– ¿Qué día es hoy? -preguntó Griffin, mirando al extrañamente silencioso loro.
– Veintiséis de septiembre.
– Ya ha pasado casi un año -murmuró, mientras acariciaba a Ben-. Este enredo comenzó por entonces.
– ¿A qué te refieres?
– A todo este asunto de Teach y de mi padre.
– ¿Puedes contarme lo que pasó? Griffin se apartó del loro y volvió a la ventana.
– Teach lo mató. No hay mucho más que contar.
– Es extraño…
– ¿Por qué?
– Porque a pesar de su fama, no ha pasado a la historia como un pirata especialmente sanguinario. Los marinos de la época pensaban que era una especie de demonio, pero ahora sabemos, por las distintas fuentes encontradas, que casi siempre capturaba sus cargamentos sin lucha de ninguna clase.
Griffin intentó contener su enfado. No podía comprender que Merrie defendiera a aquel canalla. Por lo visto, había pasado a la historia como una especie de héroe romántico.
– Mató a mi padre, Merrie -insistió.
– Lo siento, Griffin… ¿no quieres contarme lo que pasó?
– No hay más que decir.
– Pero, si hablaras de ello, tal vez…
– No, hablar no servirá para devolverle la vida.
– Está bien. Entonces, no hablaremos. Pero siéntate e intenta relajarte…
Griffin gruñó, pero lo hizo. Y Merrie le dio una revista de barcos para que leyera un rato.
– Me estás poniendo tensa…
– Es que relajarme no forma parte de mi naturaleza.
Meredith decidió tomar cartas en el asunto y le puso las manos en los hombros. Sus duros músculos estaban tensos, así que empezó a darle un masaje. Él cerró los ojos y la dejó hacer. Nunca le habían dado un masaje de ese tipo, y lo encontró maravillosamente agradable.
– Eres el hombre más impaciente que he conocido en mi vida. Griffin sonrió.
– Heredé esa característica de mi padre. Nunca estaba satisfecho con nada y todo lo quería para ayer. Mi madre solía enfadarse por eso y no le dirigía la palabra hasta que la sacaba de paseo en el carruaje.
– Parece que era una mujer muy sensata.
– Sí, lo era. Fue criada de mi padre, pero demostró ser tan sensata, que se casó con ella.
– ¿Fue su criada?
– Mi padre llegó a las colonias en 1670, cuando tenía veinte años. Había sido condenado por un pequeño robo y estaba preso, así que tuvo que trabajar durante quince años en una plantación, hasta que se ganó la libertad.
– Debió de ser difícil para él…
– Sí, pero no te detengas.
– ¿Que no me detenga?
– Me refiero a lo que estás haciendo con tus dedos. No pares, por favor…
Merrie siguió masajeándole la espalda. Griffin se sentía como un gato tumbado al sol y absolutamente feliz con su vida.
– Sigue, hablándome de tu padre -dijo ella.
– Cuando dejó la plantación, había aprendido dos cosas: la primera, plantar tabaco y sacar beneficios de ello; la segunda, odiar la esclavitud. Se negó a tener esclavos y sólo trabajaba con presos a los que daba la libertad al cabo de cuatro años además de ropa nueva, una pistola y suficiente dinero para que pudieran establecerse por su cuenta.
Griffin se detuvo un momento antes de continuar con la historia.
– Mi madre era huérfana, de Bristol. Cuando llegó a su mayoría de edad, se embarcó en Inglaterra y también vino a las colonias. Mi padre la vio aquel día en los muelles y se enamoró de ella, así que la contrató como criada para servir en su casa. Pero, cinco meses después, ya la había convencido para que se casaran.
– Es una historia preciosa, muy romántica…
Griffin le acarició los brazos y se dejó llevar por el placer de su abrazo. Merrie se las arreglaba para hacerlo feliz a pesar de las circunstancias, y él disfrutaba plenamente de aquella amistad que compartían.
Nunca había sido amigo de ninguna mujer, y por supuesto no lo había sido de ninguna mujer a la que deseara. En su época, las mujeres estaban en una situación muy distinta y él siempre las había considerado más débiles y más incapaces de afrontar las preocupaciones diarias que los hombres. Pero sin duda alguna, Merrie era tan capaz como cualquier hombre. Era decidida, fuerte, independiente, obstinada, y él sabía que podía confiarle sus dudas, sus esperanzas y sus sueños.
– Cuando mi padre ganó el dinero suficiente, vendió la plantación y ordenó que construyeran su primer barco. Lo llamó Betty en honor a mi madre, Elizabeth, y comenzó a comerciar entre las colonias e Inglaterra. Cuando cumplí los veintiún años, me dio mi propio barco y me encargó la ruta entre Norfolk y Londres.
– Era una gran responsabilidad. A esa edad, la mayoría de los chicos que conozco están más preocupados por sus estudios y por las mujeres que por ninguna otra cosa.
Apenas eras un nombre y ya capitaneabas tu propio barco…
– Sí, era su capitán. Pero para entonces ya había cruzado el Atlántico más veces que muchos de los miembros de mi tripulación. Ten en cuenta que me embarqué por primera vez a los trece años, como grumete – explicó Griffin-. A los diecisiete años me aparté un año entero del mar para estudiar. Y a los dieciocho, serví como lugarteniente en un bergantín que hacía el trayecto entre el río James y el Támesis.
– Eres muy valiente.
Merrie comenzó a frotarle el cuello con las manos, pero esa vez, el contado le pareció mucho más íntimo.
– No soy tan valiente. Pero en determinados momentos, me habría gustado serlo más.
– Supongo que debes de arder en deseos de vengarte de Teach para poder seguir con tu vida… -dijo, intentando ocultar su emoción.
Griffin tardó en hablar. En realidad, su futuro le parecía un terreno yermo, vacío, sin nadie a quien amar. Su madre había fallecido cuando él tenía catorce años. Después, había perdido a Jane y a su hijo recién nacido. Y finalmente, a la única persona que le quedaba: su padre.
Se volvió hacia ella lentamente y miró sus ojos verdes.
– No puedo quedarme, Merrie. Si pudiera, lo haría. Pero no puedo.
– No te estaba pidiendo que te quedaras.
– Has hecho tanto por mí, que siento que he contraído una deuda impagable.
– No me debes nada -dijo a la defensiva, como si se sintiera ofendida. Griffin la acarició en la mejilla.
– Me has salvado la vida y siempre te estaré agradecido-susurró-. Pero al margen de eso, te debo mucho más de lo que jamás podrás imaginar.
Griffin volvió a besarla en los labios. Fue un roce tan suave como el contacto del pétalo de una rosa. Sin embargo, esa vez no se contentó con una simple caricia; siguió besándola con abierto deseo y ella gimió y pasó los brazos alrededor de su cuello. Griffin saboreó el néctar de su boca, un sabor tan embriagador como el mejor vino de Madeira y tan adictivo como el opio de la China. Quiso detenerse, pero no podía.
Nunca se había sentido tan atraído por ninguna mujer. En poco tiempo se había convertido en su puerto, en un lugar tranquilo a donde huir de las terribles tormentas que acechaban su corazón. Quería quedarse allí, a salvo, pero debía vengarse del pirata que había matado a su padre y por otra parte no quería hacerle daño. Así que, finalmente, se apartó.
– Lo siento -murmuró-. Me he vuelto a aprovechar de tu amabilidad.
– No me importa en absoluto… no te has aprovechado de mí -confesó con timidez-. Me gusta. Me encanta que me beses. Quiero que me beses. Te deseo, Griffin.
Griffin se levantó y se alejó a una distancia prudencial del sofá.
– Mi comportamiento es inadmisible. Creo que será mejor que salga a dar un paseo.
Meredith se levantó también y se plantó ante él, bloqueándole la salida.
– No soy ninguna niña, Griffin. Estamos en el siglo XX y las mujeres ya no somos elementos pasivos. Esto es cosa de dos, de ti y de mí, y puedes estar seguro de que no beso a nadie si no quiero hacerlo.
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