La doctora Galloway le había dado muestras los días anteriores, junto con una receta. Se había tomado su primera vitamina prenatal esa mañana junto con un desayuno de lo más sano.
– Sí.
– Entonces es todo lo que necesitas por ahora.
La doctora bajó las luces y salió de la sala. Pia intentó ponerse cómoda sobre la camilla, cerró los ojos y colocó las manos sobre su vientre bajo.
– Hola -susurró-. Soy Pia. Conocí a vuestra madre. Era increíble y maravillosa y os habría encantado.
Pensar en su amiga hizo que se le saltaran las lágrimas. Parpadeó para apartarlas de sus ojos y respiró hondo.
– Ella… murió hace unos meses. Durante el verano. Fue muy triste y todos la echamos de menos. Vuestro padre también se fue, pero ambos querían tener hijos. Especialmente vuestra madre. Quería teneros a los tres, pero no pudo porque murió.
Gruñó. ¡Vaya forma de estropear la conversación!
– Lo siento -murmuró-. Debería haber planeado esto mejor. Lo que estoy diciendo es que de verdad quería esto. Quería que nacierais. Sé que no soy ella, pero voy a hacerlo lo mejor que pueda, lo juro. Voy a leer libros y a hablar con mujeres que son buenas madres. Estaré ahí para vosotros.
Pensó en su madre abandonándola para mudarse a Florida.
– Jamás os dejaré -les juró-. Pase lo que pase, estaré siempre a vuestro lado. No me marcharé ni me olvidaré de vosotros -presionó su vientre-. ¿Lo sentís? Soy yo. Estoy aquí.
El miedo pendía como telón de fondo, la posibilidad de un castigo cósmico por haber deseado abortar en la universidad, pero lo cierto era que no podía cambiar el pasado. Solo podía rezar para que las almas de los inocentes estuvieran protegidas. Y si alguien tenía que ser castigado, fuera ella únicamente.
– Lo siento también -susurró-. Me equivoqué -a pesar de la promesa de la doctora Galloway de que no había sido culpa suya, no podía evitar preguntarse si lo era.
Oyó una llamada en la puerta.
– Adelante.
Raúl entró, se le veía increíblemente alto y masculino.
– Ey, la doctora dice que ya está.
Pia intentó sonreír.
– Eso me han dicho. No me siento distinta.
– ¿No oyes voces? -preguntó con una sonrisa.
– No creo que oír voces sea una buena señal.
Él se sentó en un taburete y le tomó las manos.
– ¿Asustada?
– Aterrorizada. Estaba diciéndoles que se agarrara bien y que estaría a su lado.
La miró a los ojos.
– Voy a decirte lo mismo, Pia. Estaré a tu lado en esto.
Ella contuvo las lágrimas otra vez.
– ¿Por Keith?
– Y por ti. Tengo que hacer esto.
Pia logró esbozar una sonrisa.
– ¿Entonces se trata únicamente de ti? Muy típico de los hombres.
– Así soy yo -se inclinó y la besó en la frente-. ¿Qué pasa ahora?
Ella intentó no centrarse en la calidez de su piel ni en lo segura que se sentía a su lado. Incluso aunque Raúl se quedara a su lado durante el embarazo, no había forma de que se quedara después. Acostumbrarse a tenerlo cerca no sería una opción.
– Me quedaré aquí hasta que la enfermera me eche a patadas. En teoría, puedo volver al trabajo, pero me iré a casa. Voy a pasar la tarde tirada en el sofá por eso de la gravedad.
– Vale. ¿Qué te apetece?
Durante un segundo, ella pensó que se refería al sexo, esa parte de ella que se había quedado encantada y saciada quiso suplicarle que lo repitieran, pero no era posible. No, después de la implantación.
– ¿Italiano? ¿Mejicano? Iré a por comida.
Oh, claro, comida.
– Me da igual. No tengo hambre.
– La tendrás en unas horas y tienes que comer.
– Por los bebés -dijo ella con la mano sobre el vientre-. ¿Crees que debería cantarles algo?
Él se rio.
– ¿Quieres hacerlo?
– No se me da muy bien.
– Podrías animarlos. ¿Te acuerdas de alguna del instituto?
Ella se rio.
– Te lo agradezco, pero es demasiado extraño para mí.
Él le acarició la mejilla.
– Mírate. ¿Qué van a decir tus amigas?
– Mis amigas me apoyarán por completo. Las que lo saben ni siquiera se han sorprendido, pero mis amigas de antes… -suspiró-. Como te he dicho, en el instituto no fui muy simpática. Demasiado dinero y genio y nada de compasión.
– ¿Cuándo cambió eso?
– En mi último año.
La puerta se abrió y una enfermera se asomó.
– Puedes irte, Pia. Cuando estés vestida, pásate por recepción. Volveremos a verte dentro de dos semanas.
– Gracias.
Se incorporó y Raúl la besó.
– Esperaré fuera.
– De acuerdo.
Lo vio marcharse y con cuidado se puso de pie y comenzó a vestirse. Mientras se ponía los vaqueros, se dio cuenta de que confiaba en Raúl. Al menos por el momento. Después de tanto tiempo, era agradable tener a alguien en quien poder confiar.
Pia estaba sentada en una mesa frente al escenario del instituto.
– ¿Estás de broma, verdad? -le preguntó a la alcaldesa.
Marsha apoyó los codos sobre la mesa y bajó la cabeza hasta sus manos.
– Ojalá. Fui al baño y cuando volví habían votado para tener un concurso de talentos de las mujeres solteras del pueblo. Supongo que quieren autobuses llenos de hombres que puedan echarle un buen vistazo a la mercancía disponible.
Cuando se le había pedido a Pia que acudiera a una audición, no había tenido ni idea de dónde se metía.
Allí había por lo menos cincuenta mujeres, lo cual le pareció increíble, y no de un modo positivo. Llevaban desde tutus hasta disfraces de pastoras. Algunas querían empezar diciendo todo lo que sabían cocinar e incluso una mujer sonrió ampliamente para demostrar que tenía todos los dientes.
– ¡Como si eso la convirtiera en buen material de cría! Dime que esto no está pasando.
– Ojalá pudiera.
– ¿Cuándo nos hemos vuelto tan desesperadas? Siempre he sabido que había escasez de hombres, pero ¿tanto? Somos felices como estamos. Hay más mujeres desempeñando los trabajos tradicionalmente relacionados con los hombres. ¿No es eso positivo?
Marsha alzó la cabeza y suspiró.
– Me han dicho que hay mujeres que quieren sentar cabeza, casarse y tener familia. Eso es más difícil aquí. Tienen que elegir entre el surtido limitado que tenemos a mano o trasladarse.
– ¿Surtido que tenemos a mano? -y luego las mujeres se quejaban de que los hombres las trataban como si fueran objetos-. No lo comprendo.
– Yo tampoco, pero es demasiado tarde para deshacerlo. Llegan hombres todos los días.
Una joven veinteañera subió al escenario. Llevaba un leotardo rosa claro y una falda corta. Asintió y comenzó a sonar una música. En cuestión de segundos la participante estaba cantando y haciendo la coreografía de un famoso musical de Broadway.
– Es buena -murmuró Pia-. ¿Qué tengo que hacer? ¿Tomar notas sobre las que más me gustan? ¿De verdad vamos a tener un concurso de talentos?
– No veo el modo de evitarlo, pero me resulta humillante.
– Em, no. Ese honor se lo concederemos a la mujer que hacía malabares con las tartas que había cocinado.
Pia siempre había adorado Fool’s Gold. El pueblo tenía tradiciones y educados residentes. La gente se preocupaba la una de la otra. ¿Y ahora, un capítulo de una tesis y un autobús cargado de hombres iban a cambiarlo todo?
Tal vez había algo en el aire que avisaba de un cambio. No había más que verla a ella. Dos días antes le habían implantado unos embriones. Después, se había pasado la tarde en el sofá y aún no había podido dejar de pensar en ello. Estar embarazada era más un concepto que una realidad. ¿Cómo era posible que estuviera embarazada?
Читать дальше