Un par de niños se rieron.
– Entonces tal vez deberías dejar de decírselo -sugirió Raúl.
– Supongo, pero tú podrías decírselo. A ti tendría que escucharte.
Él alzó las manos.
– No, gracias. Tu hermana puede hacer lo que se proponga.
El chico suspiró.
– Eso es lo que dice mamá y papá se queda callado.
«Un hombre inteligente», pensó Raúl.
– Mis padres están divorciados -dijo el chico sentado a la derecha de Peter-. Vivo con ellos según la semana. Tienen casas uno enfrente del otro.
– ¿Y qué tal lo llevas?
– No lo sé. Es una estupidez. Si pueden vivir así de cerca, ¿por qué no viven juntos?
– El matrimonio puede ser muy duro -le dijo Raúl-. Lo importante es que tus padres te quieren. ¿Tienes alguien con quien hablar, un hermano mayor, algún tío?
– Mi tío Carl es muy simpático. Él me escucha.
– Entonces no dejes de hablar con él. No dejes que tu malestar se acumule dentro. Eso nunca es bueno.
– Mis padres también están divorciados -dijo otro chico.
– Yo tengo cinco hermanas -apuntó otro niño y sus amigos gruñeron.
– Qué de niñas -le dijo Raúl-. ¿Eres el pequeño?
– No. Soy el del medio. Están por todas partes. Mi padre me ha construido una casa en un árbol para poder tener mi propia cueva.
– Bien por ti.
Durante la conversación, Raúl había estado observando a Peter, que se terminó su almuerzo y no dijo nada. Justo cuando iba a proponer que fueran al patio, Peter habló.
– Mis padres están muertos -dijo mirando a su plato-. Murieron hace dos años en un accidente de coche.
– Lo siento -le dijo Raúl.
Peter se encogió de hombros.
– Esas cosas pasan.
Drew, el amigo de Peter, se acercó a Raúl para decirle:
– Él iba en el coche cuando sucedió. Estaba allí cuando murieron.
Raúl maldijo por dentro. ¡Qué pesadilla para un niño! No sabía qué decir.
Peter lo miró.
– ¿De verdad crees que creceré lo suficiente para jugar al fútbol americano en el instituto?
– De verdad. Es más, ahora mismo vamos a practicar un poco.
El triste rostro de Peter se transformó en una sonrisa.
– ¿Sí?
– Vamos, será divertido.
Los chicos se levantaron y agarraron sus bandejas. Después de dejarlas sobre la encimera junto a la cocina, corrieron hacia la puerta. Peter iba más despacio que el resto.
Raúl lo alcanzó.
– Siento lo de tus padres. Yo jamás conocí a mi padre y perdí a mi madre cuando era un poco mayor que tú. Es duro.
Peter asintió sin decir nada.
Raúl quería abrazarlo, pero sabía que en la escuela existía la política de «no tocar». Al no saber qué otra cosa hacer, juró prestarle atención al niño siempre que lo viera.
– ¿Quieres aprender a tirar más lejos que nadie?
– ¿Puedes enseñarme a hacerlo? -preguntó Peter ansioso.
– Claro.
– ¡Genial! -el chico se rio y corrió hacia sus amigos.
Tal vez con eso bastaba por ese día.
– Deberías haber sido más claro con lo de la comida -dijo Pia mientras se servía kung pao en el plato y se relamía el dedo manchado de salsa.
Raúl estaba sentado frente a ella en la pequeña mesa de su cocina.
– ¿Porque te habrías subido al carro del compañero de embarazo?
– Absolutamente. Sé que no es sofisticado ni elegante, pero ofréceme algo de comer y soy prácticamente tu esclava.
– Es bueno saberlo.
Al ver la simpática expresión de los ojos de Raúl, Pia quiso sonreír… aunque mirarlo a la cara o a otras partes de su cuerpo hacía que quisiera hacer otras cosas… como pedirle que se desnudara. O dejar que él la desnudara. O que la acariciara. Hacer el amor con Raúl la había dejado hambrienta de más.
Incluso aunque él no hubiera sido muy explícito sobre la naturaleza temporal de su relación, ella no habría podido pedir que lo repitieran. No con los embriones pendiendo de un hilo… o de donde fuera que estaban pendiendo. Tal vez en unas cuantas semanas, cuando la doctora le dijera que todo marchaba dentro de la normalidad, podría pensar en hacer algo salvaje. Pero hasta entonces, sería todo pureza y pensamientos maternales.
– Puede que ésta sea la última comida china -dijo ella metiéndose un bocado de arroz frito en la boca-. He estado leyendo uno de esos libros de embarazo y tengo que vigilar mi ingesta de sal. Además, tengo que dejar el alcohol, la cafeína, los medicamentos y en seis o siete meses, olvidarme de mis tobillos. Los bebés son muy exigentes.
Él sonrió.
– ¿No dicen que merece la pena?
– Claro, pero es mucho más fácil escribirlo que vivirlo. Y eso que ahora estoy solo en el primer mes… si es que estoy embarazada…
– ¿Algún síntoma?
– Solo las voces.
Él sonrió.
Pia pinchó un rollito de huevo.
– No, nada, de verdad. Dicen que algunas mujeres saben cuándo están embarazadas en cuanto se quedan, pero supongo que yo no soy tan sensitiva. Y puede que eso sea algo positivo. Tengo la sensación de que voy a volverme loca preocupándome por todo.
Miró a su alrededor; la cocina de la modesta casa de Raúl estaba remodelada y tenía nuevos electrodomésticos y encimeras, pero su tamaño no parecía encajar con la etiqueta de «deportista famoso».
– ¿Cómo era tu casa en Dallas?
– Grande.
– ¿Dos habitaciones? ¿Cinco?
– Tres plantas y algunas habitaciones que no llegue a ver nunca -se encogió de hombros-. Fue una inversión.
Pia intentó recordar qué más había leído sobre él.
– ¿Hace mucho que te mudaste a Los Ángeles?
Él asintió.
– Como un año después de casarme. Cuando rompimos, volví a Dallas, pero nunca llegué a instalarme. Después me retiré y aquí estoy.
Ella se preguntó por la exseñora Moreno, pero no estaba segura de sentirse lo suficientemente cómoda como para hacer preguntas. Por lo que podía ver, Raúl se acercaba irritablemente a la perfección. ¿Por qué iba una mujer a dejarlo escapar?
Tal vez no había sido elección de ella. Tal vez había sido él el que la había abandonado.
– ¿Vas a comprarte una casa en el pueblo?
– He estado mirando. No tengo prisa. Esta casa me sirve.
– ¿Se la alquilas a Josh, verdad?
Raúl sonrió.
– Es como si fuera el dueño de casi todo el pueblo.
– Está metido en el negocio inmobiliario. Tenía que hacer algo con todo lo que había ganado -ladeó la cabeza-. ¿Es duro tener que compartir entre los dos el centro de atención? Quiero decir, por el tema de vuestros egos y todo eso.
Él enarcó una ceja.
– Tú has visto mi ego… así que dímelo tú.
– Muy gracioso. Supongo que si alguno tuviera problemas, ése sería Josh. Ha sido el hijo predilecto durante años, pero no creo que le importe que tú recibas más atención.
– Te cae bien Josh -dijo Raúl sin preguntar.
– Claro. Lo conozco de toda la vida. Iba unos años por delante de mí en el instituto. A todas nos gustaba.
– ¿Alguna vez los dos…?
Ella lo miró fingiendo confusión.
– ¿Alguna vez qué?
– Que si salisteis.
– Oh, ¿quieres decir que si he visto su ego?
Raúl se quedó mirándola sin hablar. Pia quería creer que su interés era una pista sobre lo que sentía por ella, que estaba a segundos de enamorarse.
O tal vez no. ¿De verdad necesitaba ahora mismo a un hombre en su vida? ¿No eran tres niños ya suficiente?
– Nunca salimos -dijo-. Nunca he visto su ego -sonrió-. Aunque su trasero aparece en un salvapantallas, así que lo he visto -bajó la voz-. El tuyo es mejor.
– No es una competición.
Pero él había preguntado, pensó ella divertida. Dio un sorbo de agua mientras lo observaba. Su cabello oscuro le caía sobre la frente.
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