Susan Mallery - Simplemente perfecto

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Simplemente perfecto: краткое содержание, описание и аннотация

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Cuando la mejor amiga de Pia O’Brian murió, ésta esperaba heredar a su querido gato, pero, en lugar de eso, Crystal le dejó tres embriones congelados. Pia no creía que estuviera preparada para la maternidad. Sin embargo, dispuesta a cumplir el sueño de su amiga, decidió convertirse en madre soltera… y ese mismo día conoció a un hombre guapísimo y sexy.
Raúl Moreno, un famoso ex jugador de fútbol americano que se había criado en una casa de acogida, era ahora más rico de lo que podría haber imaginado nunca y dirigía un campamento para los niños necesitados de Fool’s Gold. Aunque después de su última relación había decidido olvidarse de las mujeres, no podía sacarse de la cabeza a la dulce y sexy Pia… y le propuso un descabellado plan.

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Él la abrazaba contra su cuerpo. Tenía los hombros anchos y un cuerpo musculoso. Su aroma era tan bueno como su aspecto, masculino, pero limpio. Y sus mejillas estaban cubiertas por una fina barba.

Había pasado mucho tiempo desde que un hombre la había hecho sentir así, pensó mientras lo rodeaba por el cuello y se entregaba a su beso. Deslizó los dedos por su oscuro cabello, cuyas cortas capas parecían seda. Él bajó las manos hasta sus caderas y posó una en su trasero.

Cuando apretó suavemente una de sus nalgas, a Pia se le encogió el estómago. Ella se acercó más a su cuerpo e inmediatamente fue consciente de la excitación de Raúl… prueba de que no estaba actuando por compasión. ¡Gracias a Dios!

Él acarició su labio inferior con su lengua antes de hundirla dentro de su boca.

Pia se entregó por completo al beso y el deseo la consumió, haciéndola querer acercarse más, acariciarlo y que él la acariciara a ella. Lo acarició con la lengua, más deprisa que él. Las manos que sujetaban sus caderas ejercieron más fuerza y pasaron a deslizarse lentamente por ellas. Ella contuvo el aliento hasta que Raúl cubrió sus pechos con sus manos y los apretó con delicadeza antes de acariciar sus ya endurecidos pezones.

Ante el primer roce, ella sintió una sacudida que le llegó a los dedos de los pies. Ante el segundo, tuvo que contenerse para no gritar más y se recordó que no debía suplicar porque eso a los hombres no les resultaba atractivo. Pero era difícil centrarse cuando cada contacto contra sus sensibles pechos la hacía querer gritar.

Él bajó la cabeza hasta su mandíbula y fue besándola hasta llegar a su oreja para de ahí pasar a su clavícula. Se detuvo para saborear su piel en un beso que resultó sorprendentemente excitante. O tal vez fue debido al modo en que seguía acariciándole los pechos o a la sensación de tener su cuerpo tan cerca.

Antes de poder decidir a qué se debía, él le había tomado la cara entre sus manos y estaba besándola de nuevo. Fueron unos besos intensos que le despertaron más anhelo y deseo. Sin saber qué estaba haciendo, se vio desabrochándose el vestido, que quedó abierto hasta su cintura.

Antes de poder descubrir cómo parar o qué hacer, él le había bajado el vestido hasta las caderas y estaba deslizando sus dedos desde sus muñecas hasta sus hombros y de ahí a sus pechos. Con un experto juego de manos, el sujetador quedó desabrochado y cayó al suelo.

En cuestión de segundos, él había sustituido el encaje de seda por sus manos desnudas. Piel sobre piel, pensó ella, con los ojos cerrados. Raúl la acariciaba con delicadeza, explorando sus curvas.

Ella se concentró en cada caricia, en cada roce de sus dedos y sus manos. Él se acercaba más y más a sus pezones, aunque no llegaba a tocarlos. El contacto aumentó la excitación de Pia y entonces, cuando estaba a punto de sujetarle las manos y colocarlas ahí donde quería, él se agachó y tomó su pezón izquierdo en su boca.

Ese beso húmedo y ardiente hizo que se le cortara la respiración y que ese punto entre sus muslos se infamara cargado de deseo.

Raúl pasó al otro pecho y, mientras, ella le acarició la cabeza y los hombros, sintiendo su fuerza. El deseo la invadía y la hacía sentirse deliciosa y viva.

– Deberíamos animar la fiesta -susurró él mientras se quitaba la camisa.

Ella asintió y su mirada quedó prendada de ese ancho torso. Quería tocarlo y saborearlo, explorarlo, pero él ya estaba apartándose. Mientras lo seguía, ella se desabrochó el resto de los botones del vestido y se lo quitó, además de descalzarse, mientras caminaba.

Cuando se reunieron en el dormitorio, él estaba desnudo y al verlo, ella comprendió el concepto de belleza masculina. Su pelo era un conjunto de definidos músculos, su cintura era estrecha y sus piernas fuertes. Estaba excitado y preparado, con una mirada intensa y centrada en ella. Solo mirarlo la hizo temblar. Mientras ella se movía hacia él, él la rodeó por la cintura y ambos cayeron sobre la cama.

– ¿Tienes preservativos? -le preguntó él antes de besarla.

Pia asintió.

– Bien. No queremos que ninguna gota de esperma esté por ahí con los embriones de Crystal. La cosa podría ponerse muy concurrida ahí abajo.

Sonrió mientras hablaba y sus ojos parecían estar vivos de diversión y deseo. Fue una combinación irresistible. Y entonces volvió a besarla. Ella se dejó perder en la sensación de su boca sobre la suya.

Sus lenguas se entrelazaron en una erótica danza y después él pasó a moverse por su cuello, como había hecho antes. Ese hombre era muy hábil, pensó ella como en una ensoñación y sintiendo cómo cada parte de su cuerpo ardía y se derretía. Cuando él tomó su lóbulo en su boca, Pia tuvo que morderse el labio inferior para evitar gritar. Y cuando ella sintió su peso tendiéndose junto a su cuerpo, tuvo que controlarse para no separar las piernas a modo de descarada invitación. Lo quería… lo quería todo de él… dentro… encima… dándole placer a ambos hasta la locura.

Cuando él acarició sus pechos, fue tan placentero como al principio y con cada roce de su lengua contra sus pezones sintió un cosquilleo entre las piernas. Podía sentir cómo estaba inflamándose para él.

Él bajó la boca y se detuvo lo suficiente para quitarle las braguitas con un suave y sencillo gesto. Ella quería sentir sus besos sobre su vientre, pero la calidez de sus labios la sintió en la cara interna de los tobillos.

– ¿Que estás haciendo?

Lo notó reírse.

– Y yo que creía que eras guapa e inteligente.

Fue subiendo dejando un rastro de besos por su pierna hasta situarse entre sus muslos.

Ella separó más las piernas sabiendo que si no lo hacía acabaría suplicando. Entonces la boca de Raúl se posó sobre la parte más sensitiva de su ser y un cálido placer la invadió.

Él se movía lentamente, como si estuviera descubriéndola. Era una caricia perfecta, lo suficientemente rápida como para excitar y lo suficientemente delicada como para hacer que todo lo que él hacía fuera magia. Se detuvo para decirle cuánto le gustaba mirarla así y esas palabras la excitaron casi tanto como el dedo que se hundió en su interior.

Mientras la acariciaba, posó la boca sobre un terso e inflamado punto que rozó con su lengua, provocándole un espasmo de placer. Movía la lengua al mismo tiempo que el dedo, hacia delante y hacia atrás, dentro y fuera. Pia no podía recordar la última vez que un hombre le había hecho algo así, la última vez que había sentido ese calor líquido fluyendo por su cuerpo, la promesa de liberarse en cuestión de segundos.

Intentó contenerse, al querer saborear el momento el máximo tiempo posible y aunque el final sería genial, ese momento de espera y anticipación tampoco tenía precio. Pero era como nadar contra corriente. Agotador e imposible. Cada movimiento de su lengua la acercaba más al borde del placer y cuando él cerró los labios alrededor de ese punto, ella se perdió y se produjo un fuerte estallido de placer.

Los músculos se tensaron y se relajaron y cada célula de su cuerpo tembló según el placer iba abriéndose paso en su cuerpo. Se rindió a las sensaciones, arqueando la cabeza hacia atrás y jadeando una y otra vez.

Cuando logró pensar de nuevo, abrió los ojos y vio a Raúl sonriéndole con expresión de satisfacción.

– No eres todo eso -le dijo ella apenas sin respiración.

– Claro que sí.

Raúl se inclinó y le lamió un pezón. Ella se estremeció y tuvo que resistir las ganas de llevarlo hacia sí para que volvieran a hacerlo. En lugar de eso, abrió el cajón de la mesilla y sacó la caja de preservativos.

– ¿Es esto? -preguntó él frunciendo el ceño.

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