Susan Mallery - Simplemente perfecto

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Cuando la mejor amiga de Pia O’Brian murió, ésta esperaba heredar a su querido gato, pero, en lugar de eso, Crystal le dejó tres embriones congelados. Pia no creía que estuviera preparada para la maternidad. Sin embargo, dispuesta a cumplir el sueño de su amiga, decidió convertirse en madre soltera… y ese mismo día conoció a un hombre guapísimo y sexy.
Raúl Moreno, un famoso ex jugador de fútbol americano que se había criado en una casa de acogida, era ahora más rico de lo que podría haber imaginado nunca y dirigía un campamento para los niños necesitados de Fool’s Gold. Aunque después de su última relación había decidido olvidarse de las mujeres, no podía sacarse de la cabeza a la dulce y sexy Pia… y le propuso un descabellado plan.

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– ¿Qué te ha dicho?

– Que no hay razón por la que no pueda traer al mundo a los bebés de Crystal. Al parecer, el proceso de implantación no es tan malo.

Pronunciar esas palabras hacía que todo pareciera demasiado real.

– Dos semanas después, me hacen una prueba de embarazo.

– ¿Te implantarán los tres al mismo tiempo?

– Ella cree que es lo mejor. Al parecer, existe la posibilidad de que no todos sobrevivan al proceso de descongelación, pero aunque lo hagan, tres está bien.

Él le entregó su copa de vino.

– ¿Estás preparada para esto?

– No, pero no voy a prepararme de pronto. Creo que lo mejor es que vaya haciéndome a la idea.

– Pero no tienes por qué hacerlo. No tienes por qué tener a los bebés de Crystal.

Ella agarró el vino con ambas manos.

– Sí, claro que sí. Es lo que ella quería y es mi amiga. Habría hecho lo que fuera por salvarla; darle un riñón, mi médula. Lo que fuera. Nada de eso habría ayudado, así que voy a tener a sus hijos y los criaré como si fueran míos.

Veía distintas emociones en los ojos de Raúl, pero no podía identificarlas.

– Eres una mujer impresionante, Pia O’Brian.

– No es verdad, pero gracias por pensarlo.

Ella lo llevó hasta el salón y se sentaron cada uno en un extremo del sillón.

– ¿Nerviosa?

Lo estaba, pero no por las razones que él se imaginaba.

– Sí, pero estoy asumiéndolo.

Él miró a su alrededor.

– ¿Cuántas habitaciones tienes?

– Una. Tendré que mudarme, ¿verdad? Necesitaré más habitaciones -pensó en los dos tramos de escaleras que subía y bajaba varias veces al día. No podría hacerlo con un carro… o tres.

Él alargó el brazo sobre el respaldo del sofá rojo y le dio una palmadita en el hombro antes de posar los dedos suavemente sobre ella.

– No tienes que mudarte hoy. No te preocupes. Cuando llegue el momento, yo te ayudaré.

– Llevo seis años viviendo aquí -murmuró ella, consciente de su cálida caricia-. No quiero mudarme.

¿Qué otros cambios habría? ¿En cuántas otras cosas no había pensado?

– ¿Podemos cambiar de tema, por favor? Estoy empezando a ponerme de los nervios.

– No te pongas de los nervios. Ni siquiera estás embarazada todavía.

– «Todavía» es la palabra clave.

Se forzó a respirar lentamente y después dio un sorbo de vino.

– Puedo hacerlo -dijo más para sí que para ella-. Soy fuerte. El pueblo me ayudará.

– Y no te olvides de mí. Soy tu compañero de embarazo.

A ella le seguía pareciendo algo extraño, pero ¿por qué estropear la diversión?

– ¿Has sido compañero de embarazo antes?

La expresión de él se tensó antes de relajarse.

– No, pero mi novia del instituto pensó que estaba embarazada.

– ¿Y qué hiciste?

– Me ofrecí a casarme con ella.

– Claro.

– ¿Qué quieres decir?

– Seguro que todos te adoraban en el instituto.

– Yo no diría que me adoraban.

– Seguro que sí -dio un sorbo de vino-. Yo era animadora.

Él enarcó una ceja.

– ¿Aún tienes el uniforme?

Pia se rio.

– Sí, pero ésa no es la cuestión. A mucha gente no le gustan las animadoras, por eso de la popularidad.

– ¿Eras popular?

– Más o menos -por lo menos hasta que su vida se vino abajo-. La verdad es que no era muy afectuosa ni humilde -admitió-. Más bien era malvada y mezquina.

– Tú no eres mezquina.

– Lo era. Me reía de la gente y presumía de lo que tenía. Ahora sé que se debía a una mezcla extraña de inmadurez e inseguridad, pero no creo que nada de eso haga que mis víctimas se sientan mejor.

– ¿Tuviste víctimas?

– Me burlé de mucha gente -y la mayoría ahora estaban riéndose y tenían unas vidas maravillosas mientras que ella vivía en un apartamento de una habitación y no lograba caerle bien a un gato.

– Eres muy dura contigo misma.

– Puede que me lo merezca.

– Supongo que todo el mundo hace algo malo de vez en cuando.

– Me gustaría que fuera así de sencillo.

– ¿Por qué tiene que ser complicado?

Una pregunta interesante, pensó ella, perdiéndose en su mirada.

Raúl era uno de los buenos; una chica podía sentirse segura a su alrededor. Eso sin mencionar muchas otras cosas que resultaban mucho más sabrosas que seguras.

Se vio invadida por una oleada de valentía. Soltó el vino, se preparó para una negativa y dijo:

– ¿Quieres tener sexo conmigo?

Capítulo 8

Raúl se sintió como un personaje de dibujos animados: quiso sacudir la cabeza para asegurarse de que estaba oyendo bien. Pero aun así, estaba seguro de que los ojos se le saldrían de las órbitas.

– ¿Cómo dices? -le preguntó levantándose.

Pia suspiró.

– ¿Quieres tener sexo conmigo? La doctora me lo ha sugerido. No es que sea importante para el procedimiento de implantación, porque no lo es, pero ella dice que estoy a punto de quedarme embarazada y que con los bebés lo más probable es que pase mucho tiempo antes de que un hombre me encuentre deseable, suponiendo que eso vuelva a pasar. Así que tener sexo ahora tendría sentido.

Lo había dicho todo sin tomar aire. Ahora estaba mirándolo con sus ojos de color avellana bien abiertos y una expresión de cautela.

– No tienes por qué hacerlo si no quieres. No tengo ni idea de lo que piensas de mí. No creo que sea abominable, pero tampoco llevo colgada una placa diciendo que soy genial en la cama.

Él la miraba con los ojos abiertos como platos y pudo ver que ella estaba preparada para oír una negativa.

¿Sexo con Pia? Sin duda la encontraba sexy y atractiva, pero jamás había pensado ir tan lejos. Había muchas razones para no hacerlo, la mayor de todas era que vivirían juntos en un pueblo muy pequeño y no quedaría mucho espacio, sería demasiado incómodo.

Ella se mordía el labio inferior. Era preciosa. Esa pose orgullosa de sus hombros, el suave brillo de sus mejillas, el modo en que sus rizos castaños caían sobre sus hombros.

Siempre había sido la clase de hombre que miraba más allá del físico y el hecho de que Pia fuera a tener los hijos de otros, simplemente porque se lo habían pedido, la convertía en una de las mejores mujeres que había conocido nunca. Y de verdad le gustaban los besos que habían compartido.

La idea del sexo… no, de hacer el amor… la iba atrayendo más y más a cada segundo que pasaba. Sabía que una vez que tuviera los bebés, ella tendría otras cosas en la cabeza, pero algo en su interior le decía que una sola noche con Pia sería una noche que valdría la pena recordar.

Dio un paso hacia ella.

– Me ofrecí a ser tu compañero de embarazo -dijo en voz baja-. A hacer lo que me pidieras, a ocuparme de tus necesidades.

– Esto no es exactamente lo mismo que salir a comprar helado en medio de una tormenta.

Él la levantó, posó las manos sobre sus hombros y la miró a los ojos.

– Es mucho más divertido que eso.

Pia tragó saliva.

– No tienes por qué hacer esto. No debería habértelo preguntado. No quiero que te sientas presionado o…

Raúl se acercó y apretó la boca contra la suya, lo cual no estuvo mal porque a veces el silencio era lo mejor.

Sus labios eran suaves y tentadores. Sus brazos lo rodeaban. Era cálida, pero lo suficientemente alta como para que él no tuviera que agacharse demasiado para volver a besarla. Y eso también era bueno, porque le gustaba besarla y quería hacerlo durante micho tiempo.

Pia se había esperado una pequeña discusión estableciendo las normas de lo que sería esa relación de compañero de embarazo, pero al parecer no era necesaria, pensó mientras la cálida boca de Raúl reclamaba la suya. El beso fue ardiente y tierno a la vez y sus labios hicieron que Pia quisiera derretirse en su liso y fuerte cuerpo.

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