– ¿Entonces? -insistió ella-. ¿Te está esperando alguien?
– No, nadie -respondió al fin-. No tengo esposa, ni prometida, ni familia ni… nada.
Ella estuvo a punto de suspirar, aliviada, pero no lo hizo y se maldijo a sí misma por ser tan egoísta. Griffin Rourke no era un personaje de novela, sino un hombre de carne y hueso perseguido por sus propios demonios que ni siquiera pertenecía a aquella época.
– ¿Qué te parece si vamos a comer algo? -Preguntó ella, para aliviar la tensión- Puedo seguir investigando esta tarde, si te parece bien.
– No tengo hambre, pero me gustaría dar un paseo. Solo.
Ella asintió y lo tocó en un brazo. Comprendía que quisiera estar solo durante unos minutos.
– Está bien. En ese caso, nos veremos en mi casa…
Él asintió y se marchó sin mirar atrás.
– Deja que se vaya -se dijo ella para sus adentros-. De todas formas, se marchará para siempre más tarde o más temprano.
Meredith se llevó una mano al pecho y se preguntó si su corazón habría escuchado las palabras que acababa de pronunciar.
Los dos días siguientes transcurrieron de frustración en frustración. Griffin apenas podía controlar su impaciencia y Merrie no hacía otra cosa que seguir pegada al ordenador, intentando localizar alguna información que fuera de utilidad.
Casi siempre, Griffin la acompañaba, preguntaba sobre sus descubrimientos y le pedía toda clase de explicaciones, pero aquella mañana habían discutido durante el desayuno y ella se había marchado sola a la biblioteca. Además, Meredith empezaba a pensar que él tenía razón y que aquella línea de investigación no los llevaría a ninguna parte.
Decidió volver a casa, hablar con él y plantearle la posibilidad, nada remota, de que no consiguieran encontrar la forma de devolverlo al pasado. En el fondo se alegraba porque quería estar más tiempo con él, y por las noches no dejaba de soñar despierta, de pensar en su cuerpo, de imaginar que se acercaba a ella y la besaba.
Sin embargo, no quería hacerlo. Sabía que no debía hacerlo. Griffin Rourke había aparecido de repente y podía desaparecer del mismo modo en cualquier instante.
Casi había anochecido cuando regresó a la casa, pero la luz del crepúsculo bastó para que distinguiera una silueta en los escalones del porche. Al verlo, pensó que era
Griffin, se dijo que la estaba esperando, y sintió una profunda alegría.
– Eh, Meredith…
La persona que estaba sentada en los escalones se levantó. Meredith vio entonces, decepcionada, que no era Griffin. Pero al distinguir aquel cabello rubio, sonrió: era su mejor amiga, la doctora Kelsey Porterfield.
– ¡Kels! -exclamó-. ¿Qué estás haciendo aquí?
– ¿Y tú me lo preguntas? Mi ayudante me ha dicho que has llamado cuatro veces en los tres últimos días. ¿Qué ocurre? ¿Qué es tan urgente?
Meredith se detuvo junto a ella y sacó la llave de la casa con mucho cuidado, porque llevaba una bolsa con comida en un brazo. Después, abrió la puerta y se sintió aliviada al descubrir que Griffin no estaba allí. Tenía que explicar muchas cosas a su amiga y seguramente era mejor así.
– No era necesario que vinieras -dijo Meredith-. En realidad no es nada urgente… sólo quería hacerte unas cuantas preguntas.
Kelsey la siguió al interior de la casa.
– Vamos, Meredith, eso no es lógico en ti. Eres el colmo de la paciencia. Ni siquiera me llamaste para decirme que estabas en la lista de candidatos a las becas Sullivan y tuve que enterarme por esa bruja de Katherine Conrad y sus amigotas… ¡Me has llamado cuatro veces!
Meredith dejó la bolsa de la comida en la encimera de la cocina.
– ¿Cuatro? Lo siento, no pretendía asustarte.
– Regresaba de la conferencia en Wake Forest y decidí venir y ver qué te ocurría.
– No pasa nada -le aseguró.
Kelsey la miró durante unos segundos.
– Tienes buen aspecto, es cierto, pero eso no quiere decir que estés bien. ¿Por qué me has llamado con tanta insistencia?
– Sólo necesitaba cierta información sobre algo que tal vez sepas. ¿Quieres beber algo?
Kelsey frunció el ceño e hizo caso omiso de la pregunta.
– ¿De qué se trata? *É Merrie suspiró.
– Esperaba que me dieras alguna pista sobre… viajes en el tiempo.
– ¿Viajes en el tiempo? -preguntó, arqueando una ceja.
– Sí, viajes en el tiempo. Estoy escribiendo una novela y la acción gira alrededor de la posibilidad de viajar en el tiempo.
– Ya.
– ¿Es posible? ¿Se puede hacer?
– Mira, no sé qué diablos te pasa, pero será mejor que te lleve a tu casa ahora mismo. No puedo creerlo… ¿estás a punto de lograr esa beca y te da por escribir un libro de ciencia ficción? Cuanto antes vuelvas al ambiente académico, mejor que mejor.
– No me he vuelto loca ni tengo intención de marcharme. Simplemente dime lo que necesito saber. Por favor, Kelsey…
Kelsey la miró con extrañeza.
– Está bien, pero sólo si me dices lo que ha pasado. Sé que no se trata de ninguna novela.
– Me gustaría decírtelo, pero ni yo misma sé de qué se trata exactamente. Te prometo que te lo contaré en cuanto esté segura.
– No, de eso, nada. Explícame lo que sepas. Y hazlo de forma que pueda entenderlo.
– Por favor, Kelsey… Kelsey suspiró y se apartó un mechón de su rojo cabello.
– Teóricamente, viajar en el tiempo es posible. De hecho, todos lo hacemos-, pero lo hacernos en una sola dirección, hacia delante -explicó-. Sin embargo, la teoría de la relatividad implica que si pudiéramos superar la velocidad de la luz, podríamos viajar al futuro. Al menos, potencialmente.
– Comprendo. Entonces, sería necesario viajar muy deprisa. Como volar en el Concordé…
Kelsey alzó los ojos al cielo.
– ¿Es que no estudiaste física en el instituto? El Concordé sólo rompe la velocidad del sonido. La velocidad de la luz es de trescientos mil kilómetros por segundo.
– ¿Y qué hay de viajar al pasado? Kelsey negó con la cabeza.
– No, eso no es posible. Sobre los viajes al pasado no hay ninguna teoría.
– ¡Pero tiene que haberla! -Exclamó Meredith, desesperada-. Tiene que existir un modo…
– Bueno, está la teoría del agujero de gusano -dijo Kelsey, cada vez más extrañada.
– ¿Cómo?
– El agujero de gusano. Ya sabes, los agujeros negros… hay quien afirma que si se pudiera entrar en uno y sobrevivir, se podría viajar en el tiempo y en el espacio.
– Comprendo. Entonces, supongamos que alguien entra en uno de esos agujeros negros. ¿Podría hacerlo en el siglo XVIII, por ejemplo, y terminar en Bath, en Carolina del norte, en el siglo XX?
– Según esa teoría, supongo que sí. ¿Pero por qué querría viajar a Bath? ¿Esto tiene algo que ver con tu investigación sobre Barbanegra?
Meredith hizo caso omiso de la pregunta. Aquel asunto era crucial para Griffin y para ella misma y ya estaba planteándose todo tipo de posibilidades.
– Y dime, ¿es posible que tenga uno de esos agujeros en mi casa?
– ¿Se puede saber qué significa esto? – preguntó Kelsey, frustrada.
– Limítate a responderme, por favor.
– Sí, seguro que tienes docenas de agujeros, pero serán de gusanos de verdad. Además, esa teoría sólo es una fantasía. Nadie ha entrado nunca en un agujero negro.
– Me da igual si alguien lo ha hecho o no. Simplemente dime lo que sepas al respecto.
– ¿De verdad quieres que te lo explique? Meredith, no tienes ni idea de física. Todavía recuerdo la conversación que tuvimos hace unos meses sobre mecánica cuántica -declaró Kelsey-. Dijiste que te había producido una jaqueca. ¿Y quieres que te ayude a comprender el supuesto funcionamiento de un agujero negro?
Читать дальше