estabas con un hombre. Y me parece maravilloso, por cierto. ¿Es bueno en la cama?

– Todavía no lo sé -dijo mientras la empujaba para que se marchara de una vez.

– Bueno, de acuerdo, como quieras… pero llámame y cuéntame cómo te ha ido. ¿Lo harás?

– Lo haré, te lo prometo. Meredith se detuvo un momento, abrazó a su amiga y añadió:

– Gracias por venir, Kels.

– De nada.

Kelsey sonrió, subió a su coche y se marchó.

Meredith cerró la puerta de la casa y se apoyó en ella. Si su amiga tenía razón, tal vez existiera una remota posibilidad de conseguir que Griffin regresara a su época. A fin de cuentas tenía una idea aproximada de lo que había provocado su viaje al siglo XX.

Estaba convencida de ser un elemento crucial en aquella historia. No podía ser una simple casualidad ni un error cósmico; ella estaba escribiendo un estudio sobre Barba-negra y Griffin conocía personalmente al pirata. Debía de existir algún tipo de lógica en todo aquello.

Lamentablemente, ahora también estaba preocupada por el comentario de Kelsey sobre los problemas que podía provocar un viaje en el tiempo. Podían cambiar la historia. Incluso podían hacerlo por el simple procedimiento de enviar de vuelta a Griffin.

Gimió, cansada, y se frotó los ojos. Una de las muchas razones por las que era historiadora, y no física, era que detestaba trabajar con hipótesis; no le divertía nada enfrentarse a paradojas y teorías como las que implicaba su problema actual. De hecho, estaba empezando a sentir un intenso y profundo dolor de cabeza.

Griffin se quedó mirando el cartel en el que aparecía la familiar imagen de un pirata con un parche en un ojo y una espada entre los dientes: el mismo dibujo de sus calzoncillos. Al empujar la puerta del local, oyó las voces mezcladas de los clientes y la música. Necesitaba relajarse un poco, tomar algo, desaparecer entre la multitud. Y aquel lugar, el Pirate's Cove, parecía perfecto para tal fin.

Se sintió aliviado al observar que nadie se fijaba en él. Distinguió un taburete vacío al final de la barra, en la oscuridad, y se sentó. Después, echó un vistazo a las botellas que se alineaban en los estantes y se maldijo por haber supuesto que aquello iba a resultar fácil; bien al contrario, supo enseguida que el simple hecho de pedir algo de beber podía terminar en una situación complicada. Él era de otra época y no conocía las costumbres de aquel siglo

Por otra parte, no quería hacer nada extraño, nada que provocara preguntas que no sabría responder. Sabía que a Merrie no le habría gustado; ya le había recomendado que no le dijera la verdad a nadie porque los viajes en el tiempo no eran normales y todo el mundo pensaría que estaban locos.

Al pensar en ella, sonrió. Durante los últimos días había aprendido a confiar plenamente en Meredith y le habría gustado hacer algo o darle algo que sirviera para pagar, de algún modo, lo que estaba haciendo por él. Sin embargo, sabía que sus emociones iban más allá del simple agradecimiento. Era su guía, su estrella del norte, pero también una mujer bella y de carácter por quien se sentía profundamente atraído, una mujer que había empezado a derribar sus defensas con su amabilidad, sus contactos ocasionales y el deseo que provocaba en él.

Segundos más tarde, el camarero interrumpió sus pensamientos. Se acercó a él y preguntó:

– ¿Qué quieres tomar? Griffin lo miró.

– ¿Qué tienes? é-

El hombre le dio una carta con las bebidas del local y Griffin se sintió muy aliviado. Era justo lo que necesitaba.

Echó un vistazo a la lista, y al reconocer un par de palabras, dijo:

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